<OESTE >
Cruzar a otro planeta
Cruzar a Kazajistán fue como cambiar de planeta.
Nada más pasar la frontera, el paisaje se abrió de golpe: un horizonte infinito, sin montañas, sin árboles, sin apenas señales de vida. Solo la estepa, inmensa, dorada, vibrando bajo el sol.
El aire era más seco, el cielo más grande.
Sentí una calma nueva, como si el viaje acabara de empezar otra vez, pero desde otro lugar. Rusia quedaba atrás —con sus agentes, sus revisiones, su wifi imposible y su olor a pescado frito—, y delante se desplegaba Asia Central, la ruta de los nómadas, de los horizontes sin final.
Kazajistán: la tierra de los hombres libres
El nombre Kazajistán proviene de dos palabras: kazakh, que significa “hombre libre” o “nómada”, y -stán, que en persa quiere decir “tierra de”. Literalmente: “la tierra de los hombres libres”.
Y eso se siente en cuanto pones un pie en ella.
Aquí el caballo no es un animal, es una prolongación del alma. Los kazajos crecieron sobre ellos, cruzando la estepa, cuidando rebaños y buscando agua. Los camellos, símbolo de fortuna y resistencia, son compañeros inseparables en las rutas del desierto.
En una tierra tan vasta y vacía, la hospitalidad se convierte en una ley no escrita: ofrecer comida, agua o cobijo es un deber y un honor.
Primera noche: entre vacas y estrellas
La carretera era una línea interminable que se perdía entre el polvo. A los lados, casas bajas, techos de chapa, y de vez en cuando un cartel en kazajo con letras que parecían bailar con el viento. Vimos camellos, caballos y pastores caminando sin prisa, como si el tiempo aquí se midiera distinto.
Nos reíamos al pensar que, solo unos días antes, seguíamos en Europa. Ahora el mundo tenía otra textura. Las caras, los paisajes, los olores. Todo era distinto.
Después de recorrer horas de llanuras interminables, llegamos a Ganyushkino, un pequeño pueblo fronterizo junto al río Ural, donde Europa y Asia se confunden en la misma línea.
Decidimos dormir allí, en la entrada del pueblo, junto al río. Había vacas y caballos salvajes pastando a pocos metros de la furgo, coexistiendo en una calma perfecta. No teníamos hambre después del bocata de mortadela en la frontera, pero sí ganas de celebrar la nueva etapa, así que abrimos una botella del vino georgiano que aún guardábamos.
Mientras el sol caía Andrea grabó como se acercaban unos camellos con el sol a sus espaldas. Solo se diferenciaban sus elegantes sombras con el reflejo anaranjado de los últimos minutos de luz.
Yo me dispuse a ducharme con la técnica “Carandrius”. Tenemos un retrete portátil de lo más rústico. Un taburete metálico que en vez de tener una lona para sentarse, tiene la tapa de plástico de un retrete infantil. Esto nos permite sentarnos y poder ducharnos por partes. Y allí lo hice, en mitad de la sábana , acompañada por Andrea, animales y un atardecer impresionante.
Llamamos a María y Berta, que nos habían hecho una videollamada. Les contamos las aventuras de los últimos días. Nos échanos unas buenas carcajadas.
Ya caía la noche y hacía frío, así que decidí probar los parches de calor para los pies que había comprado. No tenemos calefacción en la furgo, y los traje pensando en noches como esa. Los metí en las zapatillas y en el saco de dormir. Funcionaron de maravilla.
Nos fuimos a dormir ardiendo de calor, felices, deseando amanecer para preparar un desayuno potente: salchichas con judías y huevo.
“Welcome to Kazajistán”
A la mañana siguiente amanecimos con el sol filtrándose por las cortinas y el aire frío colándose por las rendijas.
Mientras recogíamos las cosas, un hombre se acercó con su hija pequeña. Nos sonrió y, sin decir palabra, nos ofreció una bolsa con bollos de canela y nos dijo:
“Welcome to Kazakhstan.”
No hablábamos el mismo idioma, pero el gesto lo dijo todo. Ese tipo de momentos te reconcilian con el mundo.
Volamos el dron sobre el río mientras las vacas y los caballos se movían despacio a nuestro alrededor. En la distancia, vimos un camello cojo caminando con dignidad. Había cientos de ellos bebiendo de la charca. La escena tenía algo de postal antigua, de mundo sin relojes.
Llamamos a Ayu en mitad de nuestro pequeño “safari” improvisado y, con el corazón lleno, seguimos la ruta hacia Atyrau, ya con ganas de una ducha caliente y una cama real.
Un capricho merecido
Allí nos quedamos en un hotel increíble, el Renaissance by Crystal.
En el aparcamiento conocimos a un grupo de chicos jóvenes que nos invitaron a cenar y dar una vuelta por la ciudad. Eran encantadores, simpáticos y curiosos por nuestro viaje.
Pero después de la ducha y el baño caliente, no tuvimos fuerzas para movernos.
Nos tiramos en la cama desde las seis de la tarde, lavamos la ropa, cenamos algo y nos rendimos al sueño.
Fue un día perfecto: sin sobresaltos, sin prisas, con la sensación de que estábamos justo donde teníamos que estar.
Los dos siguientes días los pasamos allí. Necesitábamos un capricho para recargar pilas en todos los sentidos: las baterías de nuestros equipos electrónicos y, sobre todo, las pilas mentales. Estábamos cambiando de etapa.
Habíamos cruzado Europa y nos adentrábamos por fin en Asia Central.
Era el primer lujo del viaje, y aunque Atyrau no tenía demasiado encanto, el descanso que necesitábamos gritaba a voces.
El placer de una buena bañera no tiene precio. En mi familia somos adictos a ellas; podrían llamarnos The Bathman Family.
El agua ardiendo, el vapor en la cara, la espuma flotando, esa bajada de tensión placentera… una sensación que los árabes compararían con un hammam y los rusos con un banya.
Comida local y rutina kazaja
Lo único turístico que hicimos en esos dos días fue ir a comer a un restaurante de comida típica kazaja.
Nos sirvieron un plato de costilla de caballo y otro más tradicional todavía: finos filetes cocidos con patata, zanahoria y una capa gruesa de masa, como un gran dumpling sellado.
Era fuerte, denso, pero curioso y delicioso.
El resto del tiempo fue puro descanso y trabajo.
Como cada mañana que intento hacer deporte, aquí tenía el lujo de desfogarme en un gimnasio mejor equipado que el de Madrid.
Kazajistán está en pleno desarrollo y se nota por todos sus poros.
Atyrau, ciudad fronteriza entre Europa y Asia, está asentada a orillas del río Ural y creció gracias al petróleo.
La mayoría de sus edificios son nuevos; en las calles circulan coches de lujo, los hoteles son modernos y los centros comerciales enormes.
Es una ciudad funcional, más industrial que cultural, pero refleja a la perfección el Kazajistán actual: joven, ambicioso y en plena transformación.
El debate de la noche
Esa noche debatimos qué hacer a continuación.
Podíamos cruzar a Uzbekistán, aunque los blogs viajeros advertían que la frontera podía estar cerrada por obras, y además allí no permiten entrar con drones.
La segunda opción era subir hacia Aktobe, en el noroeste del país, cerca de Rusia, y desde allí bajar hacia Taskent, aunque no había carreteras directas.
La tercera, y la que acabó ganando, era dirigirnos hacia el Parque Nacional de Ustyurt, una de las maravillas naturales de Kazajistán.
El Ustyurt National Park en el desierto de Mangystau
El Ustyurt National Park, entre el mar Caspio y el mar de Aral, es un antiguo océano convertido en piedra: mesetas blanquísimas, cañones que parecen mordidos por el viento, acantilados infinitos.
Todavía afloran conchas y restos fósiles en el suelo; no es paisaje, es tiempo a cielo abierto.
Los kazajos lo llaman “la estepa del fin del mundo”.
Aquí viven zorros del desierto, gacelas y el saiga, ese antílope de nariz imposible que parece de ciencia ficción.
Yo quería entrar en Uzbekistán, descubrir rostros nuevos y viejas historias; pero Andrea llevaba una corazonada desde Madrid: Ustyurt.
Y a las corazonadas hay que hacerles caso, más si hay luna llena de por medio.
Con las baterías cargadas y el alma inquieta, aceptamos el desvío: 2.000 kilómetros extra hacia ese paisaje lunar que nos llamaba.
El Atleti y la COPE
Me puse los cascos para dormir: jugaba el Atleti y, como siempre, puse Tiempo de Juego.
Llevo cuatro años escuchando ese programa cada noche; es mi casa portátil.
El Atleti iba 1–0 al Celta cuando Andrea me contó algo: un seguidor había reenviado nuestro vídeo celebrando los goles al WhatsApp del programa.
Me entró la risa y, sin pensarlo, escribí:
“Somos Carchin y Andrea, dos chicas viajando desde Madrid hasta Vietnam en furgoneta.
Cada vez que juega el Atleti nos hacéis el día.
Desde que salimos solo gana partidos.
¡Mi padre, que es del Madrid, está deseando que vuelva! 😂
¡Aúpa Atleti y aúpa Tiempo de Juego! Abrazos desde Kazajistán. @carandrius”
A los segundos contestaron: “Eyyyyyyyyyyyyy, ¡esta mañana os hemos visto en Instagram!”
Yo respondí: “¡Qué ilusión! ¡Acabamos de cruzar Rusia solo para escuchar al Atleti! 😂😂😂”
Ellos: “Estamos en contacto. Algún día os tenemos que llamar. ¿Hasta cuándo seguís de viaje?”
Yo: “Nos daría un parraque de la ilusión 😂. Queda Kazajistán, Kirguistán, China y Vietnam.”
Ellos: “Hablamos seguro. ¡Disfrutad y cuidaos!”
Seguí escuchando… y de repente leyeron el mensaje en directo.
Mis chillidos fueron dignos de una teenager de los 60 viendo a los Beatles.
Me encantaría saber quién lo leyó ,lo comentaron Manolo Lama, Juanma Castaño, Paco González y el resto del equipo. Se rieron, alucinaron con el viaje y bromearon.
Se rieron, alucinaron con el viaje y bromearon con que el Atleti tenía que seguir ganando por nosotras.
Mi padre lo escuchó también. Me escribió emocionado.
Fue un momento mágico.
Habíamos cruzado Francia, Italia, Croacia, Montenegro, Albania, Grecia, Turquía, Georgia, Rusia…Y ahora, Kazajistán.
Habíamos pasado de 600 seguidores (amigos y familia) a más de 14.000.
Y escuchar a la COPE hablando de nuestra aventura me recolocó:
“sí, estábamos haciendo algo enorme.”

KAZAJISTÁN II ·
<SUR OESTE>

Rumbo a Aktau
A la mañana siguiente madrugué, fui al gimnasio, recogimos todo y salimos rumbo a Aktau.
Sabíamos que no llegaríamos —eran más de 800 kilómetros por carreteras nacionales—, así que dormiríamos a medio camino.
Por el camino decidimos parar en uno de los cementerios kazajos que tanto nos llamaban la atención desde la carretera.
Son únicos: parecen pequeñas ciudades de los muertos.
Cada tumba es como una casa, con cúpulas de barro, ladrillo o chapa, decoradas con estrellas, medias lunas o caballos. Algunas tienen fotos enmarcadas del difunto, otras inscripciones en ruso o kazajo.
Andrea voló el dron sobre el lugar mientras yo caminaba entre las lápidas.
Más tarde paramos a comer en un restaurante llamado Marrakech.
Mientras Andrea entraba, yo me peleaba con la Caixa: me habían desactivado la firma electrónica y no podía hacer transferencias.
Me desesperaba que todavía hubiera aplicaciones que funcionaran solo con SMS, cuando hoy hay internet en casi cualquier rincón del planeta.
Pasamos allí un par de horas, sin solución, y seguimos el viaje mientras el sol caía.
Los atardeceres en Kazajistán son de los más impresionantes que he visto: el cielo se tiñe de dorado.
La estepa parece infinita y el sol se esconde tan despacio que el día se resiste a morir.
Esa noche dormimos junto a un hotel de carretera, rodeadas de camiones.
Andrea pidió un té mientras yo organizaba la furgo y me ponía al día con los vídeos del viaje.Antes de dormir leí unas páginas de Autobiografía de un yogui. Me estaba costando encontrar los momentos de lectura y los echaba en falta.
Me desperté a las 6:30. El amanecer era espectacular, pero hacía mucho frío.
Esperé un rato y salí a correr mientras Andrea dormía. Habíamos quedado en que ella me recogería una hora después.
Corrí 7 kilómetros, empapada de sudor, saludando a los camioneros que me pitaban al pasar.
Un tren cargado de mercancías rugió junto a un grupo de camellos que comían al borde de la carretera.Amanecer y respirar el aire del lugar donde duermes es mágico.
Andrea tardó un poco más de la cuenta, y cuando llegó, yo ya estaba helada.
Discutimos un poco; nada grave, solo las fricciones inevitables de la convivencia.
El silencio posterior duró varias horas, como un pacto temporal entre el cansancio y el orgullo.
De camino a Aktau vimos muchas águilas esteparias planear sobre los campos: grandes, oscuras, majestuosas.
También camellos, vacas y señales que advertían de la presencia de linces y saigas, especies únicas de esta zona.
A medida que avanzábamos, el paisaje empezó a cambiar.
La tierra se volvió arcillosa, blanca y quebrada, como si el suelo hubiera sido esculpido por el viento.
Era la puerta de entrada al desierto de Mangystau, donde la tierra parece otro planeta.
Nos esperaba la luna de Ustyurt.
⸻
Ustyurt National Park

El desierto Mangystau y Vladimir
Nos despertamos a las 7 de la mañana.
Fui a correr para cumplir el pacto que había decidido hacer desde que entré en Kazajistán.
Aunque fueran unos pocos kilómetros, sabía que me hacía bien correr, y más aún cumplir con mis propósitos.
A las 8 nos venía a recoger nuestro guía: Vladimir.
En la carrera vi a más deportistas que nunca en este viaje: mayores y jóvenes andando y corriendo por el paseo marítimo con carácter soviético.
Estaba saliendo el sol y las gaviotas bailaban al son del aire.
El mar Caspio me sorprendió de lo frío que estaba.
Fui a lavarme la cara y se me congelaron las manos y la nariz.
Cuando llegué a la furgo, Vladimir estaba a punto de llegar.
Andrea había preparado las latas de comida que no íbamos a llevar porque habíamos contratado un guía pero sin comida incluida —eso creíamos—.
La excursión costaba 210.000 KZT, unos 190 euros por persona.
Pensábamos que era caro, pero cuando vivimos los dos días siguientes, nos pareció hasta barato.
Vladimir conducía un Toyota Land Cruiser con unas ruedas de tacos impresionantes.
La amortiguación de ese coche no la olvidaré nunca.
Tras varias horas de carretera nos adentramos en el desierto.
Las carreteras pasaron a ser de barro y sedimentos.
Vladimir las surfeaba; íbamos pegando botes de un lado a otro.
Pero los sillones eran de cuero y enormes, por lo que no se hizo horrible.
Estábamos obnubiladas con lo que veíamos.
Montañas de color rojizo por el hierro y blanco por la cal.
Poco a poco me fui tiñendo de polvo.
El primer espectáculo fue Tiramisú, luego Gora Bokty, y por último Bozzhira, una maravilla natural imposible de describir con justicia.
Lo más parecido que había visto eran las Bardenas Reales de Navarra, pero esto era a lo bestia.
⸻
Noche bajo la luna llena
Esa noche dormíamos en tiendas de campaña.
Al llegar nos juntamos con otro guía, Sergei, y un turista alemán con el que nos habíamos intercambiado fotos durante las diferentes visitas.
El punto que más nos gustó fue al que tuvimos que ir andando.
Ahora solo pienso en la cantidad de trabajo que tenemos editando todo el material que hicimos.
Nada más llegar montamos el campamento y Andrea y yo nos pusimos a cenar las latas que nos había regalado la famosa Taberna de La Mina de Chamberí, Madrid.
Nos pusimos las botas después de llevar casi 24 horas sin comer: mejillones, pimientos, espárragos cojonudos, maíz y piña.
Cuando terminamos, nos fuimos a dar una vuelta y Sergei nos invitó a sentarnos con ellos.
Allí estaba él, cocinando en una olla exprés afgana: una especie de caldera metálica de presión con cierre hermético, que cocina lentamente sobre el fuego.
Al abrirla, parece explotar en aromas.
Bajo la luna, Andrea, el alemán y yo observábamos en silencio mientras Vladimir y Sergei hablaban sin parar en ruso.
A nuestro alrededor, todo era blanco, quieto y eterno.
Y por un momento sentí que pertenecíamos a algo muy antiguo:
al viento, a la estepa, a la ruta de los nómadas.
Una noche turbulenta bajo el viento del desierto
Nos despertamos después de una noche turbulenta.
La tienda era individual, pero dormimos las dos juntas, apretadas como sardinas.
El viento golpeaba la lona como si tocara un tambor, y los ronquidos de los guías marcaban el compás.
Una sinfonía esteparia digna de Spotify Desierto Edition.
Aun así, amanecí con una energía nueva.
Salí sola a caminar. Mi paseo mañanero fue pura gozadera: solo las golondrinas y yo en medio de la nada.
Intenté subir a la montaña más cercana para ver el amanecer entre las dos crestas de piedra.
El terreno, calizo y resbaladizo, me retó desde el primer paso. Subí hasta que el vértigo me cortó el aliento.
Me quedé a medio camino, pero la vista —y la sensación— fueron igual de escalofriantes.
⸻
Desayuno con viento y fósiles
Cuando volví, Sergei nos esperaba con un desayuno improvisado: quinoa, salchichas y café.
Una mezcla imposible, pero con sabor a gloria después de aquella noche.
Ayudamos a Vladimir a recoger el campamento y seguimos ruta.
Condujimos casi cuatro horas atravesando el desierto, entre dunas, caballos que cruzaban como si nada y lagartijas que parecían mini dinosaurios.
Andrea, incansable, le pidió parar en un último lugar antes de volver a Aktau.
Pensábamos que estaba cerca.
Era el cumpleaños de la hija de Vladimir —cumplía 10 años— y no queríamos entretenerle demasiado.
Spoiler: no estaba cerca.
Pero el desvío mereció cada kilómetro.
⸻
Ybykty Sai Canyon: el chocolate fósil del desierto
El Ybykty Sai Canyon apareció ante nosotras como una aparición.
Un cañón de piedra caliza con formas imposibles, lleno de curvas, grietas y sombras que parecían dibujadas por el viento.
Sus paredes, de entre tres y seis metros de altura, están llenas de huecos y relieves tan extraños que parecen chocolate poroso, corales o panales de miel.
Los científicos dicen que se formó hace entre 66 y 41 millones de años, en la época en que desaparecieron los dinosaurios.
El agua, el viento y los terremotos trabajaron durante milenios hasta crear este pequeño milagro natural, uno de los monumentos más antiguos de Kazajistán.
Dicen que se parece al Antelope Canyon de Arizona, aunque más discreto, más íntimo, más silencioso.
Yo diría que es como su hermano menor, pero con más alma.
Caminar por ese cañón fue un espectáculo.
Andrea no paraba de alucinar con los fósiles, repitiendo el nombre de su hermana Natalia cada vez que encontraba uno.
Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en mi madre.
Sentí que estaba allí, conmigo, entre las paredes de caliza, acompañándome.
Fue uno de esos momentos en los que sabes, sin duda, que nunca lo vas a olvidar.
No hace falta hacer listas ni guardar billetes de recuerdo: el cuerpo te avisa, el corazón lo archiva.
Y el universo te susurra bajito:
“Atenta, que estos días se van directo a la memoria eterna.”


⸻
Regreso a Aktau y una historia de bondad
Después de aquel broche perfecto, pusimos rumbo de nuevo hacia Aktau para recoger la furgo.
Era tarde, así que decidimos quedarnos a dormir allí.
El parking donde había dormido la Nolichikaki (la furgo) era un museo sobre ruedas: coches abandonados cubiertos de polvo, y otros tan impecables que daban ganas de robarlos.
Algunos Toyota parecían los Patrol de Layos.
Pagamos a Vladimir y nos fuimos al restaurante que él mismo nos había recomendado.
De camino, me escribió:
“¿Seguro que me habéis pagado bien? Me parece demasiado.”
Le respondí que sí, que era una propina por tratarnos tan bien.
No hablaba apenas inglés, pero se había ganado todo nuestro cariño.
Ya en el restaurante, mientras esperábamos la comida, Andrius empezó a revisar sus gastos.
Había cambiado 300 euros… y prácticamente no le quedaba dinero.
Hicimos cuentas y lo descubrimos: le habíamos pagado el doble a Vladimir.
Entre el cansancio y las prisas, pensábamos que el precio era por persona, pero era el total por las dos.
Le escribimos enseguida, y veinte minutos después, apareció con una sonrisa y nos devolvió el dinero.
Le dimos igualmente una buena propina, y nos quedamos pensando en la honestidad y la bondad que habíamos encontrado en cada paso del viaje.
Hasta ese momento no habíamos tenido ni un solo percance.
Solo una anécdota en Grecia, cuando nos robaron nuestra planta de albahaca por dejarla fuera de la furgo durante la noche.
El resto había sido pura amabilidad, curiosidad y respeto.
De verdad: en el mundo ganan los buenos por goleada.
Sonríes, y te devuelven una sonrisa.
Esta ruta lleva milenios acostumbrada a viajeros; la Ruta de la Seda pasó por aquí, y esa hospitalidad sigue viva.
Habrá forasteros, sí, pero aún no nos hemos cruzado con ninguno.
⸻
Vino español, catarsis y chinos fiesteros
Esa noche celebramos con un vino español —el más barato de la carta— y una charla de esas que te limpian por dentro.
Dos días antes había tenido un pequeño bajón (o subidón hormonal, quién sabe), y había explotado.
Andrea, había apuntado punto por punto todo lo que dije.
Lo repasamos con calma, con risas y con vino.
Entre brindis y confesiones, se acercó un grupo de chinos muy alegres que estaba en la mesa de al lado.
Nos pidieron una foto.
Luego otra.
Y otra más con Andrea.
Rubia, ojos azules… estaba claro que en China no iba a pasar desapercibida.
Charlamos como pudimos, entre risas, gestos y palabras sueltas.
Resultó que vivían justo en las ciudades por las que íbamos a pasar.
Nos hicimos amigos por WeChat, nos intercambiamos cajetillas de tabaco y nos despedimos entre carcajadas.
Uno de ellos apenas podía abrir los ojos: llevaban bebiendo un licor de 40 grados.
Fue una escena surrealista y divertidísima.
Dormimos esa noche en la puerta del restaurante, frente al mar Caspio.
⸻
DHL, bazares y símbolos de guerra
Por la mañana nos despertamos temprano.
Después de correr un poco para estirar las piernas, fuimos a un DHL a enviar el dron a otro punto de Kazajistán para poder entrar a Uzbekistán.
Una vez resuelto, nos fuimos a un bazar de mecánicos muy local, siguiendo la recomendación de Vladimir.
Allí encontramos una regleta de enchufe mechero, un inventazo para cargar todos los aparatos a la vez.
No sabíamos que existía, y nos cambió la vida.
Al salir de la ciudad pasamos junto a una escultura con una hoguera encendida: un monumento a las deportaciones y persecuciones durante la época de Stalin, y también un homenaje a quienes lucharon en la Segunda Guerra Mundial cuando Rusia se enfrentó a Alemania.
Una llama que sigue viva en la memoria kazaja.
⸻
Frontera con Uzbequistan
¿Frontera abierta?
Nos esperaba un día incierto.
¿Estaría abierta la frontera con Uzbekistán?
Condujimos unas seis horas hasta llegar.
Nos sorprendió no ver colas de camiones como en todas las demás fronteras.
Todo estaba demasiado vacío.
Un camionero nos hizo señales y nos explicó —gracias a ChatGPT— que la frontera estaba cerrada para coches.
Era uzbeco, simpático y con cara de buena gente.
Aun así, seguimos un poco más, por si acaso.
Nos encontramos con un grupo de camioneros uzbecos que nos confirmaron lo mismo, entre bromas y comentarios de fútbol.
El llavero del Atleti volvió a ser el rompehielos universal.
Aun así, insistimos: fuimos andando hasta los agentes fronterizos.
Tras un rato de charla y alguna lágrima fingida, nos dijeron que era imposible pasar.
Resignadas, nos dimos la vuelta.
A medio camino nos cruzamos con un pastor en moto y sus ovejas.
Pasamos de largo, pero estábamos de bajón y decidimos volver.
Hablamos un rato con él, grabamos unas imágenes preciosas y seguimos.
Un momento de calma para resetear la mente.
⸻
< NOROESTE Y VUELTA AL SUR>
La carretera infinita hacia Aktobe
Los dos días siguientes fueron de pura carretera. Habíamos conducido 2000km de ida y vuelta para ir al desierto y ahora desde el punto de inicio teníamos que subir y bajar otros 2500km para ir hacia la provincia de Kazajistán Meridional. No había más carreteras por lo que no había atajos válidos.
Condujimos unas 12 horas diarias, durmiendo como los camioneros: en gasolineras o aparcadas frente a restaurantes y hoteles.
Donde hubiera camiones, había seguridad.
La ruta hacia Aktobe era eterna.
Un sinfín de camiones la recorrían día y noche.
Miles de vehículos avanzando sin pausa, muchos desviados por esta ruta desde que la guerra en Ucrania había cerrado su paso habitual hacia Rusia y Europa.
El tráfico era incesante, el rugido constante, una procesión metálica a través de la estepa.
Paramos en Aktobe, aprovechamos para buscar un trípode más cómodo para la cámara (sin éxito) y comimos en un pequeño mercado de la ciudad antes de seguir rumbo a Shymkent.
Aún nos quedaban 1.000 kilómetros por delante.
La carretera seguía recta, interminable, flanqueada por cuervos que picoteaban los restos de los camiones.
El paisaje, monótono pero hipnótico, tenía algo de trance.
Entre el cansancio, la música y el horizonte, el viaje se convirtió en una especie de meditación rodante.


Replica a noisilyfearlesse49ea1085c Cancelar la respuesta