
De cítricos, granadas y confesiones frente al Adriático
De camino hacia Montenegro hicimos una parada en Dubrovnik, esa joya amurallada del Adriático. Desde lo alto, con la ciudad extendiéndose hasta el mar, paramos a hacer fotos. Un ratito breve, pero suficiente para grabar en la retina esas murallas antes de seguir ruta.
La carretera que nos llevó hasta Montenegro estaba flanqueada por huertos de cítricos y pequeños puestos improvisados. Nos paramos a comprar unas ciruelas y, cuando ya nos íbamos, Olga, la vendedora, salió corriendo detrás de la furgo para regalarnos granadas. Tantas que ahora mismo tenemos provisiones para sobrevivir a medio viaje. Andrea iba feliz, yo pensaba en mi abuela Chus —a la que le encantaban los granados— y en lo bonito que es que un gesto tan sencillo te acompañe kilómetros y kilómetros.
La frontera fue otro espectáculo: Entre lo cutre y lo entrañable , el agente montenegrino, con un piti en una mano y un par de cervezas en la garita (eso sí, el agua sin abrir), nos puso el sello mientras charlaba con nosotras.
Cruzar a Montenegro fue como pasar de una postal brillante a un álbum vintage. Cogimos el ferri para llegar a la península de Kotor y, a medida que desembarcamos, la carretera se fue estrechando, pero el paisaje se agrandaba en belleza. Granados por todas partes, casitas de piedra con contraventanas de madera, restaurantes sobre el mar y parejas de señores mayores besándose como adolescentes. Todo ello con las montañas del parque natural de Lovćen de fondo, imponentes, recordándome a las que caminé este verano con mi madre en Huesca.
Montenegro, cuyo nombre significa literalmente “montaña negra” (y viendo Lovćen entiendes por qué), ha sido codiciado por medio mundo: venecianos, turcos, austrohúngaros, yugoslavos… hasta independizarse en 2006. Hoy mezcla esa herencia con un aire relajado y un punto caótico —ya se nota en su manera de conducir— que lo hace único. Es un país pequeño, pero con un carácter gigante: mitad balcánico, mitad mediterráneo, siempre sorprendente.
Kotor nos enamoró al instante. Sus calles adoquinadas, las casas en venta gritaban historias de decadencia y futuro, y el ambiente era de esos que sabes que pronto explotarán turísticamente. Yo ya me veía montando un campamento de verano entre esas piedras (veo campamentos hasta debajo de las piedras). Andrea dibujaba en su diario mientras yo hacía videollamada con mi madre para enseñarle a un perro que se nos acercó y que era exactamente igual a Ron.
La bahía de Kotor parece un decorado, pero es un libro de Historia abierto. Por aquí pasaron romanos, bizantinos, venecianos y otomanos, todos dejando huella en sus murallas, plazas y palacios. Fue puerto estratégico, ciudad comercial y hoy es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Cada piedra te recuerda que esta pequeña bahía ha visto más imperios que una temporada de Juego de Tronos.
La convivencia en la furgo también trae sus capítulos. Esa tarde Andrea estaba sensible y necesitaba desahogarse. Charlamos largo y tendido, con lagrimas y sonrisas, respiraciones y un vino de por medio. Nos abrazamos como hermanas y entendimos que en este viaje no hay miedos, solo retos. Que cada día se empieza de cero y que somos afortunadas por estar cumpliendo este sueño.
Y cuando ya pensábamos que la jornada estaba cerrada, vimos a unos chicos al otro lado de la calle. Se nos habían acabado el vino (detalle importante), así que cruzamos a pedirles uno. Resultaron ser pilotos de Turkish Airlines y, entre risas y anécdotas de vuelos, nos recordaron que también tenemos que socializar más y abrirnos al mundo que nos rodea. Montenegro no solo nos regaló paisajes y granadas, también lecciones sencillas: que el viaje se hace tanto con los lugares como con las personas.
Dormimos en Kotor, a pie del mar, con las olas arrullando la furgo y el aire salado entrando por la ventana. Casi parecía un sueño… hasta que, entre el rumor del agua, se colaba algún que otro tema de reguetón desde la otra orilla. Era viernes, y mientras nosotras cerrábamos los ojos después de un día eterno, otros celebraban la noche a ritmo de fiesta. Así es viajar: un equilibrio entre la calma que buscas y el bullicio que te recuerda que la vida sigue sonando alrededor.



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