LA INCERTIDUMBRE
Andrea se volvió a Madrid y yo seguí adelante sola, adaptándome de manera inmediata a la nueva dinámica que el viaje me pedía. El camino estaba cambiando, y yo también tenía que cambiar con él.
La mezcla de emociones que dejó su partida fue profunda: una tristeza silenciosa por no poder terminar juntas lo que habíamos empezado.
Los primeros días, la soledad tenía peso.
Se sentía como una presencia física, acompañándome en cada gesto, en cada kilómetro. Me entristecía no poder compartir dudas, miedos, risas o problemas. No tener esa mirada cómplice que había traducido el mundo conmigo en estos últimos meses.
Al mismo tiempo, una libertad inesperada me desconcertó: esa sensación rara de volver a estar sola al volante de mi vida. No era nueva para mí, he viajado sola durante muchos años, en muchos lugares del mundo pero, no la esperaba en ese momento.
Lo difícil fue gestionar ese torbellino emocional.
Así que hice lo que hace mucha gente cuando la vida se descoloca: llené el vacío con movimiento.
Conduje más horas de las necesarias.
Ordené la furgo de arriba abajo: saqué absolutamente todo, limpié, clasifiqué y volví a colocar cada cosa como si ese orden externo pudiera enderezar mi interior. Inflé ruedas, revisé líquidos, me desvié hacia ciudades fuera de ruta… cualquier cosa con tal de no detenerme demasiado pronto frente a la soledad.
Y así llegué a Fenghuang, la Ciudad Fénix.
FENGHUANG: UNA CIUDAD QUE SE ILUMINA POR DENTRO

Fenghuang tiene algo de cuento.
Las casas de madera cuelgan sobre el río Tuojiang como si estuvieran suspendidas entre siglos; los puentes redondos, las barcas estrechas, las farolas rojas que se reflejan en el agua… Todo parece construido para que el tiempo no avance.
Llegué al atardecer.
Aparque la furgo en un parking tranquilo y salí a caminar sin rumbo. La ciudad, iluminada, era un laberinto de callejuelas húmedas, mujeres vendiendo dulces de sésamo, músicos callejeros y balcones inclinados sobre el río.
Por primera vez desde que Andrea se fue, sentí algo parecido a la calma.
Fenghuang tenía esa cualidad que poseen algunos lugares: te obligaba a observar, a inhalar despacio. Era imposible caminar rápido; cada esquina reclamaba una foto, como si la ciudad misma quisiera contarte su historia.
Al volver a la furgo para dormir, el silencio del parking contrastaba con la vibración nocturna del pueblo. Dormí poco, todavía removida por todo lo que estaba cambiando. Pero al amanecer tuve un pensamiento simple y clarísimo: necesitaba empezar por mis pies.
Mis deportivas llevaban meses de viaje, olían a miles de kilómetros, y para colmo me estaban provocando un uñero que apenas me dejaba caminar. No sé cómo ni por qué, pero mis pies habían crecido durante el viaje. China me estaba transformando, de la cabeza a la planta del pie.
Así que me propuse algo sencillo y urgente:
tirar las zapatillas viejas y comprar unas nuevas.
Era una decisión pequeña, pero simbólica: empezar este tramo sola con un paso nuevo, literal y figurado.
Y con esa resolución en mente, abandoné Fenghuang y continué hacia las montañas de Longji.
LA LLEGADA A LONGJI: CUANDO LA MONTAÑA TE CAMBIA EL PULSO

La carretera hacia Longji empezó a subir entre colinas húmedas y aldeas que aparecían y desaparecían como si miraran de reojo. A medida que ganaba altura, sentí que entraba en un lugar donde el tiempo tenía otro ritmo, uno que te obliga a bajar la voz y a escuchar sin prisa.
Aparqué la furgo en Dazhai, el último punto al que se puede llegar en coche. Desde allí, las terrazas de arroz trepaban por las montañas como si alguien hubiera peinado la tierra con paciencia infinita.
No había ruidos, ni coches, ni vida urbana. Solo pendiente, humedad y verde.
Reservé una habitación sencilla y me puse en marcha.
El cartel del sendero decía:
“1 hora”.
Sonreí. La montaña siempre reserva un margen que ningún cartel se atreve a escribir.
Los primeros metros fueron fáciles, entre escalones de piedra y tramos de barro. El aire era espeso y olía a madera mojada. Cada pocos minutos, el bosque se abría y dejaba ver las terrazas extendiéndose hacia el horizonte: curvas perfectas, líneas que seguían la forma de la montaña como si estuvieran escuchando su respiración.
Seguí subiendo.
Y subiendo.
Y Tiantou… nada.
Caminaba sola desde hacía horas. No había voces, no había pasos, no había nadie.
Solo yo y el sonido de mi respiración acompañando el ritmo del sendero.
El GPS fallaba.
La luz empezaba a caer.
Y el camino se dividía sin ninguna señal que me ayudara a elegir.
Me paré.
Respiré hondo.
Y confié en ese instinto que llevo años afinando en viajes que me han enseñado a orientarme incluso cuando no tengo claro hacia dónde voy.
Elegí la izquierda.
Unos metros después, el paisaje cambió.
La montaña se abrió y apareció un pueblo pequeño al fondo, sostenido en una ladera como si hubiera sido colocado allí con la mano. Entre él y yo, una inmensidad de terrazas escalonadas que parecían ondas de un mar detenido.
La cosecha ya había terminado y sobre la montaña se encendían pequeñas hogueras para quemar los restos. Cada una soltaba una columna fina de humo que subía recta al cielo gris.
El aire olía a hierba quemada, a humedad y a algo que no supe definir, pero que me hizo frenar en seco.
Y ahí fue cuando lo sentí:
estaba entrando en el Sapa chino.
Las escenas eran casi idénticas a las que llevo quince años fotografiando en Vietnam:
mujeres con cestas a la espalda, hombres caminando lento después del campo, niños correteando con la ropa llena de polvo, casas de madera sin ventanas de cristal.
La misma manera de habitar la montaña.
La misma dignidad silenciosa.
La misma fuerza.
Y fue ahí, justo en ese instante, donde entendí que Longji no era solo un paisaje: era un espejo.
TIANTOU: EL PUEBLO QUE TE MIRA A LOS OJOS

A medida que me acercaba al pueblo, la luz del día se iba apagando y la montaña cambiaba de textura. Las casas de madera empezaban a aparecer entre las terrazas, apoyadas sobre pilotes, con balcones que parecían suspendidos en el aire.
Era uno de esos lugares donde no hace falta entrar para sentir que ya estás dentro.
En la entrada, un grupo de mujeres Miao trenzaba cañamo mientras charlaban entre ellas, tranquilas, como si el tiempo fuera otro. Sus ropas eran pura vida en mitad de un paisaje ya en penumbra, y lo que más me llamó la atención fue el moño: alto, recogido con precisión, una especie de cuerno pequeño que les da una silueta única.
Dicen que allí las mujeres tienen el pelo más largo del mundo. No sé si es cierto, pero la forma en la que lo llevan habla de muchas generaciones detrás.
Seguí caminando por las calles estrechas.
El suelo crujía bajo mis zapatillas nuevas y cada casa tenía un olor distinto: arroz cocido, leña húmeda, un toque ahumado que se mezclaba con el frío que empezaba a caer.
Tiantou no era un sitio para mirar, sino un sitio para sentir.
Su historia también tiene ese mismo tono sencillo. Tiantou no nació de una gran historia, sino de algo mucho más sencillo: familias que tuvieron que adaptarse a una montaña demasiado empinada. Las terrazas son el resultado de generaciones moldeando la tierra para poder vivir de ella. Y las casas, todas de madera, se levantan como si hubieran crecido del mismo suelo: apoyadas sobre pilotes, resistentes a la humedad, alineadas siguiendo la lógica del terreno. La arquitectura es impresionante precisamente por su naturalidad. Nada sobra. Nada intenta llamar la atención. Cada casa parece estar colocada donde tenía que estar, mirando a las terrazas o al valle, como si formara parte del paisaje desde siempre.
El hotel estaba al final de una calle inclinada, sin ningún encanto especial por fuera. Era práctico, silencioso, y parecía llevar semanas esperando a que alguien lo despertara.
Me abrió un señor mayor. No dijo nada, solo me dedicó una sonrisa corta, de esas que no intentan impresionar a nadie pero que, por alguna razón, te hacen soltar un poco el pecho.
La habitación era básica: una cama, una ventana grande con vistas a las terrazas y un frío que no respetaba fronteras.
Llamé por la app y al rato subió el hijo del anciano para intentar encender el aire caliente y arreglar el agua.
Le costaba arrancar todo. El hotel llevaba tiempo cerrado y se notaba.
Aun así, hicieron todo lo que pudieron.
Me invitaron a cenar con ellos en su comedor familiar: el abuelo, la pareja y el niño.
La mesa era sencilla: arroz, cerdo con pimientos realmente picantes y una cerveza tibia que me supo a gloria.
No hablábamos mucho, pero había algo cómodo en ese silencio compartido.
Fue entonces cuando vi las fotos colgadas en la pared.
No eran decorativas.
Eran fotos de verdad: bien hechas, profundas, de alguien que entiende lo que fotografía.
El padre notó que me habían llamado la atención.
Con una mezcla muy calmada de orgullo y nostalgia, me explicó que durante veinte años un fotógrafo francés había venido al pueblo:
Jean-Claude Roul.
Veinte años fotografiando la vida allí: bodas, fiestas, cosechas, retratos, cambios, costumbres… una mirada que había vuelto cada temporada para seguir completando la misma historia.
Entonces saqué mi móvil.
Y comenzó uno de los momentos más especiales de ese viaje.
UN PUENTE ENTRE DOS MONTAÑAS
Le enseñé mis fotos de Vietnam.
No las típicas fotos bonitas del norte; le enseñé mi vida allí.
Las bodas hmongs , con búfalos pasando como si el ritual también fuera suyo.
Las casas de madera sin un solo tornillo, donde todo encaja porque así lo hicieron siempre.
Las cocinas sobre el suelo de barro, donde el fuego nunca se apaga, y los maíces colgados sobre las llamas para secarse sin prisa.
Le enseñé funerales, las reuniones de hombres bebiendo, celebrando la vida del que se va, como si la despedida también fuera un acto de comunidad.
Pasé luego a las mujeres que trabajan el cáñamo. Los tapices, los teñidos en índigo, los pozos donde hunden las telas hasta que se vuelven azul noche.
Las uñas manchadas durante días.
Y terminé con las fotos de las familias recogiendo el arroz.
Las montañas llenas de pasos, voces, risas y cansancio.
Él miraba cada imagen con una concentración sincera.
No era curiosidad; era reconocimiento.
Veía en mis fotos la forma de vivir que había visto toda su vida.
Movía la cabeza despacio, tocaba la pantalla para señalar detalles, se lo enseñaba a su mujer y luego al abuelo, que asentía como si entendiera de golpe por qué me habían abierto la puerta a cenar.
Comparaban.
Reían suavemente.
Comentaban diferencias pequeñas, parecidos gigantes.
Fue un momento íntimo, sin artificios.
Un puente entre dos montañas: Longji y Sapa.
Entre dos familias que no se conocen, pero viven igual.
Entre dos mundos que, sin tocarse, se reconocen.
Y yo, sentada en medio de esa mesa sencilla, entendí por qué había terminado en Tiantou aquel día:para sentir esto.
LA NOCHE DEL SECADOR Y UNA PELÍCULA QUE NO ENTENDÍ, PERO ME ACOMPAÑÓ
Subí a la habitación después de cenar con esa mezcla de frío y emoción que cuesta describir.
El agua seguía templada sin llegar a caliente. El aire caliente no reaccionaba. Y el valle ya estaba oscuro, húmedo, silencioso.
Hice lo que cualquiera hace en un lugar así cuando el frío se mete en la piel:
improvisé una manta eléctrica con el secador.
Calenté las sábanas, luego los pies, luego el hueco donde iba a meter las piernas.
Esperé unos segundos.
El frío volvía.
Repetí el proceso.
Así unas cuantas veces hasta que la cama al menos dejó de sentirse como una piedra helada.
Sobre la mesa había un pequeño proyector.
No tenía muchas opciones, pero encontré una película de dibujos animados en chino.
No llevaba subtítulos.
No entendí ni una frase.
Pero la dejé puesta.
La luz suave del proyector llenaba la habitación y los personajes —unos cerdos animados con voces suaves— me hicieron compañía mientras intentaba entrar en calor.
Era absurdo y a la vez perfecto.
Estaba sola en una habitación helada, en un pueblo perdido en las montañas de China, viendo dibujos en un idioma que no entendía.
Y, sin embargo, sentía una calma rara, como si la montaña me estuviera dejando descansar solo por esa noche.
Dormí intermitente, pero dormí.
UN LIBRO, UNA MAÑANA FRÍA Y UNA IDEA QUE APARECE SIN AVISAR

A la mañana siguiente bajé a desayunar.
La familia ya estaba en la mesa, más despiertos que yo.
Sobre la mesa, colocado con cuidado, estaba el libro de Jean-Claude Roul.
Me lo pusieron delante como quien ofrece algo valioso. Sin palabras, sin explicación.
Lo abrí.
Página tras página, vi la vida del pueblo: las mismas casas por las que yo había caminado la tarde anterior, las mismas terrazas, las mismas mujeres, los mismos gestos repetidos año tras año.
Pero lo más impresionante era la constancia: veinte años de volver al mismo lugar para fotografiar el cambio lento, casi invisible, que solo se aprecia cuando alguien lo documenta con paciencia.
Sentí una punzada.
Una mezcla de admiración, envidia sana y una claridad repentina.
¿Cómo es posible que yo, después de quince años en Sapa, no tenga un libro propio?
No uno comercial.
Uno que recoja las miradas, las vidas, los aprendizajes, los momentos que llevo acumulando tantos años.
Uno que deje constancia del tiempo que he vivido allí, de las mujeres que me abrieron sus casas, de los niños que ya son adolescentes, de los abuelos que ya no están.
Miré el libro, lo toqué, pasé las hojas con cuidado.
La familia me observaba en silencio, como quien sabe que ese libro iba a despertar algo en mí.
Y lo hizo.
Me levanté de la mesa sabiendo que en cuanto llegara al coche iba a escribir la primera nota de ese proyecto.
La semilla se había plantado.
Y no era una idea: era una certeza.
Antes de irme, les pedí hacerles unas fotos. No querían nada preparado, solo aparecer juntos, tal cual eran. Les hice varias, y sonrieron con esa mezcla de timidez y orgullo que aparece cuando alguien te mira de verdad. Para ellos era un gesto sencillo; para mí, un pequeño regalo.
Después comencé el descenso hacia Dazhai.
Bajé sin prisa, dejando que el camino me fuera ofreciendo escenas:
mujeres lavando ropa en los canales,
niños persiguiendo gallinas entre risas,
maíz secándose en las entradas de las casas,
hombres cargando leña por senderos que parecían imposibles.
La montaña estaba en calma.
Y, por primera vez en muchos días, yo también.
No quería irme, pero el frío y la falta de ropa me empujaban hacia la furgo. Aun así, mientras bajaba, tuve una certeza muy clara:
Longji no fue solo una parada.
Fue un pequeño punto de inflexión.
Un lugar que me recolocó por dentro,—con sus dudas, sus cambios, su soledad y sus sorpresas.
XINGPING: Pequeño crucero por el río Li

La carretera hacia Xingping fue una de esas que te colocan sin que tú hagas nada: montañas suaves que parecían encajar unas dentro de otras, pueblos que se deshacían a medida que avanzaba la tarde y curvas amplias que me iban aflojando los hombros sin darme cuenta, como si el paisaje fuera marcando el ritmo exacto en el que tenía que respirar. Era un valle con una presencia tranquila, de esas que te obligan a bajar la voz y a mirar de otra manera.
A medida que me acercaba, las montañas kársticas comenzaron a aparecer a ambos lados del río Li: altas, verticales, con esas formas que parecen pintadas más que esculpidas. No imponían; simplemente estaban, con la naturalidad de lo que nunca ha dejado de ser. Entre ellas se abrían campos, pequeñas aldeas, barcas de bambú que se deslizaban despacio, y una humedad suave que hacía que todo pareciera avanzar sin prisa, como si el valle entero llevara siglos perfeccionando ese mismo movimiento.
Llegar a Xingping después de ese trayecto fue como llegar a un respiro. Me subí a un pequeño crucero por el río Li, una barca sencilla que avanzaba más por voluntad que por motor. El agua estaba tan quieta que duplicaba las montañas sin esfuerzo, y el aire, aún más quieto, parecía contener un silencio que no necesitaba explicación.
Y fue ahí, en medio de ese equilibrio tan extraño, donde me di cuenta de algo que llevaba días sin mirar: estaba comiendo mal y deprisa, rellenando huecos sin escuchar al cuerpo; avanzando sin pausa, reaccionando más que viviendo. Y en ese silencio limpio apareció una frase interna que no sonaba a consejo ni a filosofía, sino a necesidad:
“Haz espacio.”
Haz espacio para sentir.
Para pensar.
Para volver a mí.
No era dramatismo. Era claridad.
Cuando bajé del barco, lo supe sin necesitar argumentarlo:
iba a empezar un ayuno.
Uno que no tenía tanto que ver con la comida como con la necesidad de recalibrar la cabeza, de bajar el ruido, de ordenar lo que se me había ido acumulando sin cuidado.
CARRETERA HACIA EL SUR: LO QUE EL AYUNO ME DESVELÓ EN LAS ÁREAS DE SERVICIO
Con la decisión tomada, seguí hacia el sur. Dormí en áreas de servicio en Laibin, Guangxi y Lianzhuzhen, siempre en mi cama dentro de la furgo, mi pequeño espacio constante en medio del cambio.
Las áreas de servicio se convirtieron en mi lugar seguro en China.
Todas tenían baños abiertos las 24 horas —algo que, viajando sola, vale oro— y muchas incluso tenían duchas. También había pequeños restaurantes abiertos a cualquier hora y, lo que más agradecí durante esos días, dispensadores de agua caliente para preparar té o un café instantáneo. En un país tan enorme, tan intenso y tan distinto, esos rituales mínimos se convierten en anclas.
Eran espacios impersonales, casi idénticos unos a otros, pero precisamente por eso me daban paz.
Allí no era una extranjera; era simplemente una persona más descansando, como cualquier camionero que aparca un par de horas antes de seguir. Un anonimato que me reconfortaba.
Comía muy poco: agua, té, algún sorbo caliente.
Y cuanto menos comía, más nítido se volvía todo.
El ayuno fue algo que aprendí hace muchos años de mi madre. Para ella no era una dieta, sino una forma de resetear. Pero esta vez, en China, en medio de tantos kilómetros y tantas decisiones, sentí que lo estaba haciendo de verdad por primera vez.
No por el cuerpo.
Sino por el alma.
Me repetía a mí misma, casi sin quererlo:
—Estás llena, demasiado llena.
Llena de kilómetros, de imágenes, de conversaciones, de ruido, de mapas, de decisiones, de paisajes que no te han dado tiempo a digerir.
Ruido.
Ruido.
Ruido.
Ruido.
Ruido.
Un viaje tan largo te satura aunque no lo veas.
La cabeza se te llena de estímulos como si alguien dejara un grifo abierto dentro.
Y un día te das cuenta de que ya no distingues qué piensas tú y qué piensan tus cansancios.
Por eso, cuando dejé de comer de verdad, entendí lo que estaba buscando: silencio interior.
El ayuno no es dejar de comer:
es dejar de acumular.
Es darle al cuerpo la oportunidad de bajar revoluciones,
y a la mente, la posibilidad de escucharse sin interferencias.
A partir del tercer día, algo cambió.
La mente dejaba de pedir.
Dejaba de protestar.
Se volvía más clara.
Más honesta.
Había ratos en los que pensaba en Confucio.
No de forma intelectual, sino como una sensación: la importancia de volver al centro, de recuperar el equilibrio interno cuando el camino te descoloca.
Era una idea simple que me acompañaba como una especie de columna vertebral.
Y por otro lado estaba el Tao, esa manera de mirar la vida sin tensión: no forzar, no empujar, no agarrarse a lo que no está listo.
Dejar que las cosas se acomoden solas, cuando toca.
Fluir sin dramatismo.
Me di cuenta de que llevaba semanas entre esas dos fuerzas:
poner orden y a la vez dejarme llevar.
Disciplina y rendición.
Rectitud y flexibilidad.
Dormía profundamente.
La furgo, en esos días, se sentía más refugio que nunca.
Me despertaba con la primera luz entrando por el parabrisas y tenía la sensación —extraña pero real— de estar viviendo dos viajes a la vez:
uno físico, hacia el sur de China;
otro interno, hacia un lugar que llevaba mucho tiempo sin visitar.
Y en algún punto de aquellas carreteras interminables, ambos viajes empezaron a avanzar al mismo ritmo.
La carretera hacia Laos avanzaba fuera de mí,
y dentro de mí algo también se recolocaba,
sin prisa,
sin ruido,
casi sin pedir permiso.
PU’ER: ENTRE TÉS FERMENTADOS Y UNA DECISIÓN QUE SE DESPEJÓ
Era mi último día en China.
Veinticinco días que habían sido tan largos como intensos, tan llenos de imágenes, carreteras y dudas que, al abrir los ojos aquella mañana, sentí una mezcla muy extraña: alivio, cansancio, una pizca de nostalgia y ese tipo de claridad que llega solo cuando estás justo al final de algo.
No esperaba nada de Pu’er.
Solo quería pasar la última noche, descansar y continuar al día siguiente.
Pero al bajarme de la furgo y empezar a caminar, el lugar me sorprendió sin hacer ruido. No porque fuera espectacular, sino porque tenía una forma de recibirme que no había sentido en ningún otro punto del viaje: directa, amable, sin exigirme nada.
Las tiendas de té aparecían una tras otra: pequeñas, cálidas, con estanterías llenas de tortas de té fermentado durante años. Las luces eran suaves, la gente movía las manos con una precisión tranquila, y el olor…
ese olor a tierra húmeda, a madera, a estaciones enteras atrapadas en una hoja…
me envolvió sin esperarlo.
Enseguida entendí dónde estaba:
en la cuna del té Pu’er, un té que madura lento, que mejora con el tiempo, que acompañó caravanas durante siglos hacia Laos y Vietnam.
Un té que no exige, que no corre, que simplemente evoluciona cuando toca.
Quizá por eso el pueblo tenía esa manera de recibirme: sin prisa, sin querer impresionar, sin intentar ser nada más que lo que es.
Mientras caminaba con el aroma pegado a la ropa, tuve una claridad que llevaba días rozando sin atreverme a escucharla:
No podía seguir esperando en China lo que no dependía de mí.
No podía vivir pendiente de un barco sin fecha, de papeles que no avanzaban, de una matrícula que seguía descontando días.
No era un impulso.
Era una conclusión natural.
Un límite claro.
Tenía que cruzar a Laos.
Esperar allí.
Respirar allí.
Seguir avanzando sin forzar lo que no estaba listo.
Volví al área de servicio donde iba a dormir esa última noche, y me encontré algo que me sorprendió muchísimo: estaba llena de caravanas. En China casi no había visto esto y, de repente, aquella escena me dio un buen rollo enorme. Ver otras furgos encendidas, gente calentando agua, puertas que se abrían y se cerraban… me hizo sentir acompañada sin que nadie me hablara. Era como un mini campamento improvisado, cada uno con su historia, todos de paso.
Miré el mapa antes de acostarme y ahí llegó otro golpe de realidad:
estaba a apenas 250 km de Sapa.
Tan cerca de una parte de mí que llevo quince años visitando.
Y no poder cruzar por Vietnam me dio una rabia tranquila, de esa que no explota pero se queda dentro un rato.
Pero lo acepté. No era el momento.
Y no solo estaba cerca de Sapa.
La frontera con Laos estaba ahí mismo.
Tailandia a 500 km.
Myanmar a 800.
Tíbet a 1.000.
Todo ese mapa inmenso desplegado delante de mí.
Por un instante me imaginé siguiendo.
Rodando países enteros, cruzando fronteras sin plan, dejando que el viaje decidiera por mí.
Ese pensamiento duró unos segundos, pero me hizo sonreír.
Entender que podría hacerlo —aunque no lo fuera a hacer— también era libertad.
Ahí, en Pu’er, terminó la etapa de china.
Con una claridad suave, sin ruido,
y con la certeza de estar preparada —por fin— para avanzar.



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