Del desierto de Taklamakán a Chengdu
De Horgos a Urumqi
Cruzamos la frontera de Kazajistán a China por Horgos, y lo que imaginábamos como una gestión rutinaria acabó siendo un pequeño episodio de ciencia ficción.
La frontera china no es una frontera: es un universo paralelo con sus propias leyes, su propio idioma y su propio nivel de paciencia (el nuestro, sobre todo).
Nada más llegar, un funcionario con mascarilla nos pidió todos los papeles posibles y nos miró con la seriedad de quien va a desactivar una bomba.
Nos separaron enseguida: Andrea por un lado, yo por otro.
Mientras esperábamos, me pidió desplegar el mapa que había comprado en Kirguistán.
Uno de los agentes se acercó, lo miró de reojo y frunció el ceño.
En el mapa aparecía señalada la “Región Uigur Independiente”, algo que no gusta nada en esta parte del mundo.
El hombre me lo quitó con una mezcla de gesto mecánico y autoridad absoluta.
Lo dobló con calma, como si escondiera un secreto, y continuó con la inspección de la furgo.
Luego vinieron los controles. Primero los documentos, después las mochilas, y finalmente el coche.
Nos hicieron un test de saliva, de esos en los que no sabes muy bien qué buscan, pero lo hacen con tanto protocolo que no te atreves ni a preguntar.
Durante todo el proceso, la gente intentaba colarse en la fila con un descaro casi admirable: mujeres con bolsas, hombres con cajas, todos avanzando sin disimulo mientras los guardias fingían no verlo.
Nosotras, obedientes y con cara de “no queremos líos”, nos manteníamos en la cola como dos alumnas aplicadas.
En un momento dado, me dijeron que tenía que meter la furgoneta en un escáner gigante.
Imagina un túnel blanco, lleno de cámaras y luces, donde te hacen pasar sola mientras una voz metálica te grita órdenes en chino por unos altavoces.
No entendía nada.
Solo veía mi sombra dentro de un sistema que parecía más de aeropuerto espacial que de aduana.
Fue uno de esos momentos en los que te das cuenta de que estás muy lejos de casa.
Tras varias horas de papeleo, esperas y confusión, por fin nos devolvieron el coche. Zhao, nuestro guía, nos esperaba al otro lado con su eterna sonrisa y una calma que nos devolvió el alma al cuerpo.
—Welcome to China —nos dijo, como si acabáramos de aterrizar en otro planeta.
Y un poco así era.
Esa noche la furgo durmió en el parking de la jefatura de tráfico de Horgos. Nuestro guía nos llevó a un hotel. Solo queríamos duchar, comer y dormir. Todo el mundo en Horgos fue amabilísimo, incluso en medio de tanta burocracia. Nos ayudaron con una mezcla de curiosidad y calidez que rompía la frialdad del protocolo.
Nos alojamos en un hotel que parecía de ciencia ficción: luces azules, robots en recepción, camas enormes y agua caliente infinita. Cada una en su habitación. Yo caí rendida, el resfriado que llevaba arrastrando desde Kazajistán me noqueó. Andrea, más entera, bajó a cenar y acabó reservando otra habitación por unos 20 euros. Un cinco estrellas en toda regla, por el precio de una pensión.
⸻
Al día siguiente empezó la siguiente misión: convertirnos en conductoras legales en China.
Nuestro guía Zhao nos explicó que no podíamos circular sin pasar antes un curso obligatorio.
El “curso” resultó ser una maratón de vídeos de accidentes de tráfico, con escenas tan explícitas que harían temblar a cualquier adolescente europeo.
Era un método pedagógico directo: miedo puro.
Con esa dosis de trauma, continuamos la retahíla de procesos que había que seguir para poder comenzar el viaje por China.
Después nos llevaron al taller, donde el mecánico nos enseñó que el aceite de la furgoneta estaba, efectivamente, “muy negro”. Zhao se tomó la tarea como si se tratara de su propio coche: subió el vehículo con un gato enorme y me enseñó cómo se vacía el aceite, cómo se desenrosca la tuerca, dónde está el filtro… Una clase práctica en mitad del desierto de Xinjiang.
El filtro, por cierto, no pudimos cambiarlo: los modelos chinos no encajan con los europeos. Un buen resumen de lo que significa viajar por China: nada encaja, pero todo funciona de alguna manera.
Con el coche revisado, nuestro carnet chino recién impreso y una matrícula plastificada que parecía de juguete, estábamos oficialmente listas para conducir por el país más poblado del mundo.
⸻
La siguiente parada fue Kuytun, en la región uigur de Xinjiang.

Allí, la mezcla de culturas se percibe en todo: los mercados, los olores, la música, los rostros.
Los uigures son musulmanes de raíces turcas, y sus calles están llenas de vida, kebabs, pan recién hecho y tiendas con letras árabes.
Dormimos en el parking de un hotel, frente a un parque, y a la mañana siguiente me levanté temprano para ver cómo despertaba la ciudad.
A las ocho todavía era de noche.
El cambio de horario con Kazajistán era brutal: China tiene un solo huso horario oficial, el de Pekín, aunque esté a miles de kilómetros. Así que allí, el sol no salía hasta casi las nueve.
En el parque, grupos de gente mayor corrían, estiraban, bailaban con abanicos o practicaban taichí. Me fascinó la disciplina corporal que tienen, esa manera de cuidar el cuerpo como parte de la rutina diaria.
Mientras observaba, el aroma de los primeros desayunos empezó a llenar el aire.
Me acerqué a un horno donde una mujer sacaba empanadas metiendo medio cuerpo dentro de una tinaja caliente.
En otro local, el vapor salía de cajas de madera apiladas: dentro, un matrimonio y una abuela preparaban buns de carne. Me dejaron grabarles. Fue un momento de conexión pura.
En este viaje cada mirada compartida vale más que mil palabras.
Y China, sin entenderla del todo, ya empezaba a atraparme.
Andrea seguía dormida, recuperando fuerzas. Llevábamos más de un mes y medio en ruta, y el cuerpo pedía tregua.
Mientras ella descansaba, escuché un sonido a petardos en el parque. Fui a mirar: no eran petardos, sino un grupo de jubilados practicando “whip exercise” (甩鞭 shuǎibiān), un arte tradicional que consiste en mover un látigo hasta hacerlo chasquear como un trueno.
Me dejaron probarlo. El látigo silbó, el chasquido retumbó, y ellos se rieron conmigo. O de mí.
Fue igual de bonito.
Andrea despertó después de la primera noche en todo el viaje que dormía tantas horas seguidas. Se había tomado una pastilla para dormir —no las recomendamos, pero después de tantas noches en la furgo, a veces el cuerpo necesita un descanso sin interrupciones—. Es la gran foodie del viaje, una exploradora de sabores con más curiosidad que miedo. Tiene esa manera de acercarse a cada plato como quien abre un mapa nuevo. Gracias a ella probamos mil cosas que yo, de no ser por su empuje, cambiaría por sobres y latas. Quiso ir al restaurante al que yo había ido a primera hora, así que volvimos juntas, caminando entre el bullicio matutino. En la barra, ella pidió solo empanadillas: unas de puerro, otras de carne y algunas de mezcla. Probamos, comentamos, rebañamos la salsa hasta la última gota. Igual que yo disfruto de las mañanas, ella disfruta de las noches, así que entre las dos compaginamos los dos lados de cada ciudad por la que pasamos.
⸻
Con el ánimo renovado, fuimos al Cañón de Dushanzi, un espectáculo de la naturaleza con paredes gigantes que se precipitan hasta un río invisible.
La niebla cubría parte del paisaje, dándole un aire místico.
En la entrada habían montado un parque de atracciones natural, con tirolinas, puestos y selfie spots.
En China, la belleza sola no basta: hay que interactuar con ella.
Aun así, el cañón nos dejó sin palabras.
Por la tarde pusimos rumbo a Urumqi, la capital de Xinjiang.
Llegamos ya de noche, nos perdimos varias veces, cancelamos un hotel que no existía donde debía, y acabamos en otro más sencillo pero honesto.
China nos estaba poniendo a prueba desde el minuto uno,
pero también nos estaba regalando una lección de adaptación,
de paciencia y de curiosidad.
Y así, entre burocracia, vapor y chasquidos de látigo, comenzaba nuestra travesía por el gigante asiático.
De Urumqi a Chengdu
Llevábamos ya dos meses viajando pegadas, compartiendo una furgoneta, carreteras infinitas y silencios que a veces hablaban más que las palabras.
Dos meses sin distancia física ni emocional posible.
Despertar, desayunar, decidir, conducir, equivocarse, arreglarlo, volver a reírse.
Un ciclo diario en el que cada gesto cuenta, cada frase pesa, y cada mirada puede sostenerte o derrumbarte.
Viajar así no es solo desplazarse: es un experimento humano.
Un espejo constante en el que te ves reflejada en la otra persona.
Todo lo que eres —tu paciencia, tus miedos, tus límites— sale a la superficie.
Y lo mismo le pasa a quien te acompaña.
En los viajes largos no hay “espacio personal”, ni días neutros, ni forma de escapar de una conversación pendiente.
Se comparte el aire, el cansancio, el hambre, la euforia y el silencio.
Y a veces, inevitablemente, también el cansancio del otro.
Esta semana en China fue eso: una curva emocional.
De los desiertos de Xinjiang a los templos de Chengdu, pasamos por todas las geografías posibles: externas e internas.
Hubo días de ternura y otros de distancia. Momentos en los que la carretera se hizo tan larga como un silencio.
Pero también momentos en los que bastaba una mirada para saber que todo estaba bien.
No quiero entrar en detalles —no haría falta—, pero hubo una bronca épica.
De esas que no hacen falta traducir, porque el cuerpo las entiende antes que la mente.
Los días que siguieron fueron un ejercicio de humildad, de observarnos sin defendernos, de recordar por qué empezamos este viaje.
Y aunque suene cursi, al llegar a Chengdu sentí que habíamos cruzado algo más que kilómetros.
Habíamos cruzado una etapa.
Habíamos aprendido que convivir no es soportar, sino acompañar; que a veces amar también significa callar, dejar espacio, respirar.
Y que la amistad, igual que la carretera, se mide por las veces que se vuelve a arrancar después de parar.
URUMQI — La frontera entre mundos

Urumqi es una ciudad que no duerme del todo.
Ni moderna ni antigua, ni árabe ni china del todo, sino algo intermedio, como si todavía no hubiera decidido quién quiere ser.
Durante siglos fue uno de los puntos clave de la Ruta de la Seda, donde los mercaderes que venían del oeste descansaban antes de enfrentarse al desierto de Gobi.
Hoy, en lugar de caravanas, hay avenidas anchas, coches eléctricos y centros comerciales donde las pantallas gigantes sustituyen al polvo del camino.
Dormimos en un hotel del centro por unos veinte euros. Quisimos dormir en otro pero no llegamos a encontrarlo. Ubicarte en China es un reto continuo. Andrea bajó a buscar algo de arroz y yo me quedé frita nada más tocar la cama.
Por la mañana madrugué, y me di lo que más me está gustando de este viaje: mis paseos matutinos, esa manera silenciosa de penetrar en la vida social de cada lugar.
En todas las paradas hasta Chengdu he podido disfrutar de ese momento:
ver a la gente estirando en grupo, a los cocineros encendiendo sus primeros fogones, a los barrenderos dejando la calle lista para el resto del mundo, a las niñas caminando al colegio con mochilas enormes y sonrisas pequeñas.
Grupos de personas corriendo juntos, el vapor saliendo de las ollas, y las motos abrigadas con esas motomantas que tanto me fascinan.
Cada ciudad amanece con su propio ritmo, pero todas comparten ese instante de coreografía colectiva en el que el día empieza a respirar.
TURPAN — El tiempo detenido

El día en Turpan fue una inmersión en el polvo y la historia.
La ciudad, famosa por sus viñedos y por el sistema de canales subterráneos karez, sigue siendo un oasis literal en mitad del desierto.
Pasamos el día explorando los pueblos de arcilla y las antiguas tumbas de Astana, donde la tierra conserva los cuerpos como si el tiempo se hubiera detenido hace siglos.
El sol caía a plomo. El aire era tan seco que dolía al respirar.
Las mujeres con pañuelos blancos se sentaban en la puerta, los niños en bicicleta nos saludaban y se reían, y el olor a pan y polvo se mezclaba con el aire caliente.
Era una escena inmóvil, como si el mundo girara alrededor de ese pequeño trozo de desierto que se negaba a cambiar.
Esa quietud me conmovió.
Al caer la tarde, seguimos hacia Kumul.

⸻
CAMINO A KUMUL — El desierto y la sombra
La carretera se estiraba infinita frente a nosotras.
Llevábamos ya horas conduciendo cuando algo cambió el ritmo del viaje.
A nuestro lado, un coche avanzaba despacio, al mismo nivel.
El conductor miraba hacia dentro de su móvil, no hacia la carretera.
Tardamos unos segundos en entender lo que veíamos: estaba viendo porno mientras conducía.
Al principio nos reímos, con esa risa nerviosa que esconde incomodidad.
Pero pronto dejó de tener gracia.
El hombre empezó a jugar a adelantarnos y frenarse, acercándose una y otra vez, solo para que viéramos lo que estaba haciendo.
No de forma violenta, sino retorcida, casi calculada.
Depravados hay en todas partes, pero encontrarse uno en mitad del desierto chino tiene algo especialmente inquietante.
Paramos en un área de servicio, buscando distancia.
Él también paró.
Nos movimos más adelante, y movió el coche para volver a colocarse cerca.
Decidimos cambiar de lugar del todo. Yo estaba agotada y Andrea, con la calma que solo ella tiene, tomó el volante.
Al rato, volvió a aparecer en nuestra carretera.
Y en un gesto tan absurdo como repugnante, giró el móvil hacia nosotras, enseñándonos la pantalla.
Un rato después, desapareció.
Nosotras seguimos, con el estómago revuelto y el cuerpo tenso.
Era la primera vez en todo el viaje que sentimos miedo real.
Esa noche dormimos en un hotel en Kumul, sin hablar mucho.
Solo queríamos cerrar la puerta, ducharnos y apagar el día.
A veces los viajes no solo te muestran lo mejor del mundo, sino también lo peor.
⸻
JIAYUGUAN — Donde termina la muralla

A la mañana siguiente, el sol nos devolvió un poco de paz.
Yo me quedé trabajando y Andrea fue a darse un paseo por la ciudad. Volvió contando maravillas y rarezas: había encontrado una avenida interminable llena de restaurantes, todos cerrados, sin un alma. Eran las once de la mañana y el contraste la fascinó: calles preparadas para el bullicio, pero en silencio. Las puertas abiertas mostraban grandes vitrinas con cubetas de casquería, ostras y pescados de todos los tamaños, esperando a que alguien les diera vida unas horas más tarde.
“Mucha ostra, mucha casquería… pero ni un cliente”, me dijo riéndose.
Esa escena la dejó pensando —y a mí también— en cómo cada país tiene su propio reloj. Allí, a esa hora, la ciudad parecía dormida, pero se notaba que en unas horas estallaría el movimiento: cocinas humeantes, voces, cacerolas, vida.
Andrea tiene ese don: ver el mundo a través del detalle, encontrar belleza en lo que parece fuera de lugar.
Cuando terminé fuimos a ver la Gran Muralla China en Jiayuguan, el punto donde, durante siglos, terminaba el Imperio.
Esta fortaleza fue construida en el siglo XIV y servía como la última defensa antes del desierto.
Más allá de esa puerta, empezaba lo desconocido.
Caminar por esos muros fue como tocar la historia con las manos.
El viento era seco, pero no frío; sonaba como si arrastrara voces antiguas.
Me impresionó pensar en todos los que cruzaron esta muralla sin saber si volverían.
Nosotras la cruzábamos al revés: desde el oeste hacia el este, siguiendo el camino que miles de comerciantes, exiliados y soñadores recorrieron antes.
La muralla era más que piedra. Era frontera, símbolo, advertencia y refugio.
Y allí, en medio de esa inmensidad, volvimos a respirar.
Esa tarde condujimos hacia Jiuquan, y dormimos en el parking de un restaurante.
Yo estaba agotada.
Intenté dormir, pero no lo conseguí.
Abrí una botella de vino esperando que me sirviera de somnífero, pero ni eso funcionó.
El cuerpo estaba cansado, pero la cabeza no encontraba descanso.
Al amanecer, salí a caminar.
Mis paseos matutinos se han convertido en mi terapia.
Los mercados de Jiuquan fueron de los más auténticos que he visto:
hombres limpiando pescado sobre cubos, mujeres vendiendo montañas de verduras, olores de pan frito, especias y humo.
Había ruido, movimiento, vida.
Y esa vida, a esa hora, me curó un poco.
Andrea me recogió más tarde, y seguimos rumbo a Zhangye.
⸻
ZHANGYE — El color de la reconciliación
El sol bajaba cuando llegamos a las montañas de colores de Zhangye Danxia.
El paisaje parecía una pintura viva: franjas rojas, ocres y naranjas que se encendían con la luz del atardecer.
Nos quedamos un rato en silencio mirando.
De repente, Andrea me miró y dijo:
—“Oye, puede ser una locura… pero ¿y si vamos a la ciudad?”
La miré.
Y sin pensarlo, le dije:
—“Estaba pensando lo mismo. Estoy hasta los cojones del National Geographic.”
Nos reímos.
Y en esa risa cabía todo lo que necesitábamos: aire, cambio, ligereza.
Nos pusimos dos cafés fuertes, música alta y carretera.
Queríamos ciudad, gente, ruido, camas, luces.
Dejamos atrás Lanzhou sin mirar atrás, decididas a llegar a Chengdu.
Las áreas de servicio chinas son un espectáculo sociológico:
camioneros haciendo estiramientos, gente preparando noodles en dispensadores de agua hirviendo, todo el mundo fumando y hablando alto.
Nos encantan esas paradas. Son como ventanas a la vida cotidiana.
Dormimos unas horas en una de ellas, a unas seis horas de la ciudad, entre el ruido de camiones y el ansia de llegar.
⸻
CHENGDU — La tregua
Entramos en Chengdu de noche.
La ciudad brillaba, húmeda, viva.
Fuimos directas al hotel: una habitación preciosa, con una bañera enorme.
No hizo falta pensar. Nos metimos debajo del agua caliente, dejamos caer el cansancio, y después nos tiramos en la cama.
Llevábamos más de sesenta días durmiendo en la furgoneta, y por primera vez teníamos cuatro días por delante en el mismo sitio.
Chengdu fue una pausa.
Una tregua con el viaje, con el cuerpo, con la mente.
Dormir, comer bien, pasear sin rumbo.
La ciudad tiene un ritmo propio: lento, elegante, amable.
Huele a picante, a jazmín y a lluvia.
La gente toma té en los parques, juega al mahjong, sonríe.
Hay pandas, bambú y silencio interior.
Durante tres días fuimos dos viajeras convertidas en humanas otra vez.
Descansamos, escribimos, reímos.
Nos reconciliamos con el viaje y con nosotras mismas.
A veces los viajes largos no te cambian porque veas mucho,
sino porque aprendes a quedarte quieta y entender lo que has visto.



Replica a Anónimo Cancelar la respuesta