8ªETAPA: TURQUÍA – GEORGIA

Del miedo a no pasar… a la emoción de la primera noche en Tiflis

Estábamos a punto de cruzar la frontera más complicada hasta el momento. Nada más llegar, un agente con aspecto turco, pelo oscuro y sin ganas de sonreír, empezó a hacernos señas. Andrea y yo, incrédulas, entendimos que quería que subiéramos al techo del coche. Sé que parece absurdo, pero sus gestos eran claros. Tras un rato de malentendidos nos dimos cuenta: yo debía quedarme en el coche mientras Andrea iba andando hasta un edificio fronterizo con los dos pasaportes. Yo, en cambio, debía entregar la documentación del coche.

Nos separamos y no volvimos a vernos hasta una hora después. Andrea, cuando apareció, me contó su versión de la odisea. La mía no fue tan rocambolesca, pero sí que por primera vez sentí de verdad la duda de si me iban a dejar entrar.

En casi todas las fronteras se pide lo mismo: el pasaporte personal, la documentación del coche (permiso de circulación y ficha técnica) y el seguro. En Europa es fácil porque tu compañía te expide la Carta Verde, pero fuera hay que comprarlo en el propio paso. Yo estaba tan preocupada por la futura entrada en Rusia que olvidé que antes había que resolver Georgia.

Esperaba y esperaba, hasta que de repente vi a Andrea en el retrovisor trayéndome mi pasaporte… solo para volver a desaparecer entre el caos fronterizo. Al fin, ya era oficial: habíamos dejado atrás Turquía y entrábamos en Georgia.

En el último control me tocó abrir el coche y aproveché para ser simpática. Charlé con los policías sobre el viaje y, como siempre, salió el tema favorito: el fútbol. En Turquía eran todos del Madrid, pero aquí la tendencia parecía más del Barça. Ese día jugaba el Madrid contra el Atleti, y como en las llaves llevo un llavero rojiblanco nos reímos y les deseé suerte.

Todo iba bien hasta que la agente georgiana vio que el coche no estaba a mi nombre. “No puedes entrar”, me dijo. El vehículo está a nombre de la empresa familiar, Layos Camp. Le enseñé las escrituras notariales, pero no le convencieron: “¿Y si se lo has robado a tu propia empresa? Necesitas una autorización ante notario”.

Mientras discutía, apareció Andrea sin enterarse de nada. Intentó cruzar pero no la dejaban. Tras media hora enseñando papeles y fotos, el mismo policía con el que había hablado de fútbol se acercó, habló con ella y, milagrosamente, nos dejaron pasar. ¿Suerte? Quizá. Pero me hizo pensar mucho en la frontera rusa.

Andrea subió excitada:

—¡Bueno, bueno, no sabes el lío! El sitio era un caos: gente arrastrando bolsas de basura, colas interminables, escaleras sin fin, ni un cartel, ni un agente… Grabé un vídeo, eso vale más que todas mis palabras.

Arranqué entre tumulto de gente, perros, coches y camiones, y enseguida apareció un chico ofreciéndome el seguro del coche. Lo que yo pensaba que iba a ser un problema resultó ser lo más fácil.

Muertas de alegría seguimos la carretera hacia Batumi, la primera ciudad georgiana en el Mar Negro. Eran las seis de la tarde y, tras el ambiente algo turbio que respiramos allí —mezcla de mafia, mujeres vestidas de negro y coches revolucionados— decidimos seguir hasta Tiflis. El GPS nos metió por las afueras de Batumi en plena hora punta, pero tampoco sentimos que nos perdiéramos nada.

Llenamos el depósito de diésel a 0,90 €/litro (¡qué gusto!), compramos algo de picar y continuamos. Las carreteras estaban sorprendentemente bien, con paradas cada kilómetro donde vendían café, refrescos… e incluso Jägermeister.

Habíamos reservado un apartamento por 30 € la noche. Tras dos días conduciendo sin parar, preferimos cama y ducha a la furgo. La casa no estaba nada mal para el precio: sofás con tapicería de “hiena de zoo”, pero cómodos; baño, habitación, cocina y buenas vistas al río Kura.

La primera impresión de Tiflis fue magnífica: avenidas amplias junto al río, cierto aire palaciego. Nos desviaron porque había una manifestación pro-Europa; en Georgia conviven las dos corrientes, la pro-rusa y la pro-europea. Al llegar al barrio del apartamento descubrimos otra cara: una ciudad decadente, en plena efervescencia, que me recordó a Lisboa hace 20 años o al Bucarest actual. Eso sí, se respiraba seguridad.

Habíamos llegado a Georgia. Y esa noche nos esperaba nuestra primera salida nocturna en Tiflis.

TIFLIS

Old town Tbilisi

La discoteca nos defraudó. Veníamos con demasiadas expectativas y además estábamos cansadas. Bailamos, nos tomamos dos cervezas, filosofamos un poco, le di la turra a Andrius y aplicamos la ya famosa regla de Pedro: “a las tres, en la cama estés”.

Por la mañana me desperté con un resfriado en toda regla. Escalofríos, mal cuerpo… una gripe fulminante. Al menos había llegado de cero a todo en pocas horas, y tenía la esperanza de que se me pasara rápido. Esa mañana fue lenta. Aprovechamos la casa, volvimos a lavar ropa, sábanas y almohadas, y nos dejamos caer en los sofás leopardescos (tan feos como cómodos). No tenía fuerzas ni para escribir, pero algo dentro de mí sabía que había que moverse. El movimiento siempre ayuda.

Andrea tenía fichados varios restaurantes georgianos en Tiflis. Todo el mundo nos había hablado de la gastronomía local, así que salimos a probarla. No se equivocaban. El khachapuri adjaruli (ese pan con huevo y queso fundido), los khinkali (esas empanadillas gigantes que hay que morder con cuidado para no perder el caldo de dentro), y hasta el vino georgiano, considerado el más antiguo del mundo con 8.000 años de historia. Aquella comida fue medicina.

DE TIFLIS A GERGETI

Salimos tarde de Tiflis porque antes quisimos conocer la ciudad. A media hora de camino nos encontramos con una iglesia en lo alto de una colina. Era el Monasterio de Jvari, del siglo VI, donde según la tradición Santa Nino (la mujer que introdujo el cristianismo en Georgia en el siglo IV) clavó una gran cruz de madera que convirtió Mtsjeta en el primer centro espiritual del país.

Abajo quedaba Mtsjeta, la antigua capital y actual corazón religioso de Georgia, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Allí, entre iglesias medievales y casas bajas, se respira la herencia de lo que fue uno de los reinos cristianos más antiguos del mundo.

Decidimos dormir con las vistas al monasterio. En la app Park4Night advertían que por las noches solían subir georgianos a hacer trompos con el coche. Nosotras ya sabíamos que aquí quemar motor es deporte nacional, pero aquella noche, más allá de algún embrague chirriando, no fue nada espectacular. Las vistas eran un lujo. Grabamos un audio para un vídeo de la ruta; nos cuesta meternos en el personaje de redes, pero queremos compartir el viaje, y quién sabe, quizá algún día escribir para una editorial de viajes.

Esa noche, con el monasterio de Jvari iluminado, entendí algo: cada día es un curso acelerado de geografía e historia. En solo 15 días habíamos cruzado 5 mares, 10 países, cordilleras infinitas. Por estos caminos pasaron griegos, romanos, persas, otomanos… y ahora nosotras, rumbo a Rusia.

LA CARRETERA MILITAR GEORGIANA

El día siguiente me cautivó. De verdad sentí que empezaba “la etapa desconocida”. De Mtsjeta a Gergeti la naturaleza se desplegaba como una película. El valle otoñal se llenaba de verdes, ocres y rojizos. La carretera ascendía y con cada curva cambiaba el paisaje.

Atravesamos la reserva de Zhinvali, con su embalse turquesa, y Andrea sacó el dron para no olvidar jamás ese paso. Luego la carretera seguía el curso del río Aragvi, entre bosques cada vez más montañosos. En un puesto paramos a llenar agua: el dueño, un hombre bajo y regordete, nos observaba divertido mientras llenábamos las botellas y la ducha portátil. No entendía una palabra, pero sonreía feliz. Le ofrecimos una sandía y nos pidió que se la diéramos a sus ovejas.

Seguimos subiendo hacia Gudauri, la estación de esquí más famosa de Georgia, nacida en tiempos soviéticos. Andrea alucinó con los puestos de peletería: pieles de zorro enteras, cabeza incluida. A su abuelo, que fue peletero en Madrid, aquello le habría recordado a otro tiempo.

Más arriba, el paisaje cambió de golpe. Las montañas parecían los Andes: cañones profundos, niebla y el río Terek corriendo bravo entre las laderas. Un pastor turco nos dejó fotografiarle mientras guiaba a sus ovejas, con un macho de cuernos enormes liderando la manada.

En un mirador paramos ante un extraño mosaico circular, levantado por la URSS en 1983 para conmemorar la “amistad ruso-georgiana”. Un anfiteatro extraño, música tecno sonando, patatas fritas grasientas… pero con unas vistas al cañón del Cáucaso que cortaban la respiración.

Pasamos la última estación de esquí, Kobi, y descendimos hacia el valle. El frío se intensificaba. Niebla, barrancos y, al fondo, el majestuoso Monte Kazbek, de 5.047 metros. Llegamos a Gergeti de noche cerrada, con temperaturas bajo cero. Fue nuestra primera noche heladora: aislantes en la furgo, sacos de dormir, forros polares, bragas de cuello… salir al baño era una misión imposible.

GERGETI Y EL MONTE KAZBEK

Al amanecer quitamos los aislantes y ahí estaba: el Monte Kazbek frente a nosotras, iluminado por un sol de montaña espléndido. Bajo su pico nevado, la Iglesia de la Trinidad de Gergeti, del siglo XIV, solitaria y poderosa sobre la colina. Construida en plena Edad Media, en tiempos de invasiones mongolas y tártaras, ha sido siempre símbolo de resistencia y fe para los georgianos.

Las nubes quedaban bajo nosotras. Me recordó a mis días en Crans, Suiza. Andrea voló el dron y yo solo podía pensar en lo que nos esperaba: ese mismo día nos tocaba cruzar a Rusia.

El pastor Turco del Cáucaso

3 respuestas a “8ªETAPA: TURQUÍA – GEORGIA”

  1. Avatar de Daniela Pittman

    impresionante ! Sigue escribiendo y viajando que se te da muy bien y gracias por compartir menuda experiencia !!

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    1. Avatar de Carchin de Gregorio
      Carchin de Gregorio

      Gracias a ti por leerme !! Te mando un abrazo

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  2. Avatar de noisilyfearlesse49ea1085c
    noisilyfearlesse49ea1085c

    «.. pero algo dentro de mí sabía que había que moverse. El movimiento siempre ayuda..»

    ..andando todo circula. Tan sabio. Hermoso.

    Ese retrato es magnífico! Esa mirada.

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