11ªETAPA: KAZAJISTÁN- UZBEKISTÁN 

Camino hacia Shymkent

Llevábamos tres noches durmiendo unas cinco horas. El despertador sonaba a las cinco de la mañana y no nos metíamos en la cama hasta medianoche. Conduciendo una media de doce horas diarias, cruzábamos la estepa kazaja como dos fantasmas con café en las venas. A nuestro alrededor, nada. Solo kilómetros y kilómetros de llanura, lagos secos que parecían espejos rotos y una capa blanca sobre la tierra que recordaba a la sal.

Las carreteras eran de un solo carril, y allí los camiones mandan. Hay que esperar a que ellos te den paso con los intermitentes. Son una especie de hermandad silenciosa: te avisan si hay peligro, te indican dónde dormir, hasta dónde repostar. Al final, acabas sintiéndote parte del gremio.

En esta zona de Kazajistán las gasolineras escasean, y cuando aparece una, es como ver un oasis en mitad del desierto. En algunas hay colas de más de una hora, porque la gasolina es más barata. Nosotras hace rato que preferimos pagar cuatro euros más por depósito y ahorrarnos el drama. Cada gasolinera parece sacada de un museo pop: unas viejas y descascarilladas, otras recién pintadas, todas en colores imposibles —amarillas, rojas, azules o naranjas—. Tengo una debilidad seria por ellas, por sus letreros, sus surtidores antiguos y esos coches soviéticos que parecen salidos de una película de Tarkovski con luces de feria.

Nuestro destino era Shymkent, donde había mandado el dron Andrius. Pero cuando vimos que íbamos adelantadas de tiempo, me entró la tentación: ¿y si seguimos hasta Uzbekistán? ¿Y si llegamos a Samarcanda? El nombre solo ya me producía vértigo. Esa palabra que suena a historia, a caravanas de la Ruta de la Seda, a alfombras y polvo dorado. Le propuse a Andrea seguir. Me miró, sonrió y dijo: “Venga, tira”. Y tiramos.

En el camino hacia Shymkent , Andrea decidió lavarse el pelo en una gasolinera con nuestra ducha portátil, por lo que  nos pusimos manos a la obra y montamos una peluquería exprés en las puertas traseras de una gasolinera. Primera lavada en una semana. Llevamos un mes de viaje y solo nos hemos lavado el pelo en los tres hoteles en los que hemos dormido. Lo demás, duchas improvisadas, toallitas y dignidad.

Esa noche dormimos en un pueblo de paso, frente a la carretera principal. Aparcamos junto a un camión y unos restaurantes medio apagados. El dueño de una casa salió a decirnos que no podíamos dormir allí, pero al ver que estábamos solo de paso, acabó asintiendo con un gesto resignado. Cruzamos la calle buscando algo caliente para cenar. Andrea estaba harta de las latas de Mercadona y tenía cara de querer un plato que no viniera con abre fácil.

El restaurante no inspiraba confianza, el supermercado tampoco. Yo, fiel a mi menú de supervivencia, cené una lata de melva con pimientos, un tutifruti en almíbar de postre y a dormir. Andrea compró una empanada a una mujer que cocinaba al lado del súper. En Asia Central, el pan es religión. Esa empanada era como un híbrido entre pan y hojaldre, dorada, suave, perfecta.

Esa noche el descanso fue una broma. Andrea cayó fulminada, pero yo tenía dolor de riñones (me iba a venir el periodo) y entre eso y el ruido de los coches no hubo forma. Me puse un parche caliente en la espalda y conseguí dormir un par de horas.

FRONTERA DE UZBEKISTAN

A las seis de la mañana arrancamos. Media hora después estábamos frente a la frontera con Uzbekistán. Y ahí empezó el espectáculo.

Miles de personas andando, arrastrando las típicas bolsas de cuadros del chino, carritos de bebé, mantas, maletas, cajas. Algunos coches iban tan cargados que la carga pesaba más que el propio coche. Aquello parecía un desfile de mudanzas colectivas.

Al llegar a la ventanilla, una mujer nos dijo que debíamos ir “por otro lado”. Intentamos dar marcha atrás, pero era imposible: un río humano se movía sin cesar entre los coches. Había gritos, polvo, bolsas cayendo, niños llorando. Como estábamos bloqueadas, saqué la cámara. Si no puedes avanzar, al menos documenta el desastre.

Tres hombres en la acera de enfrente vinieron a ayudarnos. Empezaron a levantar a las señoras que estaban sentadas con sus bolsas y carritos, abriendo paso como si fuéramos una ambulancia. Nos ayudaron a girar el coche y despejar el camino. Les regalé el Red Bull que nos habían dado en Chechenia y unas chuches kazajas que aún vivían en la guantera. Parecieron recibir el premio gordo.

Mientras tanto, Andrea fue a hablar con un guardia. Después de todo el caos, el hombre nos dijo que sí, que podíamos pasar por allí. Así que, sin pensarlo mucho, nos metimos hacia el primer control.

—¿Españolas? ¿Casadas? ¿A dónde vais?

Era el mismo interrogatorio de siempre.

—Españolas. No casadas. A Samarcanda.

—¡Ala Madrid! —respondió el guardia riendo.

Eran las seis y media de la mañana y nosotras ya no teníamos energía ni para fingir simpatía. Solo queríamos cruzar. Pero de pronto, uno de los agentes nos pidió un papel de aduanas ruso que no teníamos ni idea de qué era. Media hora buscando entre documentos, carpetas y papeles de Layos. Nada. Hasta que apareció Danier, un militar kazajo que parecía enviado por el cielo.

Revisó nuestros papeles con paciencia infinita y nos ayudó a encontrar el documento perdido. Luego me dijo que bajara del coche y lo siguiera. Me coló por todas las colas, habló con medio destacamento, discutió con otros guardias, me presentó a su mujer (también agente) y consiguió que nos pusieran el sello. A su alrededor, varios hombres nos miraban diciendo en ruso “¡spanski, turist, dejar pasar!”.

Antes de irnos, Andrea sacó un par de latas y se las regaló. Él las recibió con una sonrisa tímida, como si no supiera muy bien cómo reaccionar. Se notaba que estaba emocionado.

Cruzamos a la parte uzbeka, y allí empezó la segunda parte del infierno burocrático. Tres horas más de controles, escáneres, cacheos y preguntas. Tuvimos que vaciar toda la furgoneta y pasar las mochilas por rayos X como si lleváramos oro.

Mientras esperábamos, veíamos pasar a la gente que cruzaba andando: mujeres con bolsas gigantes, hombres cargando equipajes ajenos a cambio de unas monedas, niños agotados. Una madre con tres pequeños nos miró con una mezcla de resignación y cansancio. Andrea se acercó y le dio varias latas.

Y al cabo de cinco horas, cuando ya creíamos que nos moriríamos allí, por fin escuchamos el ansiado:

Welcome to Uzbekistan.

Habíamos llegado.

Después de días de polvo, latas y papeleo, estábamos oficialmente en Uzbekistán.

Delante, la ruta hacia Samarcanda, la ciudad azul de los cuentos.

DE LA FRONTERA AL PARAÍSO DE SAMARCANDA

La carretera parecía en peor estado que en Kazajistán. Nosotras estábamos agotadas, hambrientas y, sobre todo, con una necesidad urgente de parar y cambiar el chip. Después de aquella tortura de frontera, todavía nos quedaban cuatro horas y media de asfalto hasta llegar al hotel.

No habíamos cambiado dinero al cruzar y nadie aceptaba tarjeta. Veníamos de países donde no habíamos utilizado prácticamente el efectivo, así que la vuelta al papel se sintió casi exótica. Paramos en varios sitios sin suerte, hasta que vimos un restaurante junto a un mercado que olía a rayos.

Las mujeres que lo atendían parecían simpáticas. Les explicamos que solo teníamos billetes kazajos y una de ellas, sin dudar, nos los cambió. Nos descalzamos, nos sentamos en un tatami y respiramos. Dos “cocolas” frías aparecieron sobre la mesa. Andrea pidió la carta, y la dueña llamó a alguien por teléfono —seguramente a su hija— para que le tradujera al inglés qué podíamos pedir.

El problema: solo había pescado. Pescado y pan. Nada más.

Pedimos pescado y pan.

La cocinera era una señora oronda, con un ojo azul y un par de dientes de oro, que me recordó inevitablemente a Reme, la cocinera de Layos. Solo que esta Reme centroasiática troceaba los peces sobre una tabla que parecía más bien un tronco. Los hacía añicos con una destreza brutal antes de lanzarlos a una freidora enorme.

La escena era de película. Una freidora humeante, una tabla que ya había visto demasiados pescados, una salsa de tomate picante servida por una mujer menuda de facciones túrquicas, y nosotras observando todo con mezcla de fascinación y miedo.

El pescado llegó. Dorado, crujiente, perfecto… hasta que lo probamos.

A mí me supo a barro, al barro que huele cuando te bañas en un pantano.

Andrea dijo que le sabía a hongo.

Nos miramos y, con una complicidad de guerra, hicimos lo que cualquier viajero educado haría: trocearlo disimuladamente para fingir que habíamos comido. Pagamos, agradecimos con sonrisas exageradas y nos fuimos. Antes de marcharnos, la dueña quiso ver la furgoneta. Nos acompañó hasta fuera, curiosa, y se despidió con un gesto amable.

Seguimos hacia Samarcanda. La carretera era un desfile de camiones y tractores cargados de algodón.

Por todas partes, puestos de sandías. Pero millones. Tantas que no entendíamos cómo no se pudrían todas. Para que no se echasen a perder, cada familia uzbeca debería comerse al menos una al día.

Otra cosa que nos sacó una sonrisa fueron las pequeñas furgonetas Chevrolet o Daewoo. Minúsculas. Algunas transportaban personas, otras vacas, otras de todo un poco. Parecían salidas de una película de Lego: medio moto, medio furgo, cien por cien graciosas.

Asia Central está en plena ebullición. Las carreteras en obras, las grúas en las ciudades, el asfalto nuevo en proceso. Se nota que están construyendo futuro, capa a capa.

Samarcanda

Tras cinco horas que parecieron diez, por fin llegamos a Samarcanda. Antes del check-in en el L’Argamak Hotel, decidimos darnos una vuelta.

Llamé a mi padre para ponerle al día, como hago cada noche. Siempre le mando mi ubicación y cada par de días hablamos. Estaba justo frente a uno de los monumentos más impresionantes cuando le llamé. Intenté también hablar con la Jefa, pero estaba en Tenerife y no coincidimos en horarios.

El primer paseo por Samarcanda fue un regalo: el sol cayendo sobre las cúpulas azules, el aire tibio, el silencio. Hicimos unas fotos y unos vídeos antes de ir al hotel, medio desmayadas de cansancio.

Pero al llegar, algo cambió. Nos duchamos —yo incluso me di un baño de agua caliente, lujo máximo—, y renacimos. Decidimos salir a cenar.

Una noche en Samarcanda

Caminamos por avenidas amplias y rotondas cuidadas. Samarcanda nos sorprendió: cosmopolita, limpia, moderna. Por primera vez en semanas vimos turistas.

El restaurante elegido, Boulevard Restaurant & Bakery, parecía sacado de la calle Velázquez de Madrid. Lleno, animado, con cocina abierta y camareros que se movían entre mesas con calma y oficio.

Andrea se sentó mirando hacia la cocina, yo hacia el público. A la derecha teníamos una pareja española. Al otro lado, un grupo de jubilados que parecían arqueólogos franceses o canadienses. Frente a nosotras, tres hombres hablando en voz baja, con pinta de estar cerrando un trato. Aposté con Andrea que eran iraníes.

Cuando llegó el primer plato, me reconcilié con la gastronomía mundial: una berenjena asada con espuma de parmesano, polvo de aceituna negra, tomatitos dulces y un toque de albahaca.

El mejor bocado del viaje, sin discusión.

Comimos despacio, sonriendo. Por fin, unas horas de vacaciones dentro del propio viaje.

Antes de irnos, me encapriché de los postres. Fui a mirar el expositor, llamé a Andrea y allí estábamos, discutiendo entre pasteles raros, cuando se acercó uno de los tres hombres de la mesa de enfrente.

—¿De dónde sois? —preguntó en un inglés con acento meloso.

—¿Y tú? —le respondí entre risas—. Llevamos toda la cena intentando adivinarlo.

—De Irán —dijo.

—¡Lo sabía! —gritamos a la vez Andrea y yo, chocando las manos.

—¿Tenéis muchos amigos iraníes? —preguntó divertido.

—Tú eres el primero —le contesté.

Se rió con una carcajada redonda.

—Yo hablar un poquito español. Me llamo Saeid.

Con mucha educación nos propuso tomar el postre en su mesa con ellos.

Y así, sin darnos apenas cuenta, acabamos sentadas con tres iraníes encantadores.

Bueno, dos encantadores y uno bastante callado, aunque amable.

El que había tomado la iniciativa, Saeid, era pura energía. Tenía unos sesenta y tantos, calvo, bajito, con ojos negros que parecían delineados y una tripita feliz que asomaba bajo una camisa blanca l. El tipo de hombre que sonríe con todo el cuerpo.

A su lado estaba Saeid “the Fake”, su mejor amigo y contrapunto perfecto: serio, ingeniero, viudo, con un hijo trabajando en Holanda. Tenía ese aire de hombre tranquilo que observa antes de hablar. El tercero… bueno, el tercero apenas pronunció palabra en toda la velada. Si me dijeras hoy su nombre, no lo recordaría. Me limité a pensar que era el que equilibraba la ecuación.

—Así que… ¿dos Saeids? —pregunté riéndome.

—Sí —respondió “the Real”—. Él es Saeid the Fake, pero solo porque yo soy más guapo.

El otro sonrió resignado.

—Y tú eres Saeid the Talker —le dije yo—.

Y todos reímos.

Saeid tenía una mirada brillante, de esas que te enganchan. Cada frase suya parecía ir acompañada de una pequeña lección, pero sin pretensión, con ese tono medio cómico, medio sabio, que solo tienen los que han vivido mucho.

—Yo soy pastor —dijo de pronto, muy serio.

—¿De ovejas? —pregunté.

—Y de negocios —respondió levantando las cejas, con un gesto tan teatral que Andrea soltó una carcajada.

Ahí empezó una de esas conversaciones que no quieres que terminen nunca.

Saeid nos contó que había nacido en una familia profundamente religiosa en Irán, pero que en cuanto tuvo edad suficiente, se marchó a Los Ángeles a estudiar Ciencias Naturales. “Allí descubrí dos cosas”, dijo: “la libertad… y el vino”.

Nos habló del Irán de su juventud, de cómo el país había sido una potencia culta y avanzada, y de cómo todo cambió tras la Revolución Islámica. “Desde entonces —dijo con tristeza—, el país se nos hizo pequeño. Muchos de los que soñábamos con un Irán moderno tuvimos que marcharnos. Pero siempre volvemos. Somos persas: nos exiliamos de cuerpo, pero el alma se queda allí”.

Me encantaba escucharlo. Hablaba con un ritmo hipnótico, salpicando cada historia con bromas.

En algún momento la charla derivó hacia el eterno conflicto entre Irán e Israel.

Yo, con toda mi curiosidad periodística (y cero diplomacia), le pregunté:

—¿Por qué existe tanto odio entre iraníes y judíos?

Saeid suspiró, tomó un sorbo de té y se inclinó hacia nosotras.

—Eso viene de muy atrás, mucho antes de los ayatolás. Del tiempo del gran Ciro el Grande, o Cyrus the Great, como le llaman en inglés.

Nos miró con aire de profesor paciente.

—Ciro fue el fundador del Imperio Persa, hace más de 2.500 años. Un conquistador, pero también un humanista. Fue él quien liberó a los judíos del exilio en Babilonia. Les permitió regresar a Jerusalén y reconstruir su templo. Por eso, los judíos veneran a Ciro como a un salvador. Pero con el paso de los siglos, los gobernantes persas posteriores, por orgullo, por política, o por pura manipulación, fueron alimentando el resentimiento. Y así, lo que empezó como respeto mutuo se convirtió en desconfianza y finalmente en odio. Los gobiernos cambian, pero las heridas antiguas quedan en la memoria colectiva.

Yo escuchaba fascinada, tomando mentalmente apuntes.

Luego añadió, riendo:

—Y ahora el mundo entero cree que odiamos a los judíos porque somos árabes.

—¿Y no lo sois? —pregunté, ingenua.

Saeid abrió los brazos teatralmente.

—¡Ay, Dios mío! No, querida. Los iraníes no somos árabes, somos persas.

Y comenzó a explicarlo con una mezcla de orgullo y pedagogía.

El persa es una civilización distinta. Nuestro idioma, el farsi, no tiene nada que ver con el árabe. Se parece más a las lenguas túrquicas, como el uzbeko o el kazajo. Nuestra historia es mucho más antigua. Cuando los árabes llegaron, trajeron su religión, sí, pero no su identidad. Nosotros seguimos siendo persas, aunque algunos lo hayan olvidado.

Mientras hablaba, me di cuenta de que lo hacía sin resentimiento, con la calma de quien ha entendido que la historia es demasiado larga como para ofenderse por cada capítulo.

También nos contó, señalando con un palillo sobre el mantel como si dibujara un mapa invisible, cómo Irán perdió sus últimos territorios antes de la expansión rusa.

—Azerbaiyán, Turkmenistán, Kirguistán, Tayikistán… todos fueron parte del mismo tejido. Luego Rusia los invadió, y con el tiempo se independizaron. Pero seguimos viéndolos como hermanos. Cuando los menciono —dijo sonriendo—, lo hago con respeto, como si hablara de primos lejanos.

Entonces, casi como quien se acuerda de algo que no quiere dejar escapar, añadió:

—Los iranís son chiitas, no suníes. Eso también nos separa de muchos de nuestros vecinos. No seguimos las mismas normas, ni tenemos los mismos ritos. Los chiitas no van a La Meca como los suníes. Tenemos nuestros propios lugares santos.

Me explicó que en Uzbekistán, en Bujará y en Samarcanda, existen santuarios chiitas tan importantes para ellos como lo es La Meca para otros musulmanes.

“Venimos aquí a rezar —dijo—, pero también a recordar. Porque aquí nacieron muchos sabios y poetas persas, hombres de fe y de palabra. Esta tierra tiene raíces en nuestra alma.”

Sus ojos brillaban al hablar de literatura.

Amaba la poesía, y se notaba.

Me habló de los grandes escritores persas, de cómo muchos habían nacido o estudiado precisamente en esta región.

Cada palabra suya era un viaje en sí mismo.

Andrea lo escuchaba con los ojos medio cerrados, debatiéndose entre la fascinación y el sueño. La pobre se encontraba mal y aunque quería seguir disfrutando de la velada necesitaba recuperar todo el sueño perdido los últimos días.

Yo, en cambio, estaba como una esponja. Tomando nota mental de todo, incluso de sus frases más simples, esas que parecen obvias pero no lo son cuando las escuchas de alguien que las ha vivido.

—A veces —dijo Saeid—, los europeos olvidáis que Oriente Medio fue la cuna de muchas cosas: la escritura, la medicina, las matemáticas, la poesía… Y luego nos miráis como si fuéramos el pasado. Pero nosotros somos solo una versión distinta del presente.

Tenía razón.

Y tenía algo en la voz, una serenidad contagiosa, un tono entre profesor y abuelo travieso, que me resultaba familiar. Me recordaba a mi abuelo Miguel.

Saeid hablaba sin parar, y yo podía haberme quedado escuchándolo toda la noche.

Andrea, en cambio, ya se descomponía de cansancio. Me miró con su clásica cara de “como sigas preguntando, duermo en el suelo”.

Así que terminamos el postre —un tranpantojo de granada , limón, pistacho y crema que aún sueño—, intercambiamos teléfonos y nos despedimos entre risas y abrazos.

Mientras salíamos del restaurante, pensé que esa cena había valido cada kilómetro de carretera, cada frontera absurda y cada pescado con sabor a pantano.

A veces, los mejores encuentros no te esperan al principio del viaje, sino justo cuando ya crees que no tienes fuerzas para uno más.

Registán, Samarcanda

Amanecer en Samarcanda 

Al día siguiente nos despertamos con calma; yo dormí más que en los últimos tres días juntos. Fue una pequeña resurrección. Mis ojos se abrieron al amanecer, vi cómo el sol salía por detrás de las cúpulas azules de Samarcanda… y me volví a dormir como un bebé.

La mañana fue lenta y productiva. Andrea, a presupuestos y más presupuestos para su catering Boca de Cine —su madre moviendo hilos desde España y ella, desde aquí, toda la parte administrativa—. Yo me quedé escribiendo; llevaba cuatro días sin poder teclear una línea y tenía ganas de ponerle orden al caos. Café, silencio, teclado. Qué delicia.

Cuando ya estábamos en modo humano, bajamos a desayunar al mismo restaurante de la noche anterior. Tan bien nos había ido, que quisimos repetir el brunch. Panes crujientes, huevos perfectos y esa sensación de estar por fin bajo techo, con el mundo detenido detrás del cristal.

Por la tarde salimos hacia la plaza del Réguistán. La palabra suena a rumor de seda y, cuando llegas, entiendes por qué: tres colosos de azulejo azul y arena te rodean y te empequeñecen. Entramos en sus tres madrazas: Ulugh Beg, Sher-Dor y Tilya-Kori.

Pequeña guía para no perderse: una madraza era (y a veces sigue siendo) una escuela religiosa —un campus en miniatura— con su patio, aulas y celdas para estudiantes; una mezquita, en cambio, es casa de oración. Aquí, algunas madrazas integraban oratorio, pero nacieron como centros de estudio. En Réguistán, Ulugh Beg (el príncipe-astrónomo) levantó la primera en el siglo XV; dos siglos después llegaron las otras, con sus tigres solares, cúpulas doradas y fachadas que parecen bordadas por el tiempo.

Se hizo de noche y el sol cayó como un telón. Las cúpulas se encendieron y todo se tiñó de luces. Nos quedamos un rato en silencio —que para nosotras es la forma más sincera de rezar—. Luego, cuando ya buscábamos dónde cenar, me llamó Saeid.

Estaba harto de su grupo de treinta iranís con los que llevaba 7 días seguidos. “Yo venir con vosotras”, dijo, entre risas. Le pasamos la ubicación y apareció con Saeid the Fake. Cenamos frente a la plaza, en un restaurante turístico con comida uzbeka. Se notaba que Saeid hablaba su idioma con los camareros, la conversación fluía por otra vía. Esa noche no tocó historia: hablamos de viajes, de música, de pasado. Nos confesó que Saeid the Fake estaba nervioso; nunca había salido a cenar con amigas que no fueran iraníes. Acabó relajándose cuando le contamos nuestros orígenes. Saeid (el real) confesó que en Irán no se vende alcohol y que él se hace su propio vino en casa. Brindamos con cerveza uzbeka por la sinceridad, que embriaga más que cualquier bebida.

La cena se alargó. Tres cervezas y mucho piqui-poqui después, decidimos tomar una última copa. Todavía no era medianoche. Camino del bar, el Saeid tímido empezó a cantar música tradicional. Entre quejío y quejío, me recorrió esa mezcla de vergüenza ajena y respeto absoluto por el momento íntimo que nos estaba regalando. Era de noche, andábamos por la ciudad, y su voz parecía salir de otra época.

El resto fue rocambolesco. Duramos una cerveza más en un local cuyo nombre nos dejó heladas: Bassiani, igual que el club mítico de Georgia. ¿Casualidad? Ni idea. Afuera sonaba musicote y, dentro, un hall gigantesco con ropero. Ya percibíamos el ambiente cuando nuestros acompañantes se nos acercaron con seriedad adorable:

—Somos un equipo. Si no nos gusta, nos vamos al hotel.

Asentimos como quien entra a una cueva.

La sala principal tenía anfiteatro, barra y DJ. Las luces, tenues; el techno, como un tren que no se detiene. Cogimos una birra y nos sentamos en una mesa alta. No se escuchaba nada. Entre la música y que nuestros compañeros peinaban canas, la conversación era imposible. Pero no hizo falta hablar: nos quedamos observando la escena. Hombres sentados; mujeres de negro, medias de rejilla, tops mínimos, cul al aire* bailando frente a las mesas. No percibimos peligro, pero sí un malestar pegajoso: esa actitud varonil de charlar mientras las mujeres bailan a un palmo de su cara.

Saeid the Fake estaba ojiplático. El viajero —Saeid the Real— también, aunque disimulaba con una media sonrisa de “he visto de todo”.

Andrea y yo no dábamos crédito: Samarkanda nos regalaba su última paradoja.

Nos terminamos la cerveza y nos fuimos andando al hotel entre risas, despidiéndonos con cariño y con esa frase que, cuando es sincera, suena a promesa: “Nos veremos otra vez.” Me quedó la certeza de que habíamos hecho amigos.

PLAN DEL DÍA SIGUIENTE :

Cruzar de nuevo a Kazajistán para recuperar el dron y salir hacia Kirguistán.

La carretera, sin embargo, se hizo larga. Intentamos cruzar por una frontera que indicaba Google Maps —para evitar el infierno de la otra—, pero un militar nos dijo que estaba cerrada. Toca volver a la de siempre. Con un poco de resaca logística, yo conducía y Andrea curraba. La luz era bonita, y por la ventanilla veíamos el contraste feroz entre ciudad y extrarradio: dos países en uno.

En la carretera estaba la vida: gente repartiendo publicidad a pie, puestecitos de fruta, burros cargando, campos anchos, niños corriendo. Me sorprendió la estética: mujeres con vestidos negros salpicados de animal print, cardados imposibles, cuerpos generosos y uno que otro diente de oro asomando en una carcajada.

El tráfico era caótico. Aquí no existe “adelantar por tu carril”: se adelanta por donde quepa la ilusión. Entre bocinazos filosóficos y zigzags creativos, Andrea propuso dormir en Tashkent y cruzar la frontera al día siguiente. Plan aceptado. Reservamos hotel. A la entrada, chabolas y barriadas que nos hicieron agradecer la decisión del techo firme. Y, de pronto, un hachazo de modernidad: avenidas limpias, edificios nuevos… de Castellana total. Aun así, como ya teníamos hotel, no complicamos.

Salimos a cenar. El restaurante —otra vez— parecía sacado de Madrid. Nos reímos mucho con el camarero perfeccionista que nos recolocaba la mesa cada dos minutos, y con su compañero, un clon animado de “Antz”. Llamamos las dos a casa: yo hablé con mi madre, que estaba feliz en su retiro en Tenerife con mi tía. 

En Uzbekistán comimos de lujo y descansamos lo que no habíamos descansado en semanas.

A veces, viajar es parar.

A la mañana siguiente, paseo por la ciudad. Fuimos al gran bazar —ese domo turquesa que late como un corazón— y a la zona antigua, con mezquitas, madrazas y edificios oficiales. Entre olores a especias, panes redondos con sello y montañas de frutos secos, hicimos un reportaje fotográfico que me encantó.

Hora de carretera: rumbo a la frontera.

Esta vez todo pintaba más llevadero, pero en el control el agente, al ver el pasaporte del coche, levantó la vista:

—Tienen dos multas.

No di crédito. Con el desorden de la circulación… ¡y, sin embargo, los radares funcionan como relojes suizos!

La solución fue menos dramática de lo que imaginábamos: papeleo, ventanilla, un “pague aquí” con recibo sellado y un “manejen con calma, señoras”. Salimos con alivio y risa floja, como quien pierde una batalla pequeña para seguir ganando el viaje.

En el retrovisor, Tashkent. Al frente, Shymkent, Kazajistán y el dron esperándonos como si fuese un perro al que fuimos a recoger a la guardería. Más allá, Kirguistán: montañas, valles y la promesa de aire nuevo.

Cerré los apuntes. Andrea subió el volumen. Y la furgoneta, que ya conoce nuestros silencios, siguió rodando.

A veces, el mejor regalo del camino es este: dormir bien, comer mejor, aprender algo grande de alguien que acabas de conocery seguir.

Mujer en el mercado de Tashkent

6 respuestas a “11ªETAPA: KAZAJISTÁN- UZBEKISTÁN ”

  1. Avatar de Matilde Hernando

    aunque hablo con vostras casi a diario ,me encanta leer todas vuestras anécdotas, vuestras vivencias, es un lujo leeros. Seguir siempre alerta y deseando leer el próximo. Cuidaros mucho y seguir disfrutando esta experiencia tan bien ❤️❤️

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  2. Avatar de chusdegregorio

    Como he disfrutado leyendo este blog! Un lujo chicas Que envidia, que experiencia, Mil. Besos

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    1. Avatar de Carchin de Gregorio
      Carchin de Gregorio

      Tía Chus ! No sabes la emoción al ver que nos lees. No te lo puedes imaginar! Que ganas de volver y contarlo en persona 🫶

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  3. Avatar de almosthopefuldb019bc417
    almosthopefuldb019bc417

    Muchísimas gracias chicas. Da gusto leerod

    mucho ánimo!!!!!!

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  4. Avatar de almosthopefuldb019bc417
    almosthopefuldb019bc417

    Muchísimas gracias chicas. Da gusto leerod

    mucho ánimo!!!!!!

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  5. Avatar de noisilyfearlesse49ea1085c
    noisilyfearlesse49ea1085c

    «..a veces viajar es parar.»

    para oler en silencio..

    es un placer leerlas.

    @andandolento.

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