9ªETAPA: GEORGIA-RUSIA

Horas antes de cruzar

Sentía una presión en el pecho. Me desperté con ganas de sudarla andando, pero yo misma me boicoteaba pensando que tenía que hacer cosas: ordenar papeles, organizar la furgo, decidir si dejar la cama hecha o recogerla… Entre todos esos pensamientos mi irritabilidad fue creciendo hasta pagarlo con Andrea, a la que, una vez más, le pedí que ordenara toda su ropa y sus cosas. El orden es lo único que realmente me irrita. La furgo es pequeña, y cualquier cosa fuera de sitio da la sensación de que todo está en caos. Cada objeto tiene su lugar; si no lo respetas, te pasas el día buscando, desordenando y volviendo a empezar.

Pero en realidad mi nerviosismo tenía una causa más profunda: la frontera rusa. Era el punto más delicado de todo el viaje. Si no nos dejaban pasar, no había alternativa para continuar la ruta.

La frontera de Azerbaiyán está cerrada desde que comenzó la guerra entre Rusia y Ucrania, como medida de seguridad. Nuestro plan inicial era cruzar el mar Caspio desde Bakú hasta Aktau, la ciudad kazaja donde este año se celebraban las Olimpiadas de los Pueblos Nómadas. Pero dos semanas antes de salir, al revisar el mapa, vimos que tanto Google Maps como la app china iMap nos llevaban por Rusia o por Irán.

Llamamos a la embajada, y lo confirmaron: la frontera de Azerbaiyán estaba cerrada. Tocaba decidir. Irán o Rusia. Las dos hablamos y no hubo dudas: Rusia. Aunque esté en guerra, sentíamos que conocíamos más nuestros peligros allí que en Irán.

Con el tiempo he pensado que no me habría importado ir por Irán. Es fácil pensarlo cuando ya has descartado una opción. En una conversación con mi madre, me dijo:

—¿Pero no vais por la ruta de la seda?

Y me di cuenta de que no, que habíamos elegido la estepa más grande del mundo. ¿Era lo más interesante? Quizá no. Pero era la ruta que nos llamaba. Las dos opciones eran un reto, cada una a su manera. En otra ocasión iré a Irán. Y ojalá sea con “la jefa”; viajamos bien juntas, aunque probablemente en vez de tres meses tardaríamos un año.

Decidido el camino, fuimos a la embajada rusa en Madrid. Conseguimos el visado: primero uno de una sola entrada, y después otro de doble entrada, para poder entrar desde Georgia a Rusia y luego a Kazajistán. Más adelante decidiríamos si bajábamos a China o subíamos antes a Mongolia. De eso ya hablaremos.

La carretera se estrechaba mientras el Cáucaso nos envolvía. Pasamos junto al Monte Kazbek, una de las montañas más altas de la región (5.047 m), envuelto en nubes. Bajo su sombra, el monasterio de Gergeti parecía una maqueta suspendida entre el cielo y la piedra. Aquella ruta, la Carretera Militar Georgiana, había sido abierta en el siglo XVIII por el Imperio ruso para asegurar su paso hacia el sur. Hoy sigue siendo una de las carreteras más espectaculares y tensas del mundo: 208 kilómetros de curvas, túneles, pasos de montaña y control militar.

Con el visado en el pasaporte, el seguro del coche y los papeles en orden, solo quedaba cruzar la frontera.

FRONTERA

La cola era interminable: camiones y camiones de mercancías, de todos los colores y países, todos con el cartel TIR pegado en la parte trasera. Los coches particulares éramos minoría.

Como siempre, primero tocaba salir de Georgia. Yo tenía el estómago revuelto; me imponía esta frontera. El agente nos paró y comenzó la fiesta.

Pidió a Andrea que bajara, abriera la furgoneta y le mostrara el pasaporte. Se quedó extrañado al ver una cama, comida, matrícula española… Luego la mandó a cruzar por la zona peatonal. No la volví a ver en media hora. El agente no volvió a hablar conmigo, pero cada compañero que pasaba por allí se acercaba a mirar nuestra furgo, abría la parte trasera, señalaba la cama y la matrícula como si mostrara un fenómeno.

Cuando por fin crucé, Andrea apareció corriendo hacia mí, visiblemente alterada. Le habían hecho borrar todos los vídeos que había grabado a escondidas en la frontera. Se le habían acercado 4 georgianos vestidos con uniforme militar, enseñarles el móvil, borrar las fotos , ir a los elementos eliminados y borrarlos igualmente. Los georgianos pueden ser simpáticos, pero no se andan con tonterías.

Y entonces llegamos a tierra de nadie.

La Carretera Militar Georgiana, la misma que durante siglos unió Tiflis con Vladikavkaz, se adentraba ahora entre montañas. Había coches abandonados, reducidos a esqueletos oxidados; gente deambulando sin rumbo; montones de basura amontonados en los márgenes. La cola de camiones era eterna. Algunos túneles perforaban las montañas del Gran Cáucaso sin una sola luz; otros estaban a medio derrumbar. Los conductores gritaban, se colaban, se adelantaban. Era un caos de bocinas y gases. Nadie ponía orden. Ni un agente de un lado ni del otro.

En un momento, un hombre se acercó a nuestra ventanilla. Golpeó el cristal con el pasaporte en la mano. Nos hablaba con tono tenso, suplicante. Con ayuda de un traductor en el móvil entendimos su historia: era ucraniano, y llevaba —no supimos si diez horas o diez días— atrapado entre Georgia y Rusia. Los rusos no lo dejaban entrar y los georgianos lo habían rechazado. Estaba en un limbo.

Le escribí a mi amiga María, y se me llenaron los ojos de lágrimas. No podíamos ayudarle. Andrea, conmovida, fue detrás de él para darle unas latas de comida. Pero el ucraniano las rechazó, y tampoco permitió que otro hombre —un vagabundo sin dientes, con la ropa hecha jirones— las cogiera. Andrea volvió con un nudo en el pecho.

Seguimos avanzando despacio, rodeadas de Ladas, UAZ, GAZ, Kamaz, Moskvitch… toda una exposición de la historia del motor soviético. En Rusia, el coche siempre fue símbolo de independencia y orgullo nacional. Durante décadas, marcas como AvtoVAZ produjeron millones de Ladas que todavía circulan por todo el país, resistentes y sencillos de reparar. Los camiones Kamaz, por su parte, dominan las carreteras de Asia Central, capaces de sobrevivir al barro, al hielo y al tiempo.

Entrábamos oficialmente en Rusia. La estepa nos esperaba.

Los agentes rusos parecían sonreír cuando los mirabas, así que me relajé y empecé a respirar con cierta tranquilidad. Nos pusieron en la cola.

El primer control fue con una mujer rubia que no parecía tener amigos: nariz, labios y pómulos operados con precisión quirúrgica. No le gustaba que no habláramos ruso. Le di los pasaportes y me hizo una pregunta. Al no entenderla, torció la boca con fastidio y me pidió otros papeles. Intuí que eran los del coche. Se los di.

Me hizo varias preguntas más, todas en ruso, mientras su cara se mantenía imperturbable. Me tuvo quince minutos en vilo, observándome en silencio, hasta que me ordenó mirarla fijamente para comparar mi rostro con la foto del pasaporte. Y entonces, por fin, escuché el sonido del sello.

Ese golpe seco de tinta sobre el papel me produjo una sensación casi orgásmica. ¡Ya no había vuelta atrás! Ese sello significaba que podíamos cruzar Rusia, que llegar hasta Vietnam era posible. Se me erizó la piel.

Subí al coche temblando y pasé al siguiente control: seguridad y aduanas. Andrea se quedó con la rubia, mientras dos policías, de gesto amable, me revisaban la furgoneta. Uno me preguntaba de dónde venía, a qué me dedicaba; el otro abría mochilas, levantaba almohadas, curioseaba entre cajas.

—¿Drone? —preguntó de repente uno de ellos.

Sentí un escalofrío. ¿Nos lo quitarían?

Andrea apareció al instante, casi como si lo hubiera olido.

—Soy fotógrafa —dijo, con su mejor sonrisa.

El agente asintió, tomó el dron, lo examinó con curiosidad, lo devolvió… y sonrió. Seguimos.

Tercer control: documentos del coche. Ese era el punto más delicado. Tenía miedo de que nos pusieran problemas por estar a nombre de la empresa familiar. Pero el agente resultó ser encantador. Le entregué una carta que ChatGPT me había traducido al ruso, explicando que el vehículo pertenecía a la empresa familiar, con las escrituras y una autorización firmada por mis hermanos. La leyó, levantó la vista, sonrió y asintió.

Mientras revisaban los papeles, el policía más joven —el que antes me había hecho las preguntas— me pidió el número de teléfono. Esto ya era el colmo. Nos reímos, le dimos una pegatina con nuestro Instagram, y así, entre bromas y sonrisas, nos devolvieron la documentación.

¡Estábamos oficialmente en Rusia!

El aire cambió. Era denso, frío, distinto. La carretera se abría paso entre montañas que parecían recién talladas. Bajando del Paso de Lars, el valle se ensanchaba poco a poco y el paisaje empezaba a transformarse: los tonos verdes y húmedos de Georgia se volvían más secos, metálicos, casi militares. La Carretera Militar Georgiana seguía serpenteando entre desfiladeros hasta desembocar en Vladikavkaz, la capital de Osetia del Norte.

El nombre significa literalmente “dominar el Cáucaso”, y no podía ser más apropiado. Fundada por los rusos en el siglo XVIII como fortaleza militar, fue durante siglos la puerta del Imperio hacia el sur. Hoy, Vladikavkaz conserva ese aire fronterizo, mezcla de orgullo y cansancio. Las avenidas amplias, los edificios soviéticos de hormigón, las banderas ondeando, y una energía contenida, como si todo el mundo estuviera esperando algo.

A un lado, el río Terek cortaba la ciudad en dos. A lo lejos, las cumbres del Cáucaso se alzaban como una muralla. Allí empezó de verdad nuestra travesía por Rusia: el país más grande del mundo se abría ante nosotras, inmenso, helado y misterioso.

Primera noche en Rusia: la búsqueda del tesoro

La primera noche fue como jugar a la búsqueda del tesoro.

Llegamos a Vladikavkaz sobre las siete de la tarde, y para celebrar que ya estábamos en Rusia decidimos ir a cenar. Buscamos un restaurante con buenas referencias y pusimos rumbo hacia allí. Todo parecía ir bien: el GPS marcaba unos veinte minutos de trayecto.

Pero de repente, algo no cuadraba. La localización en el mapa empezó a moverse de forma errática, como si no tuviera ganas de trabajar. Estábamos sin rumbo, atrapadas en un tráfico denso, bajo una lluvia insistente, sin entender nada de los carteles cirílicos que nos rodeaban.

Pensamos que podía ser el VPN, así que me bajé otro deprisa, pero tampoco funcionó. Luego descargué cuatro aplicaciones rusas de GPS, y ninguna servía para navegar: solo dejaban bajar los mapas, nada de rutas.

Mientras tanto, nuestras familias nos escribían preocupadas: los AirTags no mostraban nuestra localización. Oficialmente, estábamos perdidas en Vladikavkaz.

Las calles estaban oscuras y vacías, salvo por los coches que rugían bajo la lluvia. Las farolas parpadeaban, los neones soviéticos apenas se leían. Intentamos preguntarle a ChatGPT dónde estábamos, mandándole fotos y pantallazos del mapa. El pobre hacía lo que podía, dándonos direcciones a ciegas. Pero tras una hora dando vueltas y otra siguiéndole el juego, seguíamos exactamente igual: perdidas.

Por fin vimos a un hombre cruzando la calle, paraguas en mano. Le paramos y, milagrosamente, sabía inglés. Nos explicó que en Vladikavkaz no había señal de satélite —ni GPS ni nada—, y nos señaló en el mapa dónde estábamos realmente.

Durante la siguiente hora nos dedicamos a contar calles, avanzar, retroceder, girar, volver a contar… y tres horas después, agotadas pero felices, llegamos al restaurante.

Estaba abierto.

La zona era preciosa, con luces cálidas, música suave y olor a comida recién hecha. Nos sentamos empapadas, riéndonos de nosotras mismas, sintiéndonos como diosas del Olimpo que acababan de conquistar el Cáucaso.

El festín en Lookoom

El restaurante se llamaba Lookoom.

Después de tres horas dando vueltas por Vladikavkaz, verlo iluminado en medio de la noche fue como encontrar un oasis. Entramos chorreando, riéndonos, con el pelo pegado a la cara y las zapatillas empapadas.

El sitio era cálido y moderno, con luces ámbar, mesas de madera y ese tipo de decoración que mezcla lo soviético con lo nórdico sin pretenderlo. Nos sentamos frente a una ventana empañada, felices de haber llegado.

Pedimos sin entender del todo lo que ponía en la carta, dejándonos guiar por las fotos y la intuición. Acabamos cenando una especie de empanadillas o dumplings típicos de la región, rellenos de carne especiada y cebolla, parecidos a los pelmeni o khinkali del Cáucaso. Eran deliciosos, calientes, suaves, con ese punto de masa gruesa que reconforta el alma.

Luego pedimos dos sopas:

Andrea se lanzó con la borsch, la clásica de remolacha, tan roja que parecía sacada de un cuadro ruso; y yo con una sopa de dumplings de carne, intensa, grasa, perfecta para el frío y para un primer día en Rusia.

Entre cucharadas y risas, nos miramos con esa sensación de logro que solo se tiene cuando te pierdes del todo y luego te encuentras.

Afuera seguía lloviendo, pero ya no importaba. Estábamos dentro del gigante.

De Vladikavkaz a la estepa rusa

Dormimos prácticamente enfrente del restaurante.

Por la mañana me desperté temprano y salí a caminar por las calles de Vladikavkaz. La avenida principal tenía un paseo peatonal arbolado, con casas de colores suaves y escaparates de tiendas y restaurantes. Eran las siete y la ciudad aún dormía. Reinaba un silencio húmedo, solo roto por el ruido de alguna escoba y el zumbido de los tranvías antiguos.

Seguí andando hasta una plaza con dos estatuas.

Ahí estaban: Lenin, en lo alto de un pedestal de casi diez metros, mirando al horizonte; y un soldado Volchevique, más bajo, de pie en el suelo, con pose militar. Durante el viaje había aprendido que Stalin era georgiano —nació en Gori— y de hecho estuvimos a punto de pasar por su pueblo natal. En la carretera desde Georgia hasta Vladikavkaz habíamos visto gasolineras donde vendían tazas, mecheros y toda clase de propaganda con su cara.

Seguí caminando, con una mezcla de curiosidad y calma.

Me gustaba la sensación de estar en Rusia. Me fascinaban sus coches, sus carteles, su estética. Era como haber cruzado un límite invisible: algo que durante años había visto en las noticias, ahora lo estaba pisando con mis propias botas. Cuatro años escuchando hablar de la guerra entre Rusia y Ucrania, y ahora… ahí estaba yo.

La ciudad comenzaba a despertar. Los limpiadores de calles fueron los primeros en aparecer, arrastrando cubos y escobas. Hacía fresco, pero se estaba bien.

Me compré un café en el “Starbucks ruso”, que se llama Alanos. Tiene exactamente el mismo logo —la sirena verde—, los mismos colores, pero otro nombre y otra tipografía. Una copia descarada pero legal. Lo mismo pasaba con muchas marcas: same same but different.

Mientras caminaba con el vaso caliente entre las manos, empezó a sonar una voz por los altavoces de la ciudad. Era una megafonía que se oía en toda la avenida.

Por curiosidad, saqué el móvil y puse el traductor.

El mensaje me dejó helada: eran anuncios para alistarse en el ejército ruso. Prometían un buen sueldo, estabilidad y orgullo nacional. Lo decían con tono amable, casi paternal. Me resultó inquietante, esa mezcla entre normalidad y guerra latente que flotaba en el aire.

Poco después, cuando Andrea se despertó, fuimos a un café moderno a trabajar un poco. Llevábamos varios días sin parar y teníamos cosas atrasadas. El sitio estaba lleno de estudiantes y teletrabajadores. En la entrada, tres perros callejeros dormían plácidamente, ajenos al bullicio.

Una vez terminamos, recogimos el coche y pusimos rumbo a Astracán, con la idea de dormir en algún punto intermedio para no hacer tantas horas. Pero salir de Vladikavkaz fue una odisea: seguíamos sin localización, sin señal y sin GPS. Tardamos casi una hora en conseguir salir de la ciudad.

Cuando por fin estábamos en la autopista, la señal volvió poco a poco. No era precisa, pero al menos nos daba pistas. Decidimos evitar Chechenia, por la fama de insegura que arrastra desde las guerras. Mi padre no quería que pasáramos por allí.

Chechenia, sin embargo, ya no es lo que fue. Tras las dos guerras chechenas (1994–1996 y 1999–2009), el Kremlin impuso un régimen autoritario dirigido por Ramzán Kadírov, hijo de Ajmat Kadírov, el antiguo líder independentista que cambió de bando y fue asesinado en 2004. Desde entonces, los Kadírov gobiernan con mano de hierro, mezclando islam conservador, culto personal y lealtad absoluta a Moscú.

Hoy la región vive una aparente calma, pero está fuertemente militarizada.

Lo comprobamos en la carretera: controles cada pocos kilómetros, hombres con fusiles, miradas desconfiadas. Aun así, la mayoría eran amables.

En una gasolinera, dos mujeres vendían salmón ahumado en una mesa improvisada. Sí, salmón, en plena estepa. Nos pareció surrealista.

Más adelante paramos en un comedor local para almorzar. Era como comer en el colegio: un pasillo con bandejas metálicas, platos ya servidos y una fila de clientes silenciosos. Cogimos nuestras bandejas, elegimos lo que nos apetecía —puré, carne guisada, pan negro, ensalada de pepino—, un café, y continuamos.

Seguíamos sin señal en el móvil, así que decidimos seguir conduciendo. La tarde empezó a caer, y la luz se volvió mágica: un atardecer infinito que teñía de oro las nubes bajas y los campos sin fin. Una línea recta interminable se extendía frente a nosotras, como si el mundo no tuviera borde.

Pasamos otro control. Esta vez nos pidieron bajar del coche y mostrar los pasaportes. Revisaron todo con detalle. Los policías eran simpáticos. Andrea, divertida, quiso hacerse una foto con uno de ellos, que llevaba una metralleta y estaba junto a un camión militar enorme. Él quería aceptar —se le notaba—, pero por protocolo se negó con una sonrisa. Nos dijo que estábamos a unas tres horas de Astracán.

No queríamos conducir de noche, pero tampoco dormir en mitad de la nada. Así que seguimos.

El sol desapareció entre nubes rosadas y la carretera se volvió azul oscuro, casi plateada.

Con ese atardecer que parecía pintado, llegamos finalmente a Astracán.

ASTRACÁN Y EL GIGANTE VOLGA

Andrea estaba incrédula con Astracán.

Los alrededores le habían parecido espantosos —calles polvorientas, bloques soviéticos, un paisaje árido y plano—, así que no confiaba en que existiera una zona urbana “apetecible”. Yo, en cambio, había estudiado la ciudad el día anterior para evitar repetir la odisea de Vladikavkaz.

Al llegar, esta vez sin demasiadas vueltas, fuimos directas a un restaurante para conseguir wifi. Llevábamos desde la mañana sin señal y queríamos avisar a casa de que habíamos llegado bien. Pero al intentar conectarnos, sorpresa: para acceder al wifi había que registrarse con un número de teléfono ruso, y ninguna de las dos tenía línea activa.

La camarera, compadecida, nos chivó la contraseña del wifi del personal. Internet era lentísimo, pero al menos funcionaba. El restaurante no servía alcohol —ni una cerveza—, solo minutros sin alcohol y zumos. La mezcla de clientes era curiosa: parejas jóvenes, grupos de amigos de diferentes razas , todos distintos, todos compartiendo la misma sala. Pasamos allí casi dos horas, intentando ponernos al día.

Al salir, mientras caminábamos hacia la furgo, vimos que detrás había un Lada naranja precioso. Nos paramos a admirarlo y, en ese momento, un hombre de unos cincuenta años, moreno, regordete y con cara afable, nos preguntó de dónde éramos.

—¡España! —le dijimos sonriendo. 

Cuando nos preguntó de dónde éramos, lo hizo en ruso, con una sonrisa amplia. Al ver nuestras caras de desconcierto, repitió:

—Ruski? —se señaló a sí mismo, y luego negó con la cabeza riéndose—. Spanski!

Y añadió, con acento marcado y una carcajada:

—I speak… very little English… chut-chut angliyski!

Se alejó unos pasos, miró la matrícula de la furgoneta y volvió hacia nosotras, exclamando algo en ruso:

—¡Desde España, conduciendo! —gritó, haciendo gestos con las manos.

Nos echamos a reír, los tres sin entendernos del todo, solo comunicándonos con señales y risas. Nos invitó a tomar unas cervezas en un bar justo enfrente. Y allí fuimos.

El bar era pequeño y algo destartalado, pero auténtico. En las estanterías, decenas de tarros de cristal alineados llamaban la atención.

—¿Qué es todo esto? —pregunté.

El camarero nos explicó que eran vodkas artesanales, cada uno con un sabor distinto: miel, guindilla, ajo, hierbas, grosella… una colección digna de museo.

Nos sentamos, nos sirvieron dos cervezas y empezamos a hablar con nuestro nuevo amigo, Azamat, ayudándonos con el traductor del móvil. Por detrás, una televisión vieja reproducía videoclips de los años 70 y 80, y de repente sonó Shakira. El olor a pescado frito impregnaba el ambiente y, días después, todavía seguía en nuestro pelo.

El bar tenía solo cuatro mesas, y al poco rato ya hablábamos con todos. Éramos, sin duda, la atracción turística de la noche.

Azamat nos contó que estaba separado, tenía tres hijas mayores y había venido a Astracán para pescar en el río Volga, “el orgullo de Rusia”, como lo llamó.

Y tenía razón.

El río Volga es el más largo de Europa, con más de 3.500 kilómetros de recorrido. Nace en las colinas de Valdái, al noroeste de Moscú, y atraviesa todo el país hasta morir en el mar Caspio. A su alrededor han crecido imperios, leyendas y ciudades enteras. En la época soviética, era símbolo de fuerza y unidad; hoy sigue siendo el corazón de Rusia.

Hablamos también de la conexión a internet, que iba fatal en toda la región, no solo para nosotras. Azamat evitó mencionar la guerra, pero no hacía falta: estaba en el aire, como un silencio que todos compartían.

Después de las cervezas, nos invitó a un chupito de vodka —“es tradición rusa”, dijo— y brindamos los tres.

Nos contó que era de Kazan, una ciudad más al norte, y nos insistió para que la visitáramos. Fue entrañable con nosotras. Le agradecimos la invitación, pero la ruta nos esperaba.

Esa noche dormimos en la furgoneta, justo enfrente del bar. Azamat nos habló con orgullo de Rusia. Al volver a la furgo me puse varios podcast sobre la historia de Rusia. Escuchaba cómo, desde la Edad Media, los zares se veían como herederos de Bizancio, proclamando a Moscú la “Tercera Roma” tras la caída de Constantinopla. Entendí mejor esa mezcla de orgullo y misión casi divina que flota aún en su forma de ver el mundo.

Por la mañana me desperté temprano y salí a caminar junto al río Volga. El agua era ancha como un mar, con barcos pesqueros y gaviotas revoloteando. Busqué un hotel, pero todos estaban llenos. Intenté reservar online, pero era imposible,  las tarjetas Visa y Mastercard no funcionan en Rusia desde el inicio de la guerra. Solo aceptan tarjetas rusas, Mir.

Cansadas de tantas pequeñas trabas, de los bloqueos, de la censura y del internet imposible, decidimos marcharnos.

Kazajistán estaba a solo dos horas y allí volveríamos a tener red, mapas y conexión con el mundo.

Mientras conducíamos hacia la frontera, el río quedó atrás, brillante como una cinta de plata bajo el sol. Rusia se despedía de nosotras con una mezcla de dureza y ternura, como quien no se deja conocer del todo.

Cruzar la frontera: de Rusia a Kazajistán

Salimos de Astracán con el depósito medio vacío y paramos en una gasolinera a las afueras. Allí nos encontramos con un hombre bielorruso que, al ver la matrícula española, se acercó sonriente y nos dijo un par de frases en español. Fue como escuchar música familiar en mitad de la nada.

La gasolinera era de prepago, y todavía no sabíamos manejarnos bien con los rublos ni con la cantidad de gasolina que correspondía a cada billete. El hombre, amable, se ofreció a ayudarnos a traducir con la cajera. Nos salvó del caos de los números. Le agradecimos y seguimos nuestro camino.

Poco a poco, la ciudad se fue quedando atrás y empezamos a atravesar pueblos diminutos, casi fantasmas. Casas bajas, tejados oxidados, gallinas sueltas. Andrea se paró junto a un cartel en cirílico para hacerse una foto.

Más adelante llegamos a un río ancho. Había un peaje, y pensamos que cruzaríamos por un puente normal, pero no: era una carretera flotante, una plataforma metálica que se movía al compás de la corriente. La cruzamos despacio, con el agua golpeando por debajo. Fue hipnótico.

A unos veinte minutos de la frontera, la escena cambió por completo: camiones y más camiones. Una fila interminable que parecía no avanzar nunca. Había de todo: marcas rusas, kazajas, chinas… y uno, increíblemente, ¡de Porcelanosa!

Avanzamos con paciencia hasta que solo quedaban unos cinco coches delante. Andrea se bajó, yo apagué el motor y la seguí. Merodeamos un poco, y entramos en una tienda minúscula, donde cuatro mujeres se reían sin parar. Hablaban todas a la vez, como cotorras felices. Andrea se quedó de charleta con ellas y acabó comprando unas judías tipo inglesas y un trozo de mortadela en tubo, perfecta para improvisar un bocadillo.

Salí un momento porque el señor del coche de atrás me hacía señales para que moviera la furgoneta. Cuando volví, Andrea ya estaba en acción: había abierto el maletero y, en mitad de la frontera, sin un ápice de pudor, sacó la sartén, el hornillo y el gas. Se puso a calentar el pan y el chóped recién comprado, como si aquello fuera la cocina de su casa.

Yo no podía parar de reírme. El agente de la barrera me hacía gestos para que avanzara, pero detrás de mí Andrea estaba literalmente cocinando en la aduana. Los camioneros nos miraban alucinados, algunos incluso grabando con el móvil. Cuando terminó, se subió tranquila, bocadillo en mano, y avanzamos hasta el control ruso.

En solo tres días habíamos perdido todo el miedo a los rusos.

Entregamos los pasaportes. El agente, un chico que no debía tener más de veinte años, inspeccionó la furgoneta. Tocó los asientos, levantó las mantas, revisó los cajones. Luego nos informó de que habíamos sido elegidas para una inspección adicional y que esperáramos unos minutos.

Pasó media hora. Finalmente apareció otro agente, de rasgos asiáticos, que nos pidió que lo acompañáramos. Nos llevó hasta un contenedor prefabricado, reformado como oficina. Al subir las escaleras nos advirtió que tuviéramos cuidado, así que dedujimos que era un tipo amable.

Nos sentamos frente a un escritorio con un ordenador y un aparato extraño, una especie de caja negra con luces parpadeantes. Empezó el interrogatorio: de dónde éramos, a qué nos dedicábamos, hacia dónde íbamos, por qué teníamos dos visados, dónde los habíamos conseguido. Luego nos pidió los móviles para revisar el IMEI.

Mientras comprobaba el de Andrea, observé la máquina con más atención. Tenía una lista de nombres y códigos, y un pequeño satélite encima. Parecía un sistema de vigilancia o rastreo, muy sofisticado para aquella oficina medio improvisada. El día anterior Andrea se había fijado en el cartel del último control. Le hizo una foto y luego vio que era de una mujer israelita que estaba en busca y captura por atentar contra Rusia. Era francotiradora. 

Durante los 25 minutos que estuvimos allí, la luz se fue dos veces. En uno de esos apagones, el agente nos explicó —con calma, como quien cuenta algo cotidiano— que aquello lo hacían por seguridad, que Rusia tenía muchos enemigos y que todos los teléfonos estaban pinchados. Pero solo accedían a ellos si decías ciertas palabras clave, como bomba o ataque terrorista. Según él, habían atrapado a mucha gente así.

Nos quedamos alucinadas.

Al terminar, nos devolvió los móviles y sonrió.

—¿No tenéis miedo de viajar solas? —preguntó.

Le dijimos que no.

Nos hizo la última pregunta: de qué equipo eres ?

  • del Atleti – contesté 
  • Eres la primera persona que conozco del Atleti

Nos deseó buen viaje, nos pidió que fuéramos con cuidado… y nos regaló un caramelo antes de despedirnos. 

Así, entre risas, inspecciones y bocadillos clandestinos, cruzamos la frontera y entramos en Kazajistán.

Mientras seguíamos conduciendo por aquella nada inmensa, recordé algo que me había dicho mi prima Paula: que el fútbol debería ganar un Nobel de la Paz, por su capacidad de unir a personas que no comparten idioma, religión ni historia, pero que se entienden con una camiseta o un gol.

Oldtown Vladikavkav

6 respuestas a “9ªETAPA: GEORGIA-RUSIA”

  1. Avatar de earthquakeimpossibly1f9f73f60c
    earthquakeimpossibly1f9f73f60c

    Carchin: Brutal la crónica del paso por Rusia. ¡qué valientes sois! me muero de la envidia. Deseando leer las próximas etapas. Un beso enorme. María Navasqüés

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    1. Avatar de Carchin de Gregorio
      Carchin de Gregorio

      Gracias María! No te mueras de la envidia , coje un coche y hazlo! Es una ruta increíblemente segura! Un abrazo

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  2. Avatar de timetravelboldly5179dcaa0f
    timetravelboldly5179dcaa0f

    Que espectáculo el paso por Rusia y lo bien que supieron manejar las situaciones, las admiro por sus destrezas y carismas las sigo desde Chile!!!
    Me encanta leer sus capítulos del blog e imaginarme cada experiencia y pasos por pueblos y carreteras
    Un abrazo grande de esos que dan fuerza y vamos por Vietnam !!!

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  3. Avatar de Matilde
    Matilde

    brutal la descripcion de todo, es como estar viendo una película de suspense, me encanta lo bien que se lee. Ya huele a ser un gran libro. ❤️

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  4. Avatar de colassergio
    colassergio

    ¡Madre mía! ¡Qué pasada con todos los controles y todo! No había pensado en esas cosas.

    ¡Qué sobrao! Si voy yo con la persona sorda, ¡ya me habrían dejado encerrado! Jaja

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  5. Avatar de colassergio
    colassergio

    ¡Madre mía! ¡Qué pasada con todos los controles y todo! No había pensado en esas cosas.

    ¡Qué sobrao! Si voy yo con la persona sorda, ¡ya me habrían dejado encerrado! Jaja

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