Entre atardeceres en el Adriático, vuelos imposibles y la eterna búsqueda de unas calzas
Dejamos atrás el Parque Nacional de Stenico, en Italia, todavía con el eco de las montañas en la cabeza. El camino nos llevó a Trieste, última parada italiana, y casi sin darnos cuenta cruzamos a Eslovenia. Un país pequeño, verde y vibrante que nos dio tan buen rollo que supimos de inmediato que algún día volveríamos a recorrerlo con calma.
Y entonces llegó Croacia. El flechazo fue inmediato. La carretera se convirtió en una cinta de curvas pegada al mar Adriático, con la montaña vigilándonos desde arriba. El sol caía lento, pintando el horizonte de naranja, y aunque ya estábamos agotadas, conducir en aquel escenario fue un regalo. Era imposible no emocionarse. Andrea, mientras tanto, no paraba de repetir su repertorio sonoro: “wow, qué bonito”, “buah, qué pasada”, “qué maravilla”. Es una máquina de onomatopeyas de placer, capaz de ponerle música a cualquier paisaje.
Primera noche en Croacia
Cada curva nos mostraba una nueva isla en el horizonte, que parecía llamarnos a detenernos: “venid, descubridme, quedaos aquí”. Y nosotras, con el corazón dividido entre el viaje y las ganas de perder el rumbo, solo podíamos prometer en silencio: volveremos.
Esa noche encontramos un rincón mágico junto a un acantilado. Cenamos frente al mar viendo cómo el sol se hundía en el Adriático, un momento de postal… arruinado un poco por los restos que otros habían dejado tirados. Andrea, con su pituitaria hipersensible, empezó a notar olores donde yo apenas veía papeles. Entre risas lo superamos, aunque la noche nos guardaba más sorpresas: al entrar en la furgoneta nos recibió un saltamontes, una mariquita y un ejército de mosquitos. No lo dudé: encendí el motor y buscamos otro sitio, esta vez sin bichos. De camino a nuestro siguiente destino, en plena noche, nos cruzamos sorprendentemente cercacon una cierva y con un zorro. Eran los primeros mamíferos que veíamos en el viaje
Dormimos, aunque mi espalda me recordó que la cama estaba coja: en nuestro afán por guardar cosas debajo, le habíamos quitado demasiadas patas. Poco después lo solucionamos y conseguimos nivelar el nido.
Split y la playa de Kasjuni
El día siguiente nos llevó de Sveta a Baška Voda, pasando por Split. La carretera seguía pegada al mar y, en un tramo, no pudimos resistirnos: paramos y lanzamos el dron. Yo conducía y Andrius lo manejaba con los nervios a flor de piel. No era que estuviera a punto de caerse, sino que cada vez que lo enciende revive la pesadilla de las islas Azores, donde casi lo pierde para siempre. Desde entonces, cada vuelo es un examen de paciencia y de recuerdos, y yo me divierto observando cómo el pasado le acelera el pulso mientras el presente vuela sobre nuestras cabezas.
En Split decidimos darnos un respiro en la playa de Kasjuni. Muy bonita, sí, pero donde esté la arena española… aquí lo que había eran miles de piedras que se te clavan en la espalda como agujas. Eso sí, el agua estaba espectacular. Como no había hecho deporte por la mañana, me lancé a nadar: cuarenta y cinco minutos recorriendo la bahía, delimitada por boyas que mantenían a raya los barcos amarrados al otro lado, donde familias y grupos de amigos pasaban el día en veleros.
Al volver a la orilla me encontré con una sorpresa: Andrea había desaparecido, y con ella mi móvil y mis gafas. Un chico portugués se me acercó y me dijo: “Me ha dicho tu amiga que se ha llevado tus cosas”. Andrea, más responsable que yo —que soy más confiada, o mejor dicho, más dejada—, había decidido poner todo a salvo mientras yo nadaba como una sirena despreocupada. Pero no solo eso: cuando regresé me esperaba con la comida hecha. Una ensalada que tenía un pintón… hasta que probé las sardinas.
Lo mío con el pescado es una tragedia. Intenté disimular, pero cada bocado me sabía a mar con olor a zapato mojado. Tuve que recurrir a la alquimia: bien de salsa agridulce, un chorro generoso de Maggi, un toque de miel y mostaza… hasta que conseguí disfrazar aquel sabor que mi paladar se niega a aceptar. Andrea me miraba entre orgullosa y muerta de risa, y yo solo podía pensar: “qué necesidad de poner sardinas en una ensalada tan bonita”. Enfrente nuestro estaba una pareja de gaditanos encantadores. Andrea no lo dudó y les ofreció media lata de sardinas ya abiertas. Me hubiera encantado meterme en la cabeza de la chica , en traje de baño, a 39 grados pensándose si comerse una sardinas abiertas que le ofrecía una extraña.
Por la tarde paseamos por la ciudad. Nos impresionó y nos cansó al mismo tiempo. Split es demasiado grande para nuestro gusto, aunque su casco antiguo medieval es impresionante. El corazón lo ocupa el Palacio de Diocleciano, construido en el siglo IV por el emperador romano que eligió este rincón del Adriático como refugio. Caminar por sus calles de piedra es recorrer siglos de historia: ruinas romanas convertidas en tiendas y cafés, pasajes medievales que aún laten entre muros que han visto pasar imperios y guerras.
Quizá de ahí venga también el carácter de los croatas: duro, resistente, pero hospitalario. Un pueblo que ha sabido sobrevivir a invasiones, imperios y conflictos, y que aún carga con la memoria reciente de la guerra de los Balcanes. Todo eso les ha hecho fuertes, orgullosos, pero al mismo tiempo abiertos. Hay en sus gestos una mezcla de dureza y bienvenida, como quien te dice sin palabras: “hemos resistido, y aquí seguimos”.
Andrea tenía un objetivo en mente: Zara. Ella, que había traído una maleta como si nos fuéramos directas a la Rusia siberiana, no tenía un solo pantalón corto para este verano de San Miguel a 28-33 grados que nos estaba tocando. Entramos, y entre perchas y probadores, ella buscaba desesperadamente algo ligero mientras yo me reía pensando en el contraste: de las ruinas romanas al aire acondicionado y los maniquíes de la globalización.
Segunda noche en Croacia
La magia del país no nos libró de la realidad: encontrar dónde dormir fue un drama. Probamos una parada de Park4Night, pero salió rana. Seguimos conduciendo hasta que la evidencia cayó sobre nosotras: necesitábamos un plan. No podíamos abarcar todo. Teníamos que elegir un solo lugar al día, conducir hasta la hora de comernos y después parar a disfrutarlo. De lo contrario, ni yo tendría tiempo para escribir ni Andrea para montar sus vídeos sin estrés.
Finalmente, vimos una salida iluminada en la carretera. No había señales de prohibido, solo un cartel con una Virgen y el nombre Vepric. En fotos aparecían normas de silencio, de vestimenta, de no hacer fotos… Un lugar extraño, pero tranquilo. Aparcamos. Como cada noche, pusimos orden en la furgo, montamos la cama, rellenamos bidones en la fuente y preparamos la cena.
De pronto, llegó un autobús. De él bajó un grupo de personas que se sentaron frente a un altar al aire libre que veíamos desde la furgoneta y comenzó una misa. El ambiente se llenó de lucecitas y cánticos suaves. Nosotras, muertas de cansancio, dejamos que aquella atmósfera nos envolviera y caímos rendidas al sueño bajo las estrellas croatas. Vepric resultó ser más que una simple parada: un santuario escondido entre pinos y rocas, creado a principios del siglo XX como un pequeño Lourdes croata. La gruta, las luces suaves, el silencio interrumpido solo por los rezos, daban la sensación de que aquel lugar había sido diseñado para ofrecer paz a cualquiera que llegara cansado de la carretera.



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