13ªETAPA: ALMATY

La despedida de Asia Central

ALINA

Quién me iba a decir que Kazajistán iba a tener tanto peso en este viaje. Y menos aún que acabaría reencontrándome allí con Alina, mi amiga de la universidad.

Nos conocimos hace casi quince años en Les Roches, estudiando hostelería. Desde entonces, la vida —caprichosa y con sentido del humor— nos había llevado por caminos distintos, hasta que de repente me trajo a Almaty, a su casa, donde nos esperaban ella, su marido Sayian (al que, por culpa de mi dislexia, llamé medio viaje Chayán o Chanel 😅) y su gata Minoshka, que gobernaba el salón con autoridad felina.

Nada más llegar, Alina nos dio una noticia preciosa: estaba esperando un bebé. Me emocioné. Verla allí, serena y feliz, tan lejos de aquellas noches de exámenes y cafés con sueño, fue uno de esos momentos que te reconcilian con el tiempo.

Su casa es un refugio luminoso: piano, guitarra, humificador, cojines apilados y esa calma que parece flotar en el aire. Andrea durmió en el sofá, yo en unos colchones en el suelo, y aun así dormimos como reinas. Todo tenía orden y paz. Había algo en esa armonía que me recordaba a Japón.

Enseguida entendí que Almaty no iba a ser solo una parada, sino una pausa de verdad. Donde el pasado y el presente se daban la mano y te invitan a sentarte con ellos.

DÍA 1 — CHARYN: PENITENCIA Y PAISAJES

La primera mañana empezó con una sorpresa:

—Mañana os llevo de excursión al Cañón de Charyn —dijo Alina con su calma habitual—. Salimos a las tres y media.

Tres y media de la mañana.

No sé si fue la ilusión o el miedo, pero aceptamos sin rechistar. Y así, a oscuras, dos zombis con ojeras y una embarazada con energía de sol naciente y su marido salimos rumbo al circo de Almaty, donde nos esperaba el minibús.

Éramos unas dieciocho personas. La mayoría se durmió enseguida. Yo, en cambio, me quedé mirando por la ventana, viendo cómo amanecía. Escuché música, respiré, me di cuenta de que hacía tiempo que no estaba tan tranquila, sin tener que decidir rutas ni carreteras.

Entonces leí un mensaje de mi tía Maru, que me llegó al alma:

“Te adoro, sobrinita mía. Qué don te ha dado Dios. Dale gracias cada vez que pongas el pie en el suelo. No eres tú, es el universo el que te premia. Será tu alma… en comunión. Lo malo de estos viajes es que tienen fin. Pero tú sabrás seguir adelante. Igual hasta haces de tu vida un viaje. Creo que esa es tu vida. Igual has nacido para vivir nómada…”

Me quedé mirando el paisaje y pensé que quizá tenía razón.

La guía nos habló de Rainbeck Bater, el líder kazajo del siglo XVIII que dirigió la guerra contra China y consiguió que el país mantuviera el territorio del este. Pasamos junto a dos enormes montículos donde, dicen, están enterrados miles de soldados.

El Cañón de Charyn, conocido como el Valle de los Castillos, es impresionante: 150 km de paredes rojizas que cambian de color con la luz. Más adelante, el Cañón de la Luna, negro por el basalto, parecía un decorado extraterrestre.

Y como en todo Kazajistán: camiones de carbón, urracas y cuervos siguiéndonos como si fueran parte del paisaje.

Después del cañón fuimos al lago Kolsay, un lugar de cuento entre montañas.

Allí, con mucha ironía, acabamos los cuatro en un patinete de pedales, dándole al pedal como si fuéramos a cruzar el océano. Entre risas, Alina y Sayian nos contaron cómo se conocieron: ella había ido a visitar a una amiga y él no paraba de hablarle —algo que la desesperó al principio—.

“Yo solo quería estar tranquila con mi amiga”, decía ella entre risas. “Y él no dejaba de hablar”.

Ahora, años después, se reían de aquello pedaleando juntos.

Volvimos tarde, agotadas, pero felices. Pocas veces el sueño pesa tanto y merece tanto la pena.

DÍA 2 — MUSEO, TIENDAS Y EL BAÑO MÁS DIVERTIDO DEL MUNDO

El segundo día parecía tranquilo, pero fue todo menos eso.

Empezamos en el Museo Nacional, un edificio azul inmenso donde se guarda la historia del país. Alina y Sayian no habían vuelto desde niños, y fue bonito verlos recorrerlo con la mezcla de nostalgia y curiosidad de quien vuelve a un lugar de su infancia.

Antes de la parada gastronómica, nos pasamos por unas tiendas vintage a curiosear postales y pequeñas reliquias soviéticas, de esas que cuentan historias sin decir una palabra.

Después fuimos a Tary, una de las cafeterías más populares de Almaty, conocida por su té, preparado con una mezcla y técnica que solo hacen allí. En Kazajistán, el té es casi una institución: se toma a cualquier hora del día, para celebrar, recibir, pensar o simplemente acompañar el silencio.

Aunque el país se independizó en 1991, su cultura es una mezcla viva de influencias kazajas, rusas y coreanas, y eso se nota también en la mesa: en cómo se sirve el té, en los gestos, en la forma pausada de compartirlo.

Pedimos el té típico de la casa, unos canutillos rellenos de leche condensada y una especie de pizza de queso kazaja, perfecta para acompañar la charla y el ritmo tranquilo de la tarde.

LOS BAÑOS ARASAN: UN SPA O UN EXORCISMO

Y entonces llegó la experiencia del viaje: los Baños Arasan.

Entrar allí fue como colarse en otro planeta. Mármol blanco, vapor suspendido en el aire y mujeres completamente desnudas caminando con una naturalidad admirable entre salas, fuentes y piscinas.

Andrea y yo, con nuestras toallas bien amarradas y cara de “¿qué hacemos aquí?”, parecíamos dos becarias en un ritual ancestral.

Nos entregaron una toalla, unas chanclas y un sombrero para el calor: la mayoría eran de fieltro, pero a nosotras nos tocó uno de plástico transparente. A nuestro alrededor, los sombreros formaban un desfile surrealista: algunos sencillos, otros con orejas, uno rojo con cuernos de diablo que se robaba todas las miradas. Su dueña caminaba orgullosa, y con razón.

El recorrido tenía su liturgia:

Primero, la ducha, para purificarse antes del baño.

Luego, el exfoliante con café, tumbadas sobre camillas calientes de mármol, mientras unas mujeres kazajas —auténticas maestras del rigor— te frotan con una mezcla de café, azúcar y polvo mágico hasta dejarte como un folio en blanco.

Mi “masajista”, Guldan, tenía la fuerza de tres. Con sus manos de acero me giraba, enjabonaba y enjuagaba con cubos de agua que parecían venir directamente de una terma. A esas alturas, yo ya no sabía si me estaban limpiando o reseteando.

Después vinieron las saunas, que se recorren por niveles: de menos a más temperatura, como una especie de purgatorio progresivo. En la rusa, el aire era tan denso que ni el alma respiraba. Andrea aguantó diez minutos heroicos antes de salir gateando. Yo detrás, buscando la piscina fría como quien busca una señal divina.

Entre un baño y otro, miraba a mi alrededor y no podía dejar de pensar lo mismo:

qué maravilla de naturalidad.

Mujeres de todas las edades y cuerpos, sin pudor, riendo, charlando, compartiendo ese momento con una libertad que envidié profundamente.

Cerramos el circuito con el masaje facial y de cuello, más suave, más lento, con aceites que olían a eucalipto. Salí de allí oliendo a café y a bosque, con la piel nueva y el alma flotando.

Y, claro, no podía faltar la cena final en el bar del spa.

En toalla, como si fuera lo más normal del mundo, pedimos una cerveza y unos tacos kazajos improvisados, mientras Andrea optó por un zumo y un stroganoff. Alrededor, las mujeres conversaban con calma, bebiendo cerveza o té, todavía sonrojadas por el vapor.

Fue el cierre perfecto: risas, vapor y una sensación de libertad absoluta.

Cogimos un taxi y volvimos a casa de Alina todavía medio mareadas de relax. Le contamos toda la odisea y lloraba de la risa, imaginándonos entre cubos de agua y gorros infernales.

Andrea imitaba a Guldan lanzándome agua, yo hacía el papel de mártir, y Minoshka, desde el sofá, nos observaba con esa cara de gato que dice claramente: “los humanos estáis fatal”.

Aquella noche dormimos como bebés recién exfoliados.

DÍA 3 — SHYMBULAK, TRÁFICO Y CENA KAZAJA

El último día completo lo pasamos en la montaña.

Subimos a Shymbulak, la estación de esquí más famosa del país. Para añadirle surrealismo, ese día había un representante de Trump de visita. Seguridad, guardaespaldas, cámaras… lo tenía todo.

Aun así, comimos tranquilas, disfrutando del sol. Alina nos contó la leyenda del Hombre Dorado, símbolo de la libertad kazaja.

De vuelta, el tráfico de Almaty nos recordó que el paraíso también tiene atascos.

Esa noche salimos a cenar con Alina y Chayán. Andrea, como siempre, quiso probarlo todo: sopa fría de rábano y carne, arenques y otros experimentos gastronómicos que yo preferí observar desde la distancia.

DÍA 4 — RUMBO A CHINA

Dormimos poco. A las cinco de la mañana ya estábamos listas, mochilas al hombro y café en mano.

Alina y Sayian nos despidieron medio dormidos; Minoshka maulló desde el sofá.

Mientras salíamos de la ciudad pensé que Kazajistán se quedaba atrás, sí, pero también se quedaba dentro.

Por las risas, los baños, la calma y esa amiga del pasado que ahora forma parte de mi historia presente.

Almaty fue hogar. Aunque solo fuera por unos días.

Alina

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