DE BERAT A METEORA

Entre sentadillas improvisadas, monasterios suspendidos y un robo inesperado
Nada más despertarme en Berat salí a mover un poco el esqueleto. Un poco de ejercicio por las mañanas siempre sienta bien, o al menos eso me digo yo para justificar el ridículo. Entre sentadilla y sentadilla apareció un señor que parecía profesor de gimnasia retirado… sin un solo diente, pero con más energía que yo después de dos cafés. Empezó a hacerme gestos como si llevara toda la vida esperando este momento: corregirme la postura. Yo lo agradecí, porque mi hiperextensión en las piernas no pasa desapercibida ni siquiera para los albaneses. Mientras tanto, Andrea me grababa desde lo lejos, muerta de risa y sin entender nada: en un segundo pasé de estar dando saltitos torpes de un lado a otro a recibir una masterclass improvisada de fitness balcánico.
El camino ese día fue un desfile de escenas que parecían sacadas de otra época: hombres andando por el andén, señoras empujando carretillas de madera, un policía de tráfico dirigiendo coches como si estuviera en una coreografía, flores en el capó de un vehículo, motos circulando sin casco, un pastor tumbado bajo un árbol mirando a sus ovejas, una cabra que nos abrió paso por la carretera y hasta un caballo y un burro amarrados al sol junto a la cuneta, costumbre que sigo sin entender.
De pueblo en pueblo avanzamos hasta el río Lumi, rodeado de cerezos y robles que me recordaban a la Vera. Luego llegó el cruce de montañas que marcaba la frontera con Grecia. Allí el ambiente cambió: el agente fronterizo, bastante más borde que los anteriores, apenas me devolvió una sonrisa después de mucho insistir. El de aduanas, incrédulo con nuestra despensa sobre ruedas, revisó la furgo entera. Andrea, con su catarrazo y una paciencia limitada, casi le exigía que nos devolviera todo intacto.
La llegada a Meteora
De pronto, tras kilómetros de montaña, se alzaron los monasterios de Meteora. Suspendidos sobre gigantescas rocas, parecían flotar en el aire. Su historia es tan mágica como el lugar: en el siglo XIV, monjes ermitaños buscaron refugio allí para huir de las invasiones y construyeron estos templos imposibles, a los que en su origen se accedía solo con cuerdas y escaleras de mano. Hoy sobreviven seis en funcionamiento, declarados Patrimonio de la Humanidad, testigos de la espiritualidad más extrema.
Nosotras buscamos un saliente con vistas para comer, pero al final fuimos nosotras las que acabamos siendo el espectáculo: desde la furgo improvisamos un chili con carne que atrajo más miradas que los propios monasterios.
El atardecer fue mágico. Me senté en una roca a escribir mientras Andrea descansaba en la furgo. Poco a poco, mujeres viajeras de unos 70 años fueron rodeándome. Una filipina, una india, una americana, dos alemanas… entre todas formamos una postal humana de medio mundo reunido por azar en el mismo punto para contemplar el sol caer.
A lo lejos, una pareja de unos 60 años se fotografiaba sin descanso. Él retrataba a su mujer una y otra vez, y ella posaba feliz. Verlos me generaba ternura, entrañanza y hasta un poco de vergüenza ajena, pero siempre con una sonrisa.
La noche nos recibió con la rutina de furgo: cansada y excitante al mismo tiempo. Andrea, hecha polvo por el catarro, pedía descanso. Yo, en cambio, sigo como un búho: duermo poco, escribo mucho. Para cenar improvisamos una sopa caliente con huevos escalfados. Y cuando pensábamos que el día ya había dado todo de sí, apareció un zorro curioso junto a la furgo. Yo le ofrecí un trozo de pan, y Andrea, entre risas y mocos, aseguró que pronto montaríamos un zoológico rodante: ovejas, cabras, burros, caballos y ahora zorros.
Grecia: entre dioses antiguos y realidades actuales
Grecia siempre es un contraste. La antigua, la de los filósofos, templos y dioses caprichosos que dieron forma a nuestra cultura. Y la actual, más caótica, ruidosa, mediterránea: con motos sin casco, mercados rebosantes de sandías y melones gigantes y ciudades que aún conservan un aire de pueblo grande. Ambas conviven, y en ese choque está parte de su magia.
Rumbo a Kavala
A la mañana siguiente pusimos rumbo a Kavala, en la costa. La ciudad, hoy marcada por una fuerte presencia migrante, refleja esa mezcla entre el pasado otomano, el puerto griego y la vida contemporánea donde conviven culturas, lenguas y acentos distintos. En medio de todo, nosotras seguimos con lo nuestro: nos dimos un osazo —un abrazo hueso contra hueso de los que suenan—, comimos un tiburón que parecía cazón (o era cazón y nosotras lo llamamos tiburón, vaya usted a saber), y nos tiramos en la playa como dos focas satisfechas.
Esa noche dormimos en la furgo junto al mar, pero la sorpresa llegó por la mañana: nos habían robado. No dinero, no cámaras, no nada “importante”. Se habían llevado a Albi, nuestra planta de albahaca, y con ella la bolsa con las sobras de la cena. Yo había visto a una mujer merodeando alrededor de la furgo y, efectivamente, fue ella quien se llevó nuestro tesoro verde.
Con esa mezcla de risa, rabia y resignación, nos despedimos de Grecia sin albahaca y sin sobras, pero con muchas historias más de las que esperábamos. Y así, entre carcajadas, partimos rumbo a Turquía.


Replica a noisilyfearlesse49ea1085c Cancelar la respuesta