Primera parada: Séguret, un pueblo detenido en el tiempo
Salida: España
Llegada : Seguret , Francia
Km : 1200km
De Empúries a la Provenza
Andrea y su madre salieron desde Madrid y me recogieron en Empúries donde yo estaba con mi familia pasando los últimos días antes de partir. Desde allí comenzamos juntas la ruta hacia Francia, con destino a la casa de Aldo. Aldo no es un amigo cualquiera: es casi un hermano para Matilde, la madre de Andrea. Se conocieron en 2008, cuando él era su profesor de pintura en La Rosa de Luxemburgo. Las casualidades de la vida ya empezaban a aparecer en nuestro camino.
La historia de Aldo y su casa
Aldo vive ahora en Séguret, un pequeño pueblo de la Provenza que parece pintado por él mismo. Llegó allí por primera vez para exponer en una galería sus cuadros y, como si el destino hubiese tejido su ruta, un vecino del pueblo —hijo de un pintor— le dijo que vendía la casa de su padre. Esa fue la oportunidad inesperada que lo cambió todo. Aldo siempre dice que no fue él quien eligió la casa, sino que la casa lo eligió a él.
Una casa con más de quinientos años de historia que ahora, piedra a piedra, va cobrando nueva vida gracias a su empeño. Desde enyesar las paredes hasta colocar todo el sistema eléctrico, reforzar vigas de madera o trabajar la albañilería, él mismo lo está transformando todo. Me dejó boquiabierta su fuerza y su paciencia, ese empeño de levantar su taller de pintura, que ocupará la planta superior, como quien esculpe un sueño a golpe de martillo y cal.
La llegada a Séguret
El camino hasta el pueblo fue un regalo. La carretera serpenteaba entre viñedos infinitos, el aire olía a tierra y a uva madura. Antes de llegar, pasamos por Orange, que ya nos llamó la atención, pero poco después, a lo lejos, apareció la silueta de un pueblo amurallado que parecía fundirse con la roca. Las montañas, repletas de árboles, lo abrazaban como un cuadro natural.
Llegamos justo con el atardecer: un cielo naranja bañaba las fachadas de piedra clara y hacía brillar las contraventanas de colores que decoraban las casas.
Paseo y anécdotas
Aldo nos esperaba con un aperitivo: vino, paté y aceitunas. Nada más sencillo y, a la vez, nada más perfecto. Entre risas y abrazos, nos llevó a dar un paseo por las calles empedradas. El pueblo estaba impecable, cuidado como si cada vecino fuese jardinero y guardián de su historia. Nos contó que antiguamente, las casas con más tejas en el tejado eran las de mayor importancia: cuanto más tejas, más poder. Una manera curiosa de medir la vida desde los tejados.
Enseguida se sumaron las anécdotas de Aldo y Matilde, que nos hicieron reír a carcajadas: recordaban cómo habían hecho varias mudanzas en el coche sin meter la ropa en cajas, o aquella vez que intentaron colgar una cortina de seis metros en un estudio con unas escaleras de plástico endebles, con el riesgo de aplastarse el uno al otro. Historias que, más que recuerdos, parecían escenas de una película de humor compartido.
Una noche de historias
Aquella noche no quisimos complicarnos con maletas ni caballetes –que viajaban desordenados en la furgoneta–. Cogimos un saco, una almohada y nos instalamos en la única habitación reformada de la casa. Aldo durmió en el sofá del salón.
La charla se alargó hasta las once: hablamos del viaje, de los países más complicados por los que pasaríamos, de la motivación que nos empujaba a cruzar medio mundo sobre ruedas. Entre anécdotas, descubrimos que Aldo conocía a mi tío Pedro, mi padrino, vecino de mi urbanización. Una sorpresa que me emocionó.
Madrid, refugio inesperado
La conversación fue girando hacia su vida: cómo huyó de Chile en tiempos de Pinochet, cómo pensó mudarse a Italia pero Madrid lo atrapó en los años 80. Nos describió aquella ciudad como un pueblo grande, con barrios que eran aldeas, donde las vecinas se sentaban en las puertas a conversar cuando caía la tarde.
Llegó con las manos vacías, pero Madrid le abrió las suyas y decidió quedarse. “Todo el mundo tenía sitio en Madrid”, nos dijo, y esa frase me resonó con fuerza.
El arranque de un viaje
Séguret fue, así, nuestra primera parada. Un pueblo detenido en el tiempo, de piedra clara y ventanas de colores, donde un pintor chileno decidió empezar de nuevo. Para nosotras, un arranque lleno de símbolos: la primera noche del viaje y la sensación de que la ruta nos va a regalar encuentros y coincidencias que todavía no somos capaces de imaginar.


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