Chengdu: La ciudad que respira despacio en medio del caos.
Después de tantas carreteras, montañas y desiertos, Chengdu fue un bálsamo.
Una ciudad que no empuja, que te deja llegar sin exigirte nada.
Aquí el ritmo cambia: el aire huele a jazmín y picante, los árboles rozan los cables de luz y la gente parece tener tiempo para mirar el cielo.
Por primera vez en todo el viaje, no había prisa.
Cuatro días en el mismo lugar: una eternidad para dos viajeras que llevaban dos meses midiendo la vida en kilómetros.
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Día 1 — Paseos, templos y budas urbanos
Nos despertamos tarde, sin alarma, y salimos a caminar por Chunxi Road, el corazón comercial de la ciudad: luces, rascacielos, motos, aromas. Esa mezcla que te recuerda que estás viva.
En medio del bullicio, casi escondido entre escaparates y tiendas de lujo, entramos en un monasterio. Desde fuera apenas se oía, pero dentro había una calma densa, dorada. Nos tocó la suerte de escuchar una misa, el canto grave de los monjes mezclándose con el de los asistentes y con el murmullo del tráfico que se colaba por la puerta. El cántico entraba en oleadas —voces bajas, una campana que marcaba el pulso, madera contra madera—, y poco a poco los fieles se fueron sumando hasta que la sala entera respiró al mismo ritmo. Mis entrañas también: como si cada repetición aflojara un nudo. No había espectáculo, había entrega. Me quedé observando a una señora que intentaba rezar concentrada, ajena al ruido, con una fe serena que imponía respeto. Andrea grababa cada detalle: las luces, los cánticos, los gestos mínimos. Las dos estábamos fascinadas. Era como si la ciudad entera se detuviera solo para dejarnos escuchar.
Cuando salimos, seguimos caminando sin rumbo y, sin darnos cuenta, llegamos al barrio tibetano. Del ruido y el turismo pasamos a otra dimensión: calles estrechas con banderas de oración ondeando, tiendas de artesanía y olor a incienso recién encendido. El aire parecía más lento, el tiempo más blando. El ruido del tráfico quedaba lejos, como si la ciudad bajara el volumen por respeto. Los monjes caminaban por las calles haciendo lo cotidiano: compraban té, hablaban por teléfono, esperaban su turno. El barrio estaba teñido de rojos, naranjas y ocres: chaquetas, túnicas, abrigos; rosarios de madera, cuencos de canto, budas dorados. Estaba fascinada. No pude evitarlo y me compré un tapiz de Tara the Saviouress. Tara —me contaron— es la gran protectora, una buda femenina que nació de la compasión: dicen que surgió de una lágrima de Avalokiteśvara para socorrer a quienes sufren. Es la que actúa rápido, la que libra de miedos y abre camino a los viajeros. A veces es verde, otras blanca; en una mano promete refugio, con la otra ofrece el gesto de dar. Me gustó pensar que, colgado en mi casa, ese tapiz sería una pequeña promesa de paso seguro.
Por la noche fuimos a cenar en un restaurante local. Nos sentamos al lado de varios grupos de amigos que hablaban alto y reían con la boca llena. Muchos de ellos con gafas de “culo de vaso”; nos sorprendió ver tanta gente con cristales tremendamente gruesos. A Andrea le encantó la salsa que acompañaba uno de los platos y, con su curiosidad incesante, fue hasta la cocina a preguntar cómo la hacían. Volvió sonriendo, con una lista de ingredientes apuntada en el móvil y la promesa de reproducirla en casa. La cocinera al principio no quería dársela, pero, gracias al traductor, Andrea le explicó que era chef y que la quería de verdad. Yo, mientras tanto, observaba a la gente comer, servir, reír. El restaurante se iba llenando; empezamos solas y de repente estaba lleno. Belleza en el caos perfectamente orquestado. Chengdu nos atrapó desde ese primer día.
Esa noche, de camino al hotel, me entró un deseo nuevo: ir al Tíbet. No sé si fue el incienso o la serenidad de las oraciones, pero algo en el aire me llamaba a montaña. China hace eso: abruma, y al mismo tiempo despierta en ti lugares que no sabías que existían.
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Día 2 — La ciudad por dentro
El segundo día fue lento.
De esos que no necesitan plan, solo calle.
Caminamos sin mapa, sin destino, dejándonos llevar por lo que la ciudad nos regalara.
En un parque vimos jubilados jugando al mahjong, golpeando las fichas con esa mezcla de estrategia y teatralidad que solo ellos dominan.
Los vendedores de brochetas preparaban el fuego, abaniqueaban las brasas y alineaban las carnes y verduras con una precisión hipnótica.
Chengdu respira sin ruido, pero con presencia. Es una ciudad que te acompaña, no que te arrastra.
Más tarde entramos en uno de esos mercados turísticos que mezclan puestos tradicionales con tiendas modernas. Entre souvenirs, tés y abalorios, me dio por hacer algo que sí tenía pensado desde hacía días: una limpieza de oídos profesional.
En China, este ritual es cultura pura, casi una ceremonia sensorial, y yo llevaba tiempo fijándome en cómo lo hacían.
Me senté en una silla baja mientras una mujer con manos finísimas desplegaba un arsenal de herramientas metálicas:
pinzas delgadas, varillas larguísimas, plumas suaves, cepillitos delicados, microcampanillas.
Parecía más una joyera que una esteticista.
Empezó despacio.
Primero, unas varillas ligeras que apenas rozaban la entrada del oído, como si me estuviera traduciendo por dentro.
Después, unas plumas ultrasuaves recorriendo los bordes, un cosquilleo que me D dbajó directo por la espalda.
Luego vinieron los cepillos vibrantes, que emitían un sonido suave, casi eléctrico, capaz de erizarme el alma.
Y de pronto, un gesto con una de las herramientas —no sabría decir cuál— me atravesó entera:
una sensación casi orgásmica, profunda, cálida, inesperada, como si me hubieran pulsado un nervio escondido en el centro del cráneo.
Mientras todo esto pasaba, la gente caminaba por la avenida central del parque, viendo a quienes estábamos sentados con la cabeza ladeada en manos de los limpiadores.
Era una escena surrealista: yo en trance absoluto, la mujer trabajando con una precisión de cirujana, y decenas de curiosos mirando de reojo al pasar.
Andrea se reía cada vez que nos cruzábamos la mirada.
Andrea, mientras tanto, estaba en una silla apoyada en una mesa de pared.
Desde donde yo estaba podía verla perfectamente: la masajista le daba golpecitos rápidos en la espalda, y luego la sacudía de un lado a otro, primero un brazo, luego el otro, después el centro, el cuello, y vuelta a empezar con una coreografía casi militar. Salimos de allí flotando.
Yo con el oído como nuevo; ella con la espalda suelta.
Por la tarde fuimos a la famosa Ópera de Sichuan. Yo esperaba solemnidad y me encontré con un teatro vivo, casi doméstico. Cortinas rojas, luces amarillentas y un cartel que ofrecía: “Entrada + masaje de cuello o limpieza de oídos.” Nos reímos sin disimulo. Y por supuesto, las dos optamos por el masaje Era tan absurdo como encantador. Mientras los artistas alternaban canto, sombras chinas, malabares y el asombroso “cambio de máscara”, por los pasillos pasaban señores ofreciendo tazas de té. Era una mezcla perfecta entre tradición y cotidianeidad, entre ceremonia y barrio. Y en medio de todo eso, el arte seguía siendo arte. El público aplaudía, y yo pensaba en cómo esta ciudad logra equilibrar la intensidad y la calma como si fueran lo mismo.
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Día 3 — Cartas, generosidad y despedida
Tocaba lo aplazado: escribir postales. Nos pasamos la mañana en el hotel, la tinta corriendo. Cada nombre era una historia, cada frase un pedazo del viaje. Era un acto lento, casi ritual. Tocaba acordarse y agradecer a la familia, a las amigas, a todo ese círculo que da sentido a tu vida.
En mitad de ese silencio, Andrea abrió su móvil: había subido el día anterior un “Buy me a coffee” por probar suerte, y el teléfono no paraba de vibrar. Cafés desde Argentina, Valencia, Madrid… Gente también que no nos conocía, pero quería formar parte de este viaje. Nos quedamos mirándonos, sin palabras. Después de tantos días de cansancio y burocracias, esa ola invisible de cariño nos devolvió la fe en la humanidad. Viajar te vuelve vulnerable, pero también te enseña a recibir.
Esa noche lo celebramos en el restaurante que Andrea llevaba días rastreando. La comida fue deliciosa, pero más aún la sensación de estar allí gracias a la generosidad de desconocidos. Brindamos por ellos, por todos los que nos acompañan sin saberlo. Y volvimos al hotel con el corazón lleno y la mente en silencio. No sin antes de que Andrea se metiera a bailar en una clase improvisada en mitad de la calle. Por primera vez en mucho tiempo, no había que llegar a ningún sitio. Estábamos donde queríamos estar.
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Salida de Chengdu — Rosalía, mis abuelos y los hilos invisibles
Salimos de Chengdu hacia Chongqing, pero antes dormimos junto a la base de conservación de pandas. El lugar fue puro sosiego: bambú, silencio y ese aire que huele a lluvia vieja. El de seguridad del parking se acercó a nosotras porque le sorprendía nuestra matrícula. Le explicamos de dónde veníamos. Se quedó fascinado, su cara lo decía todo. Allí estábamos, en un parking exterior en la puerta del parque con vistas a toda la ciudad. La víspera fue especial. Esa noche teníamos una gran cita: la llamada de Paco para entrevistarnos en Tiempo de Juego. Yo llevaba años escuchando ese programa cada fin de semana. Y, de pronto, ahí estaba, con la voz temblando, contando nuestro viaje en directo. La entrevista fue mágica. Me tropecé en alguna respuesta, pero la emoción era real.
Esa misma semana había salido LUX, el nuevo disco de Rosalía, y me removió por dentro.
Su manera de hablar de lo sagrado desde lo humano, de la luz desde lo terrenal, me tocó una fibra profunda.
Sentí que hablaba de lo mismo que yo vivo cada día en la carretera:
una espiritualidad que no se busca en los templos, sino en los kilómetros.
Conducir tanto, cruzar montañas, atravesar desiertos, ver amaneceres en marcha…cada tramo es una plegaria.
Yo rezo mientras conduzco.
A veces en silencio, a veces en voz baja.
Rezo por seguir viva, por saber mirar, por no olvidar quién soy ni quién me acompaña aunque ya no esté.
Las horas al volante se vuelven meditación.
La línea del asfalto se convierte en mantra, los paisajes en páginas de un libro infinito.
Ahí, entre la carretera y el pensamiento, encuentro una calma que no se parece a nada.
No necesito cerrar los ojos para entrar en mí: los abro más que nunca.
Medito mientras avanzo, con la mirada fija en el horizonte, con el cuerpo cansado y la mente despierta.
Y mientras leo la historia de cada sitio que cruzamos —sus guerras, sus costumbres, las vidas que lo habitaron antes — siento que algo se enciende dentro.
No es solo curiosidad: es comunión.
Hay lugares que rezan solos.
Ciudades que guardan una memoria invisible.
Cada piedra, cada nombre, cada gesto humano me enseña algo.
Y en esa mezcla de pasado y presente, de movimiento y escucha, se va tejiendo mi propio credo.
Llevo años viajando y siento que estoy cocinando algo, sin prisa, sin receta, pero con propósito.
Una voz, una forma de entender el mundo.
Un oficio que une volante y cuaderno, camino y palabra.
Estoy aprendiendo a mirar con más hondura, a escribir sin impostura, a dejar que la carretera dicte el ritmo.
Es un aprendizaje lento, como todo lo que merece quedarse.
Cada frontera suma un matiz; cada conversación, un capítulo; cada silencio frente al parabrisas, una lección.
He soñado toda mi vida con contar el mundo,
y ahora siento que lo estoy haciendo de verdad: sin pose, sin distancia,
con las manos manchadas de polvo, con el corazón abierto y con la certeza de estar, por fin,donde tenía que llegar.
En esa conexión pensé en mis abuelos, Miguel y Chus, que se han ido los dos en menos de un año.
El padre de mi madre y la madre de mi padre.
Mis padres los adoraban, y esa devoción me la han transmitido.
Y ahora entiendo por qué: recordar es la forma más pura de amor.
Cada vez que cruzo una frontera o me asomo a un paisaje nuevo, siento que ellos también lo están viendo.
No como fantasmas, sino como presencia.
Están ahí, callados, guiando.
Mi abuelo Miguel era arquitecto, ambicioso y constante.
Tenía ese tipo de pasión que roza la obsesión, esa entrega total al oficio que puede parecer dura desde fuera, pero que por dentro es pura fe en lo que se crea.
Mi madre, que siempre entendió el lenguaje del esfuerzo, aprendió a quererlo tal como era.
Eran parecidos —de carácter fuerte, exigentes, pero con ternura escondida—.
Tozudos, intensos, apasionados.
Los últimos años, mi madre se ocupó de él con una paciencia infinita: lo acompañaba a pasear hasta donde el cuerpo le permitía, lo escuchaba repetir sus batallas una y otra vez, y yo, cuando estaba con ellos, escuchaba también.
No por compromiso, sino por devoción.
Hay algo sagrado en oír a quien ya lo ha vivido todo.
Bendito regalo tener un abuelo y una madre así.
Mi padre también adoraba a su madre, mi abuela Chus, y no se despegó de ella en los últimos años.
Era su hijo pequeño, su hijísimo.
Mi padre me enseñó entonces lo que significa la devoción verdadera: esa forma de amor que no pide nada, que solo cuida.
Mi abuela lo miraba con una ternura que nadie más le ha mirado nunca.
Quizá la que más se le acerca soy yo, pero ni siquiera así.
Ella lo quería con una intensidad limpia, antigua.
Mi abuela era una abuela en toda regla.
Tenía esa risa contagiosa que llenaba la casa y que ha pasado de generación en generación.
Los De Gregorio son risa.
Risa alta, sincera, desbordada.
Sus últimos meses los pasé con ella, a su lado.
Vi la muerte muy de cerca.
Vi cómo, poco a poco, se iba al cielo a regañadientes, porque aunque tenía casi cien años, ella quería seguir.
Fue una despedida dura y tierna.
Nunca había experimentado algo tan humano.
Algo de ella vive en mí, y cada vez que me río sin poder parar, sé que es ella la que se cuela por mi garganta.
Y con esa misma devoción con la que mis padres miraban a los suyos, yo les miro a ellos.
Este viaje me lo recuerda como una melodía en modo repeat.
Hay días en que el volante me lleva directo a su memoria: las voces, los gestos, la forma en que el amor se hereda sin darse cuenta.
Y también está Adang, mi amigo del alma.
Él fue parte de mi vida durante años en Batu Karas, donde construimos una rutina, una paz, una familia improvisada.
Cuando se fue, algo se rompió.
Pero el tiempo y el viaje me enseñaron que la muerte no es una pared, sino una frontera que se cruza sin equipaje.
Al principio creí que el duelo era silencio; luego entendí que es conversación.
Conduciendo, les hablo.
En los cambios de luz, escucho.
A veces la ausencia pesa como una piedra; otras, empuja como el viento a favor.
Los llamo ángeles, aunque no por fe, sino por presencia.
No me protegen de todo; me recuerdan quién soy cuando dudo.
Me enseñan que vivir también es seguir el camino por ellos, con ellos, sabiendo que en cada curva, en cada amanecer nuevo, siguen viajando conmigo.
Esa noche dormí poco. Entre la emoción de la entrevista, el eco del disco y la presencia de mis abuelos, me costó apagar el motor interno. Al amanecer, arrancamos rumbo a Chongqing, con el alma en paz y los ojos llenos de niebla.
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Llegada a Chongqing — Donde dos ríos se encuentran
Llegamos a Chongqing al mediodía. Una ciudad que te recibe sin saludarte.
Donde el Yangtsé y el Jialing se abrazan con dos colores distintos que tardan en mezclarse.
Sus montañas, su niebla, sus puentes interminables.
Una metrópolis en vertical: autopistas que atraviesan edificios, escaleras mecánicas que suben entre barrios empinados, ríos que parecen avenidas.
La historia se siente en cada muro.
Durante la guerra contra Japón, Chongqing fue capital provisional de la China nacionalista; por eso hay túneles antiáreos, placas, cicatrices.
Su nombre significa “Doble celebración”, bautizada así en el siglo XII.
Aquí el pasado no está quieto: respira entre el hormigón.
Por la noche caminamos por Hongyadong: palafitos iluminados, madera suspendida sobre el río, familias cenando al borde de un precipicio urbano que parecía de mentira.
Cenamos en un restaurante dentro de un centro comercial, en Hongya Cave.
Al salir, miles de personas observaban las luces del edificio como si fuera un espectáculo.
Un estruendo de ruido, de vida, de cámaras grabando todo.
Nos abrumó.
Volvimos al hotel en silencio.
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Día siguiente — Chongqing por dentro
A la mañana siguiente nos levantamos temprano y empezamos a caminar por un parque a las afueras de la ciudad.
Allí grabé mis imágenes favoritas desde que entré en China:
un grupo de señoras jugando a las cartas con una concentración seria y divertida al mismo tiempo,
y unos señores mayores envueltos en una partida de dominó tan intensa que parecía una competición mundial.
El parque estaba vivo.
Música suave, gente paseando, niños corriendo, conversaciones cruzadas.
Una ciudad entera empezando el día a su ritmo.
Seguimos andando y vimos una de las escenas más emblemáticas de Chongqing:
un tren atravesando un edificio, literalmente, como si fuera lo más normal del mundo.
Nosotras no podíamos dejar de mirarlo.
Era la definición perfecta de esta ciudad: capas, alturas, decisiones urbanas que desafían toda lógica y, aun así, funcionan.
Después sí, llegamos a la Plaza del Pueblo.
Ahí pedí un café servido por un robot, mientras alrededor las personas mayores ocupaban cada banco que rodeaba los árboles.
El tiempo parecía doblarse allí: tecnología futurista y vida cotidiana en absoluta armonía.
Cada imagen merecía detenerse unos minutos.
Más tarde probamos el famoso hot pot de Chongqing, fuego líquido que entumece la lengua y despierta la risa.
Esta ciudad es eso: fuego y función, monstruo y refugio.
Continuamos caminando sin darnos cuenta del desnivel brutal que marca la estructura de Chongqing.
En una plaza, al avanzar hacia el otro extremo, descubrimos que bajo nuestros pies había otra ciudad entera.
Una planta más abajo… y otra… y otra.
Escaleras, rampas, laberintos verticales.
Desde arriba parecía solo una explanada; desde abajo, un acantilado urbano.
Así es Chongqing: si das dos pasos sin mirar el mapa, cambias de altura sin darte cuenta.
Al día siguiente , Andrea decidió seguir explorando y se recorrió media ciudad.
Yo, en cambio, me quedé en el hotel pasando los vídeos de la cámara al ordenador, ordenando archivos, respirando un poco, dejando que la cabeza se calmara.
Necesitaba ese descanso.
Y también necesitaba mirar las imágenes para entender y procesar todo lo que llevamos vivido y grabado.
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Me sentí pequeña y, a la vez, acogida.
Porque después de Chengdu, donde aprendí la pausa, aquí entendí que el vértigo también puede ser hogar.
Conduciendo hasta aquí había pensado que la tranquilidad era silencio.
Pero no:
a veces la tranquilidad es simplemente saber que el camino te sostiene.



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