
Del café de huevo al torbellino de Estambul
Al levantarme en Kavala descubrí la tragedia: nos habían robado a “Albi”, nuestra querida albahaca viajera. Junto a ella también desaparecieron las sobras de la cena y unos trozos de pan que nos había regalado el del restaurante. La noche anterior ya había escuchado ruidos sospechosos alrededor de la furgo. Al abrir apenas la cortina me encontré con una mujer de pelo azabache, mirada oscura y piel curtida por el sol. No me dio malas vibras; pensé que quizá se había tropezado con la bola del coche —que de verdad es puñetera—, pero no: se estaba llevando nuestra cena.
Probablemente la necesitaba más que nosotras, y eso lo acepto… pero ¿la albahaca? ¡Nuestra Albi! Ese pequeño verde compañero nos dolió más que perder la comida. Desde ese momento quedamos oficialmente en busca de planta nueva.
Con el corazón un poco huérfano pero el estómago por delante, pusimos rumbo a Turquía. Rellenamos depósitos de agua en la gasolinera y nos permitimos un desayuno de lujo: un panini calentito y un café que Andrea había preparado antes de salir de Kavala. Yo me levanté temprano para hacer algo de deporte y despedirme del mar con un último baño en el Egeo. En apenas unos días había tenido la fortuna de bañarme en la Costa Brava, el Adriático y ahora el Egeo. Me siento afortunada de vivir esta vida, con sus luces y sombras, pero siempre con la certeza de estar donde tengo que estar.
Andrea, que no había entrado al agua, decidió aprovechar ese rato para cocer los huevos más caros de Grecia: 7 eurazos por media docena en Meteora, un robo. Para que no se estropearan, los hirvió pensando en bocadillos con ese pan “prestado” que nos había dado la mujer del pelo azabache. Hasta ahí todo bien… hasta que se le ocurrió no tirar el agua de la cocción. En lugar de eso la mezcló con café soluble y… voilà: café de huevo para llevar. Y lo más surrealista es que… ¡no estaba malo!
El problema vino después, cuando empezó a pelar los huevos dentro de la furgo. El olor a azufre invadió Nolichikaki (la furgo) y yo casi muero de arcadas. En la siguiente gasolinera un joven guapísimo vino a ponernos combustible (en Grecia todavía te atienden en la manguera). Justo entonces abrimos la puerta… y el muchacho recibió en plena cara la bofetada sulfúrica del huevo podrido. Su expresión fue un poema; yo solo quería que me tragase la tierra.
Con la dignidad tocada nos refugiamos en la cafetería de al lado: un lugar tan moderno, grande y brillante que parecía sacado de un catálogo de Dubai. Sospechamos que era de un narco o, como mínimo, de alguien blanqueando dinero. Los baños eran más lujosos que los de muchos hoteles en Madrid.
Tras el festín de absurdos aún nos quedaban unos 150 km hasta la frontera turca. Con la risa en el cuerpo, sin Albi pero con un nuevo café “gourmet” de huevo que nos alegró el día, un cachapuri que nos reconcilió con la vida y media docena que olían a tragedia, seguimos nuestro camino hacia un nuevo país.
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Estambul nos desborda
Veníamos del silencio: Meteora, Berat en Albania, Kotor en Montenegro, las aldeas tranquilas de Croacia… y de repente nos vimos en plena Constantinopla. Estambul me vino grande. Demasiado ruido, demasiada gente. La ciudad estaba abarrotada y yo me sentía diminuta.
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La Estambul que vimos
Las entradas a las mezquitas eran un atraco: 40 € cada una. Ver tres salía por 120 €, más que el Prado en Madrid o el Museo de Historia en Londres. Nuestro presupuesto no daba, así que fuimos a la única gratuita: la Mezquita Azul.
Pelayo, mi hermano, me había dicho en Semana Santa que las cisternas de la Abadía eran de lo mejor, pero al llegar vimos una cola interminable. Ya era atardecer, así que nos rendimos: preferimos verlo desde el Bósforo.
Y claro, para hacerlo “a lo local” queríamos evitar los tours carísimos. La idea era usar el ferry público. Para eso necesitábamos la famosa tarjeta del “metro-bus”. Y ahí llegó la paquetada de primero de turista.
Dos hombres que parecían simpáticos —claramente con problemas de alcohol y viviendo en la calle— ayudaban a los turistas con las máquinas. Yo, cansada, ingenua y crispada por la cola de antes, caí redonda. Recargué 4 €, luego 25 € porque me dijeron que “tenía que activarla”. Cuando llegamos al ferry… sorpresa: no tenía saldo. El listo había recargado su propia tarjeta con mi dinero. Lección aprendida entre rabia y carcajadas.
Estambul también es la ciudad de los gatos marqueses: callejeros pero bien alimentados. Hay hasta dispensadores de pienso por 1 €. En cambio, los perros, mucho menos cuidados, vagaban sin tanto cariño. Me acerqué a acariciar uno enorme tumbado junto a turistas… y me soltó un gruñido que me hizo retroceder al instante. En Estambul, ni los perros ni algunas miradas hostiles me lo pusieron fácil.
Pero no todo fue hostil. Lo más bonito fue conocer a tres niñas que creemos refugiadas sirias. Descalzas, pidiendo dinero, con una ingenuidad que partía el alma. Reímos juntas, bailamos, nos pidieron nuestros anillos, les hicimos fotos. Tenían menos de doce años, olían a tristeza y probablemente habían visto demasiado para su edad, pero sus sonrisas eran un regalo.
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Historia viva: Estambul
Estambul —la antigua Bizancio, luego Constantinopla— es la única ciudad del mundo que une dos continentes. Fue colonia griega, capital del Imperio Romano de Oriente y después del otomano. Sus mares —el Mármara y el Negro— y el estrecho del Bósforo la convirtieron en el cruce de caminos por excelencia. Aquí Oriente y Occidente no solo se encuentran: se chocan, se besan y se pelean al mismo tiempo.
Desde el puente de Gálata, gaviotas revoloteaban sobre los ferris atestados mientras Andrea grababa sin parar. Yo, agotada, solo pensaba: Estambul es demasiado para un día de viaje.
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Lo cotidiano y lo inesperado
La primera noche, después de que Andrea decidiera probar la Wet Burger (hamburguesa “mojada”) y seguir la recomendación de Paloma Roc, fuimos a un restaurante espectacular. Andrea apenas lo disfrutó con su catarro; yo en cambio me di un festín. Hasta que vi la cuenta: 100 €. Lo mismo que habíamos gastado entre las dos desde España hasta Estambul. El puñal ya estaba clavado, pero al menos estaba digerido. La segunda noche tiramos de lo barato: un kebab rápido y un sándwich en el sofá.
Si me preguntan qué fue lo que más disfruté de Estambul, la respuesta es clara: ducharnos, tumbarnos en un sofá y escuchar los cánticos de las mezquitas. Me recordaban a mi amigo del alma, Adang. Estoy segura de que me acompañaba desde el cielo.
El último día, antes de irnos, leí los escritos que mi madre me había mandado de cuando estuvo aquí hace más de 35 años. Me emocioné. Ella contaba cómo cruzó desde Belgrado a Estambul en tiempos tensos, cómo viajó con un desconocido en un coche probablemente robado hasta aquí. Describía una ciudad con camellos, más auténtica y menos globalizada. Lloré. Sentí que viajábamos juntas a través del tiempo.
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Rumbo al Mar Negro
Salir de Estambul fue otra odisea. Conducir allí era como intentar meterse en coche por la Puerta del Sol en Navidad. Pagamos 50 € por dos noches de parking: Estambul nos dejó el bolsillo cojo. A las seis de la mañana arrancamos, con Residente sonando a todo volumen: ya estábamos de lleno en Turquía.
Los dos días siguientes fueron puro tránsito por la costa del Mar Negro. Dormimos en Akçabat, donde lo único destacable fue una hamburguesa decente y el descubrimiento de que la mantis que nos acompañaba desde Albania seguía viva en el coche. Andrea pasó casi todo el trayecto dormida, recuperándose del resfriado.
Esa noche tomamos una pastilla para dormir: caímos como piedras aunque estuviéramos al lado de la carretera. Por la mañana el catarro se me había pegado a mí, pero decidí sudarlo corriendo en una pista de fútbol de hierba. Por un momento, reviví.
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Una parada inesperada
Antes de salir definitivamente de Turquía paramos en un área de descanso de camiones. Solo había hombres, que nos miraban incrédulos… pero con simpatía. Le contamos al dependiente que íbamos en coche hasta Vietnam. No daba crédito y nos invitó a un café. Mientras lo tomábamos, el dueño sacó el traductor del móvil y, con total convicción, nos dijo que nuestro presidente izquierdista era “lo más”, porque defendía a los musulmanes de Gaza frente a Israel. La propaganda llega a todas partes, incluso a un área perdida de camiones en Turquía.
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No queríamos dormir más allí. Preferimos pegarnos la paliza y llegar cuanto antes a Georgia, donde nos esperaba descanso y pocos kilómetros antes de afrontar la frontera rusa. Además, había una promesa que nos motivaba: la discoteca Bassiani, la meca del tecno en Tiflis. Esa promesa era gasolina para seguir adelante.
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Así cerramos nuestra primera sacudida turca: un robo absurdo, un café con huevo, un timo de manual, gatos marqueses, niñas que te roban el corazón y un área de camiones que nos recordó a la vez lo pequeño y lo grande que es el mundo.


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