Shymkent
Shymkent nos recibió como quien abre de par en par una ventana para ventilar la cabeza. Alquilamos una habitación en el Diamond Hotel —un “quiero y no puedo” de manual— con la idea, al menos sobre el papel, de no hacer nada. Llegamos y caímos redondas en la cama porque tocaba ponerse al día otra vez: en este tipo de viaje no hay stop, no existen las vacaciones de escribir, y si te atrasas se te confunden los sentidos y se te escapa el hilo. Cenamos en la habitación, pasamos fotos y yo encendí la tele como quien pulsa un botón de regreso a casa; sin pudor: soy de tele, me apaga los ruidos de la cabeza. Puse una serie banal y me quedé frita. Andrea, en cambio, se desveló y se quedó hasta tarde montando vídeos.
Shymkent, con su pulso de paréntesis con historia, aún late como cruce de caminos. Fue mercado de la Ruta de la Seda, hermana mayor de Sayram; un antiguo caravanserai arrasado varias veces y tomado por los rusos en 1864. Hoy es polo industrial, pero en sus calles siguen cruzándose camiones, acentos, regateos y talleres.
Al amanecer me senté a escribir dos horas el último capítulo y luego bajé al gimnasio solo a estirar: la noche que salimos en Samarcanda me resbalé en unas escaleras y el tirón me subía por la cervical como un recordatorio inoportuno. Desayunamos y salimos directas a por el dron. Con eso resuelto, tocaba revisar el coche: miré el aceite, estaba bajo, así que taller e inflar ruedas. Los kazajos, encantadores. Andrea se había despertado con un pelín de ansiedad, pero al ver un chándal Adidas asiático junto al taller se le pasó de golpe; llevaba semanas buscándolo desde que se lo vio puesto a una niña que cruzaba un paso de cebra.
Terminé los recados y dejé a Andrea en el hotel, que tenía que trabajar. Me fui a lavar la furgo. Sentía esa necesidad de cuidar a Nolichikaki, el regalo que me hizo mi madre hace diez años después de encontrarla en Mil Anuncios: el mejor que me han hecho nunca. Ha sido refugio, casa en la playa, guarda-tablas, espacio y compañera, y ahora, por fin, la cuido como valoro cuidar las cosas. En los últimos cuatro años con Pedro he aprendido a CUIDAR en mayúsculas; antes creía que lo hacía, pero verlo de verdad es otra cosa. Busqué un lavado “sintomático”, del alma y de la chapa, y me puse: tres horas de liturgia con manguera a presión para barro y polvo, balleta con agua jabonosa por techo y laterales, limpiacristales por dentro y por fuera, aspiradora de las que se tragan monedas olvidadas; vacié TODO, clasifiqué por cajas (cocina, cámaras, abrigo), sacudí , revisé depósitos, engrasé bisagras y recolocé cada pieza como en Tetris. A mi alrededor, hombres haciendo lo mismo con un esmero que mi furgo merecía igual. Andrea me llamó, extrañada de lo que tardaba. Terminé y celebramos el mimo con un japonés riquísimo en el que, como siempre, pedimos de más.
A la mañana siguiente pusimos rumbo a Kirguistán.
Kirguistán
La frontera de Tenaz fue la más fácil del viaje: la mayoría cruzaba a pie y apenas había coches. Andrea, que iba andando, se encontró con un señor de rasgos duros y unos ochenta años que, al hablar, hiló un “Hai Hitler” y una retahíla difícil de descifrar; ella quiso entender que había luchado dos veces en la guerra y que condujo tanques. Nos quedamos con la duda y con la escena dando vueltas en la cabeza.
Nada más entrar, la reserva-embalse de Kirov —también Orto-Tokoy, en el río Chu— nos detuvo por dentro. Me emocioné y lloré, por dentro y por fuera, una mezcla de alegría, gratitud y presencia absoluta. El otoño abría su telón de álamos y chopos encendidos en amarillos y rojos mientras caía el sol. Fue la entrada más singular y especial del viaje. Seguimos conduciendo hasta de noche porque al día siguiente habíamos quedado con el guía, Bek, en Kyzart, y aún faltaban cinco horas. Sumamos dos más sin saber que quedaban otras dos por el puerto de Taldy Bulak. Cruzarlo a oscuras, con el termómetro en –1 °C, nos obligó a perder altura para no congelarnos durmiendo. El asfalto se volvió pista y, tras una hora de tierra, llegamos a Suusamyr, que habíamos localizado en Park4Night. Íbamos con idea de dormir junto al río, pero acabamos aparcadas junto a unas canchas de fútbol.
El frío seco se dejaba llevar. Pusimos aislantes, cené lo que Andrea había dejado preparado al mediodía e intenté dormir, sin éxito por el ruido y el hielo. Me tragué siete pódcasts: cuando viajas y cruzas tantos países, la historia te envuelve y esos relatos te cosen el camino.
Camino a Kyzart
Al amanecer salí a pasear; el aire frío en la cara traía paz. La montaña, como dijo Andrea, parecía de piel de melocotón. Había caballos, burros y un camino que se perdía hacia el más allá. No había dormido, pero el cuerpo quería el día. Este país nos llenaba de una energía rara y buena. No estaba en los planes; cuando decidimos no ir a Mongolia, Kirguistán justificó el cambio.
Moraleja: hay que hacer caso a la intuición.
Creo que la suerte de este viaje es tenerla despierta; visualizamos que iba a salir bien, elegimos lo que nos “habla” y el camino responde.
Hacia Kyzart: mujeres a bordo, música y valle
A las nueve arrancamos hacia Kyzart por una pista con pocos camiones y alguna pick-up, de Kozhomkul a Kyzyl-Oi, a lo largo de un valle que nos dejó sin palabras. La tetera portátil calentaba el café, el traqueteo se metía en la furgo de hojalata y Andrea hacía onomatopeyas de pura belleza. Por las mañanas nos gusta dejar que la música abra la conversación. A mitad del trayecto lanzamos el dron, difícil de pilotar entre baches y esa inmensidad, pero nos siguió unos minutos. Sorbo caliente y a rodar.
Entonces aparecieron, a lo lejos, dos mujeres haciendo autostop. Yo soy reticente porque llevamos un generador y subir a alguien nos obliga a desmontar media furgo, pero ese día el cuerpo mandó. Eran pequeñitas, con pañuelo en la cabeza, plantadas en mitad de la nada. Paramos. “4 km”, dijeron. Anara, de cara dulce y redonda, con media dentadura ausente, habló por la ventanilla; la otra parecía tener problemas de vista. Les hicimos hueco como pudimos: furgo patas arriba, todo al fondo, y las cuatro en los tres asientos delanteros. Fue único. Intentamos grabar, pero es de esas veces en que faltan palabras. Conducía en silencio hasta que Andrea rompió el hielo; no nos entendíamos y entonces habló la música. Sonaba un amigo nuestro con un disco aún sin publicar, banda sonora perfecta. Otra vez silencio y sonrisas por dentro. Andrea preguntó si cantaban; pusimos una y terminamos gritando “Bamboleo” a todo volumen, con palmas y risas. Luego pidieron cerrar la ventanilla y la más joven se animó con una canción kirguisa; la otra le hacía los coros. La despedida fue de amigas del alma. No eran 4 sino 14 kilómetros. Kirguistán seguía calándonos. Aún quedaban dos horas hasta la guest house.
Kyzart: casa de Bek, mochilas y caballos
Kyzart, puerta de Song-Köl, nos recibió con Bek en la puerta. Del tour a caballo sabíamos poco: tres días, 400 dólares entre las dos y, detalle importante, sin coche de apoyo. Había que salir con una maletita en las alforjas. Con tanto equipo electrónico, el pánico logístico fue inmediato. Los tres chicos —Ule, Bek y Kuba— nos miraban incrédulos. Decidimos cargar nosotras: abrigos puestos pensando en dormir a la intemperie y a ellos, una mochila por cabeza.
Antes de salir, comimos en su casa. La madre cocinaba, la hija ponía la mesa en un comedor con lámpara victoriana, mesa para dieciséis, candelabros con bandejas escalonadas llenas de pasas, caramelos y pastas, un cuadro de la abuela —dos por dos— presidiendo, sofá con “diamantes” en los pliegues y alfombras persas en las paredes. En la mesa, solo nuestros dos sitios. Primero llegó un arroz frito con verduras que entró bien; aproveché para llamar a mi madre y avisar de que estaría sin cobertura un par de días. El segundo nos desarmó: un plato de pasta con una patata y una costilla que pensamos que era de caballo. Olía a muerto. Se nos cerró el estómago y nos entró la risa floja de los apuros. Por educación no podíamos tirarlo, pero tampoco comerlo. Al final Andrea lo dejó, yo lo envolví en una servilleta y lo deslicé a la riñonera. Solo de imaginar que nos pillaban, la risa se nos iba de las manos.
El viaje a caballo de mi vida: de Kyzart a Song-Köl

Salimos por fin. Ahí supimos que Bek no venía: nos guiaba Kuba, asiático fornido de metro setenta y cinco, ojos rasgados y gesto de hombretón, montador profesional del deporte nacional, con veintitrés años y poco inglés. Las dos primeras horas habló tímidamente por teléfono. El camino, mientras, se abría como si el país quisiera mostrarnos todo de golpe. Eran las cuatro y quedaban tres horas hasta el primer refugio. Paramos a estirar; a Andrea se le anestesiaron las rodillas y nos volvió la risa. Nuestros caballos eran Asma, un tordo manso para Andrea; Tiku, para mí, de aire percherón; y el de Kuba, un caballo profesional de cuello alto y aplomo perfecto. Me quedé un rato con él, Roque; me dio paz, acercó la cara, le acaricié el cuello y el pecho, y conectamos. Con el frío cayendo retomamos la marcha. El sol se escondió tras la montaña y nosotras suspiramos. Otra vez lágrimas, por tercera o cuarta vez en el día. Llegando al retiro, Kuba jugó con su caballo: arrancó a galope con agilidad asombrosa, se puso de pie sobre la grupa y saltó. Aquí los jinetes se suben al caballo de un brinco; no es pose turística, es gesto cotidiano.
Noche fría, desayuno raro y baños memorables
Anocheció al entrar en el refugio. En el comedor había tres guías con sus grupos: tres chicos juntos y dos parejas; casi todos franceses salvo los hermanos australianos frente a nosotras, Olivia y Cambel. Mucho microgrupo y poco cruce. Nosotras seguíamos con la risa floja. Al acabar, se acercó Yantai, un guía simpático de buen inglés y cara de dibujo animado —ojos juntitos y expresivos, nariz fina y boca grande—. Charlamos un rato. Andrea, con el portátil, le dijo que era chef de catering; él, sonriendo, dictó que al día siguiente cocinaría ella. Luego nos fuimos a dormir. No era una yurta lo que nos tocó, sino una caseta de madera moderna y triangular con tres camitas. Hacía frío. Dormimos vestidas: térmicos, yo con pantalón de esquí y pololos, saco por encima; solo asomaba la nariz. Para asegurar el descanso me tomé una pastilla y le ofrecí otra a Andrea.
Me desperté con las primeras luces. El campamento seguía dormido y no me atreví a salir del saco: el frío se colaba hasta las ideas. Escribí hasta las ocho, desperté a Andrea y fuimos a desayunar. La sorpresa fue un plato de pasta con huevo duro y zanahoria. El comedor, una yurta moderna forrada de contrachapado con una mesa en U rodeándolo todo. Éramos los mismos grupos y nadie nos habló, y tampoco hizo falta. Andrea, que tiene radar para los detalles, se fijó en los baños: al aire libre y en soledad, cubículos de madera con un ingenioso truco de PVC. Entre Kyzart y Song-Köl van apareciendo como pequeños post-it de madera plantados en la nada.
Travesía a Song-Köl: melocotón y explanadas
La travesía hacia el lago es un telar de colinas geométricas y redondas, casi sin árboles, con montañas que lucen una fina capa dorada y picos nevados, esa textura de melocotón que acaricia la vista. En temporada alta imaginamos más campamentos de yurtas; ahora quedan los justos y el silencio. Cabalgamos con los australianos y su guía Bek, y con los tres franceses a cargo de Yantai. Paramos en el punto más alto, repartimos barquillos —a Andrea le fascinaron— y seguimos. A lo lejos ya brillaba Song-Köl. Kuba y Yantai iban a su duelo de egos de veintitrés años, pavoneo sano a lomos de sus caballos. Andrea quería galopar, pero no llegaba el momento; yo, con peso a los lados, tampoco lo veía claro. El lugar, eso sí, era perfecto: una explanada infinita a orillas del lago.
Campamento: guiso, tortilla y sobremesa
Nos quedamos en un campamento con dos yurtas-habitación y una caseta prefabricada que hacía de comedor y cocina; en el “jardín”, un lavabo y dos casetas con retretes, un balancín enorme y un banco gigante. Detrás, montañas de terciopelo cortando el viento; delante, el lago y un atardecer que se acercaba despacio. Kuba nos cocinó un guiso de patata, cebolla, pimiento y algo de carne en un chubesski —la estufa—, mientras en la cocina de gas hervía agua del propio lago para el té. Básico, sí, pero suficiente. Después nos sentamos a charlar. El otro Bek, de cuarenta y cinco, feliz y risueño, apenas hablaba inglés pero le ponía ganas; pasamos una hora con un “How are you?”, “Thank you”, “You’re welcome” que Kuba traducía como podía. Hubiera querido entendernos mejor, pero también se puede conversar con gestos.
La tarde fue lenta y buena: paseo por la orilla, dron al vuelo, caballos comiendo antes de la noche. Al caer el sol nos tocó cocinar a nosotras. Andrea y Kuba pelaron patatas mientras yo grababa; luego Andrea y yo hicimos tortilla de patata con una ensalada de tomate, pepino y ajo tostado. Hacer una tortilla ahí fue reto y gloria: dorada y un poco más cuajada de lo que nos gustaría, pero perfecta para todos. Yantai se unió encantado —prefería nuestro chiringuito al francés— y, de paso, traducía. La sobremesa se alargó. Yo solo pensaba en dormir caliente: el termómetro se había desplomado. Andrea quiso vivir la experiencia completa y durmió en la yurta; Kuba encendió el chubesski, que humeaba más de lo que calentaba, y ella se hizo gusano de seda a base de capas. Yo me quedé en el comedor, calentito, junto a los australianos. Quitamos mesas, barrimos, extendimos esterillas-colchón y nos tapamos con unas mantas de “Chanel” y “Dior” muy bazar deluxe. Andrea estaba a unos metros, en su yurta.
El gran galope
Dormí como un bebé. Al levantarme intenté fijar todo lo vivido —no era poco— y, después de una hora larga, apenas había avanzado. A las ocho los guías empezaron su rutina: primero los caballos, luego agua al fuego. Fui a ver a Andrea: seguía momia textil en la cama central, entre sábanas, saco, abrigo y una braga hasta la frente.
Nos quedaba el último día a caballo antes de volver a la civilización. Desayunamos huevos fritos con pan y pastas, ayudamos a ensillar y salimos. Andrea tiene clarísimo lo que quiere —y a mí eso me fascina, porque para pedir soy más tímida—. Desde el minuto uno pidió galopar y, tras calentar, probamos un primer galope junto al río, en una explanada enorme. Salió bien, pero lo queríamos grabado. Dos horas después, ya de vuelta en otra planicie, hicimos una pausa al sol; las rodillas no eran nuestras, llevábamos tiempo sin montar. Entonces Kuba me ofreció su caballo. Profesional, alto, erguido, potente. Ni lo dudé. Él tomó la cámara y Andrea, Bek y yo salimos a galopar como si no hubiera mañana. No había sentido una adrenalina así. El caballo se lanzó, dejé al resto atrás y seguí como una india detrás de su presa. Parar costó: lo dejé correr, tiré y tiré hasta que Roque respondió. El corazón me iba a mil. Esperé al grupo y Andrea traía la misma cara de felicidad. Roque siguió eléctrico y se puso a trotar casi “a la española”. Fue, sin duda, el momento más especial de todo el último mes.
Kok-ború: el juego a caballo
El remate del día fue el partido del juego a caballo —el de verdad, el de Kirguistán—, ese deporte que ellos llaman kok-ború (pariente directo del buzkashi). Lo vimos en una explanada a las afueras del pueblo: nosotros cuatro —la pareja de australianos, Andrea, yo— y Bek con su gente. La escena era hipnótica: una llanura polvorienta, los jinetes agrupándose y abriéndose como una bandada, el grito breve para darse paso, el golpe seco de los cascos, las sillas chirriando, el viento.
El juego, contado desde dentro: dos equipos, un campo amplio marcado a ojo y, en cada extremo, una “portería” que no es un arco sino un círculo de piedra o un caldero en el suelo. La “pelota” es el cuerpo sin cabeza de una cabra —a veces de oveja—, pesado, con las patas atadas para que no se abran durante la carrera. Al empezar, el animal yace en el centro. Un jinete se deja caer casi hasta rozar el suelo —la cincha le sujeta la vida—, engancha el cuerpo con el brazo y, si lo consigue, arranca. A partir de ahí todo es estrategia de estepa: proteger al portador, cerrarle el paso al rival, armar una caracola de caballos para que el que lleva la pieza pueda entrar en el caldero y anotar. No hay pausa: cada punto se canta con alegría contenida y el juego sigue. Importa la fuerza, sí, pero tanto como la lectura del terreno, la compenetración con el caballo y esa manera de confiarse la espalda que solo se aprende viviendo a caballo desde niño. Por eso es tan importante para ellos: resume un modo de vida. No es solo deporte; es entrenamiento del cuerpo y del clan, celebrar la destreza del caballo, honrar una tradición nómada que resiste a los inviernos y a los calendarios.
Hubo un instante que nos heló la sangre. El hijo de Bek cayó; el caballo, al rodar, se revolcó sobre él. Cambel, el australiano, y el propio Bek salieron corriendo, dos zancadas y un grito; el partido se abrió como el mar para dejarles pasar. Minutos después se lo llevaron en coche: se había desmayado. El silencio nos cosió a todos con el mismo hilo. Al rato nos llegó el mensaje de que estaba consciente, que era el susto, el golpe, el aire que no entró a tiempo. El juego continuó y acabó como acaban aquí las cosas: con una mezcla de alivio y orgullo.
Cuando terminaron, Kuba me dejó su caballo para hacerme una foto con la cabra alzada sobre la montura. Era la forma de cerrar el círculo porque luego, sin ceremonia pero con una eficacia antigua, despellejaron la cabra, la vaciaron y la partieron. La mujer de Bek ya tenía a fuego lento un guiso de costillas con patatas; la casa olía a cebolla, a grasa y a té. Mientras el guiso se hacía, nos sentamos en la mesa. Andrea se quedó jugando con las niñas de Bek —dos niñas y un niño—, que le enseñaron sus cuadernos: páginas de simbología y dibujos donde hojas secas formaban la base, y ellas, con lápiz y paciencia, devoraban las formas hasta convertirlas en princesas o animales reales. Yo, en la mesa, me quedé con los chicos. Nadie hablaba bien inglés y entonces hice lo que hago en Sapa: mirar, escuchar, dejar que el idioma sea el gesto. Discutían jugadas, se reían de anécdotas del partido, cada cual imitaba su caída favorita. Me senté junto a Kuba; algo en mí se estremecía. Comimos. Una hora después, los chicos se marcharon sin ceremonia, como se van los amigos que volverán a verse al amanecer. No nos despedimos. Me quedé con un vacío enorme.
El maestro del águila (Nur Sultán)
Dormimos frente a la casa, agotadas: tres días a caballo y la intensidad del partido habían exprimido cada músculo.

Al amanecer, emprendimos el camino hacia el Fairy Tale Canyon, pero antes hicimos una parada que nunca olvidaré.
Habíamos contactado con Nur Sultán, un cazador de unos sesenta años que aún vestía la ropa tradicional kirguisa: gorro de fieltro, abrigo bordado y botas altas. Nos habían dicho que tenía una águila real con la que cazaba desde hacía décadas.
El camino hasta su casa fue una odisea. Media hora por una pista de piedras en la que pensamos que la furgoneta no sobreviviría; cada bache sonaba como un hueso al borde de romperse. Finalmente llegamos a la entrada de un homestay y con un mensaje nos pidió esperar allí unos diez minutos. No habíamos comido, así que abrimos unas latas de mejillones y unos picos, improvisando un aperitivo de carretera.
Al poco llegó Nur Sultán en un Mercedes de los años 80. Al acercarse, nos dimos cuenta de que el águila iba en el maletero. En los asientos delanteros viajaban sus dos hijas pequeñas, de rasgos marcadamente asiáticos y ojos claros, una belleza hipnótica, pura mezcla de estepa y montaña.
Condujo hasta una explanada donde ya había un caballo y un grupo de turistas observando una demostración. A lo lejos se veían perros cazadores, pero nosotras habíamos ido a ver al águila.
Nur Sultán sacó al ave con una delicadeza casi ritual. Nos explicó que el vínculo entre el maestro y su águila es único: el animal solo tiene un dueño en toda su vida. Cuando quieren criar uno nuevo, los hombres deben descender hasta los nidos situados en acantilados imposibles. Entre cinco cazadores, dos distraen a los padres y tres bajan con cuerdas hasta atrapar a la cría antes de que cumpla tres meses. Suena brutal, y lo es, pero él nos aseguró que las águilas suelen tener más de dos crías al año —normalmente una hembra y un macho— y que solo se lleva una, dejando a la otra para mantener el equilibrio natural.
Una vez adoptada, el águila vive con su dueño hasta veinte años. Comparten techo, rutinas y silencio. El hombre la alimenta, la entrena y le habla. A cambio, el ave caza para él: en una temporada puede abatir dos venados, diez zorros y varias yacas. Aprovechan todo: la piel para abrigarse, la carne para comer, tanto ellos como el propio animal. Cuando la relación alcanza los veinte años, el maestro la libera. La suelta en lo alto de una colina y ella echa a volar. Nunca vuelve. Busca pareja, y juntos se pierden en las montañas. “Los aguilas se olvidan de todo menos del viento”, nos dijo.
Entonces el cazador busca una nueva cría y el ciclo se repite.
Después vino la demostración. Un jinete subió con el águila a lo alto de un cerro mientras Nur Sultán esperaba abajo, sosteniendo una cuerda con una presa de zorro atada al extremo. Cuando el jinete la soltó, el ave descendió en picado con una velocidad sobrehumana, persiguiendo a su maestro hasta atrapar la presa en un estallido de plumas y polvo. Fue impactante.
Antes de despedirnos, Nur Sultán, que era tuerto, nos enseñó a tirar con arco. No nos contó cómo perdió el ojo, pero se notaba que era mejor tirador con la izquierda que con la derecha. Luego su hija tomó el arco y demostró que había heredado su puntería. Rió con orgullo. Nos devolvieron al coche y nos despedimos agradecidas.
Issyk-Kul y Skazka: lago “caliente” y nervios de radio
Volvimos a la carretera con el corazón aún agitado. El silencio de la furgo era casi reverencial. Media hora después, al salir del último tramo de piedras, el paisaje se abrió y el horizonte nos devolvió el color: el lago Issyk-Kul brillando al fondo como un espejo inmenso, y más allá, el polvo rojo del Fairy Tale Canyon esperándonos.
Issyk-Kul es “lago caliente”: no se hiela aunque lo cerquen montañas con nieve gran parte del año. Lo explican la salinidad, las corrientes, quizá manantiales cálidos; lo cuentan también las leyendas: la de una ciudad engullida por el agua después de una maldición, la de las lágrimas de una joven que lloró hasta llenar el valle, la de los cuarenta clanes que encontraron refugio junto a un espejo que nunca dormía. (Dicen que Kirguistán viene de kyrk —cuarenta— y yz —tribus—; que este es país de cuarenta soles, cuarenta montañas, cuarenta historias.)
En Skazka compramos un par de birras y nos sentamos con los nervios en los pies: en un rato nos entrevistaban por primera vez en la radio. Esperamos a que llamaran y comenzó la charla.
Al colgar, buscamos un sitio para dormir. Encontramos la entrada ancha de una casa con una tiendecita al lado y allí nos quedamos. Antes de cerrar los ojos escribí a Kuba: le mandé las fotos, le di las gracias y le dije que había sido una pena no poder despedirnos.
Residente para dormir. Cuenta cómo viaja por Asia Central para buscar de dónde viene, y hace un documental y un par de canciones con el viaje como hilo. Nos dimos cuenta de que habíamos pasado por muchas de esas regiones y nos entró esa mezcla de vértigo y pertenencia de los mapas que se pisan con las botas.
Bonus track: Konorchek y Bishkek
Por la mañana dimos una vuelta por el cañón y pusimos rumbo a verle. Íbamos hacia otro cañón, las Konorchek —o Cañones de Konorchek—.
Konorchek es una catedral de barro rojo tallada por el viento y la lluvia. Forma parte del desfiladero de Boom: un laberinto de agujas, arbotantes y anfiteatros de areniscas que cambian de color a medida que el sol se mueve. Los senderos se abren entre pasadizos estrechos y torrenteras secas; a veces te parece escuchar el rumor de un río que ya no está. Caminamos sin prisa, tocando con los dedos las paredes tibias, dándonos tiempo para entender la escala de ese paisaje.
Las tres horas siguientes Andrea hablaba conmigo desde el volante y yo le contestaba. No olvidaré ese viaje. Al entrar en Bishkek nos esperaba un apartamento de Airbnb. Andrea se metió en la ducha. Mientras el agua caía, me quedé un rato en ese cuarto suspendida, hasta que Andrea salió; entonces los nos fuimos a cenar al Morya Oyster Bar. Sonaba jazz con el piano en primer plano. Por un momento no estábamos en Bishkek: era Nueva York con una brisa de la estepa colándose por debajo de la puerta. Nos reímos del contraste vivido en pocas horas. Al terminar, Yantai apareció a saludar: acababa de cerrar su tour con los franceses y andaba por la ciudad. Fumamos un cigarro con él y nos volvimos a casa.
La despedida
Por la mañana salimos Andrea y yo a comprar desayuno;El siguiente destino era Almaty, con Alina. Solo esperaba calmarme durante el día que nos quedaba de descanso en casa, que a veces es la furgo, a veces una mesa de bar, a veces el hueco exacto entre dos manos que se tocan sin hacer ruido. No quería irme de Kyrguistan pero no iba sola, teníamos que seguir por mucho que yo quisiera detenerme una temporada allí.



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