De la frontera china a Nong Khiaw
Primera frontera sola.
Solo escribirlo me vuelve a apretar el estómago.
Tenía al guía conmigo para hacer el papeleo, pero, en realidad, en el momento de la verdad me sentí completamente sola: mi furgoneta, mi pasaporte y yo, frente a una ventanilla donde un sello podía decidir si mi sueño de llegar a Laos y luego a Vietnam seguía vivo… o se quedaba ahí, en aquel puesto perdido entre montañas chinas.
Tenía miedo de que no me dejaran pasar.
Miedo de que encontraran “algo”, de que alguna norma absurda, algún papel mal rellenado, algún sello olvidado en otra frontera tirara por tierra todos los kilómetros que llevaba encima.
Mientras esperaba, sentía la adrenalina correrme por las venas: manos sudando, el corazón a golpes sordos en el pecho, la cabeza repitiendo “por favor, por favor, por favor”. El guía hablaba con los agentes en su idioma, yo intentaba leer gestos, miradas, cualquier indicio.
Ese limbo raro donde ya no estás, pero todavía no te has ido. El último control, las últimas miradas, el silencio espeso de los edificios administrativos. Todo ordenado, todo gris, todo extremadamente serio. Nadie sonreía . Nadie tenía prisa. Yo sí.
Me pidieron documentos que ya había enseñado mil veces. Pasaporte. Papeles del coche. Permisos. Sellos sobre sellos. Cada hoja que pasaba de mano en mano era un pequeño infarto. Cada pausa, una película entera montándose en mi cabeza: algo falta, algo no cuadra, algo se va a torcer.
Cuando por fin me sellaron la salida de China, no sentí alivio inmediato. Sentí vacío.
Ese segundo en el que estás oficialmente fuera de un país… pero todavía no has entrado en ninguno. Tierra de nadie. Literal y emocional. Echaba de menos tener a Andrea. La hablaba como si estuviera allí conmigo.
Avancé unos metros con la furgoneta, sonreí. Paré. Y empezó Laos.
Los controles laosianos eran otra cosa. Menos estructura, más intuición. Edificios más pequeños, más ruido alrededor, gente mirando con curiosidad tranquila. Cada gesto me parecía significativo, cada conversación demasiado larga.
Me bajé del coche. Me volvieron a pedir todo.
Pasaporte otra vez.
Papeles otra vez.
Esperar otra vez.
El calor empezaba a notarse. El sudor bajándome por la espalda. El cuerpo aún sensible después del ayuno, como sin capa protectora. Todo entraba más fuerte: los sonidos, el polvo, las miradas. Me sentía expuesta, como si llevara un cartel invisible que dijera “primera frontera sola”.
Había momentos de silencio incómodo.
Momentos en los que nadie hablaba y yo entendía demasiado.
Pensé seriamente que podían no dejarme pasar. No por nada concreto, sino por todo. Por ir sola. Por ser mujer. Por el coche. Por venir de China. Por no saber exactamente qué. Ese miedo absurdo y primitivo que no se razona, solo se siente.
Y ahí estaba yo, intentando parecer tranquila, apoyada en la furgoneta como si hiciera esto todos los días.
Entonces ocurrió.
Y entonces, el sonido más bonito del día:
el golpe seco del sello sobre el pasaporte.
No fue espectacular. No hubo música. No hubo miradas cómplices. Fue un clac breve, administrativo, casi indiferente. Pero a mí me atravesó entera.
La barrera se levantó.
No rápido.
No solemne.
Se levantó despacio, como dándome tiempo a entenderlo.
Entré en Laos.
Celebré.
Grité.
Sonreí.
Lloré.
Luang Prabang tiene algo que amortigua los golpes. No te los quita, pero los suaviza. Es una ciudad que ha sido capital, monasterio y refugio, todo a la vez. Durante siglos fue el corazón del reino de Lan Xang, el mismo que dio nombre a Laos, cuando el Mekong era eje de poder y no frontera. Aquí residieron reyes, aquí se guardaron reliquias sagradas, aquí se construyó una identidad profundamente ligada al budismo theravada.
Respiré.
Un respiro largo, profundo, casi torpe. Como cuando llevas tanto tiempo aguantando el aire que al soltarlo te mareas un poco. Sentí cómo el cuerpo se descomprimía desde dentro. Los hombros bajaron. El pecho se abrió. El estómago dejó de doler.
Arranqué la furgoneta.
Miré la carretera delante.
Y supe que algo había cambiado.
No porque Laos fuera mejor o peor.
Sino porque había cruzado sola.
Y estaba al otro lado.
Entré en Laos con una mezcla brutal de alivio y subidón. Sentí la entrada en el país como si me enchufaran a 220V: estaba viva, despierta. Todo era nítido: los colores, los olores, el ruido del motor, hasta el polvo en el aire.
Entraba en un país que siempre ha vivido entre imperios, pero que nunca ha dejado de ser él mismo. Laos, el antiguo Lan Xang, el Reino del Millón de Elefantes, nacido en el siglo XIV a orillas del Mekong, cuando este río no era una frontera sino una columna vertebral. Un territorio moldeado más por el agua y la selva que por las líneas rectas de los mapas.
Un país que fue absorbido, dividido, colonizado. Primero por reinos vecinos, luego por Francia, más tarde por guerras que no eran suyas pero que se libraron sobre su tierra. Laos fue uno de los países más bombardeados de Asia sin estar oficialmente en guerra. Todavía hoy, bajo esta tierra roja que pisaba por primera vez, siguen escondidas bombas sin explotar. Quizá por eso aquí todo se hace despacio. Con cuidado. Con una paciencia que no se aprende, se hereda.
Mientras conducía los primeros kilómetros, pensaba en eso: en cómo un país tan golpeado había aprendido a no endurecerse. A no levantar la voz. A no imponer. Laos no te recibe con grandes gestos ni con promesas. Te recibe dejándote pasar. Observándote. Dándote espacio.
Y yo, que venía acelerada de fronteras duras, controles interminables y carreteras que exigían estar siempre alerta, sentí que algo dentro se aflojaba. Como si el país me dijera, sin palabras:
Ya estás aquí, no hace falta correr
El Mekong seguía ahí, como llevaba siglos, viendo pasar reinos, colonizadores, guerras y viajeros. Y yo entraba en Laos no solo como una más, sino como alguien que, sin saberlo todavía, estaba entrando en el único lugar capaz de sostenerme cuando todo lo demás se desmoronara.
Pero Laos no me iba a dejar relajarme tan rápido.
Las carreteras eran un infierno. Barro, baches, piedras, tramos en los que dudaba de que aquello se siguiera llamando “carretera”. Tuve que parar a hinchar las ruedas, con las manos ya manchadas de tierra y el cuerpo salpicado de barro hasta las rodillas. Cada metro era una negociación con el terreno:
¿Paso? ¿No paso? ¿Se hunde? ¿Aguanta?
Yo pensaba que en algún momento el asfalto mejoraría, que en algún punto empezaría esa carretera bonita y perfecta que me llevaría directa a Luang Prabang… pero cuanto más avanzaba, más claro veía que llegar ese día era imposible. El mapa podía decir una cosa; la realidad de Laos decía otra muy distinta.
Y, sin embargo, en mitad de aquel caos de barro y curvas, algo dentro de mí se fue encendiendo.
Lo rural me enamora.
Las aldeas de madera asomando entre la vegetación, las casas sobre pilares, el humo de los fuegos mezclándose con la neblina, los perros cruzando sin prisa, los niños descalzos jugando al lado de la carretera, saludando a la furgoneta como si fuera un ovni.
Las mujeres Hmong de Laos, con sus vestidos tradicionales, sus cestos a la espalda, caminando por los arcenes como si el tiempo tuviera otro ritmo allí. Yo pasaba lenta, esquivando baches, y ellas seguían su vida como si mi presencia fuera solo un paréntesis de ruido.
Todo eso lo vi en unas 9 horas y 170 km, desde la frontera hasta Nong Khiaw, como si me hubieran puesto una película acelerada de otro mundo. Al llegar, estaba agotada, manchada de barro, con la espalda rota… y, al mismo tiempo, completamente viva y conectada.
Cuando llegué, lo único que quería era un hotel.
Uno cualquiera. Cuatro paredes, una ducha, una cama limpia. Estaba cubierta de barro hasta las cejas y llevaba más de seis días durmiendo en áreas de servicio, parando donde se podía, sin ritual de cierre, sin descanso real.
Pero ya era tarde. Y al día siguiente tenía que salir temprano hacia Luang Prabang. Así que empecé a asumirlo: otra noche más con Nolichikaki.
Encontré un sitio al lado de la calle principal. Nada idílico. Nada silencioso. Cerca había una feria improvisada, luces de colores, música saturada y un ejército de niños corriendo de un lado a otro como si el día no se fuera a acabar nunca. Dudé unos segundos. “Aquí no voy a dormir”, pensé. Y aun así, me quedé.
Abrí el portón.
Saqué la cocina.
Puse a calentar un caldo.
Ese gesto tan simple —abrir, cocinar, encender el fuego— fue como volver a casa, aunque no supiera muy bien dónde estaba. El vapor empezó a subir y, con él, llegaron ellos.
Primero uno.
Luego dos.
Luego cinco.
Niños. Muchos. Descalzos, curiosos, mirándome como si yo fuera parte del espectáculo de la feria. No preguntaban. Observaban. Cada movimiento mío era digno de estudio: cómo encendía el hornillo, cómo removía el caldo, cómo me sentaba en el borde del portón.
Yo estaba cansada, sí. Pero también estaba abierta. Así que no los eché. Les sonreí. Seguí cocinando.
Al final, sin darme cuenta, terminé cenando con todos ellos alrededor. Compartiendo miradas, risas tímidas, silencios cómodos. No hablábamos el mismo idioma, pero daba igual. Había algo muy básico y muy verdadero en ese momento: yo no estaba sola, aunque viajara sola.
El día, que había empezado con miedo, barro y carreteras imposibles, acabó mucho mejor de lo que jamás habría imaginado. Mucho más humano. Mucho más Laos.
Sentía que todo se había mezclado dentro de mí:
la soledad,
las carreteras infernales,
las escenas rurales,
el miedo de la frontera,
los niños, el caldo caliente, la noche.
Todo en una especie de trance raro. El cuerpo agotado, pero la cabeza increíblemente clara. Una lucidez brutal que solo aparece cuando estás al límite y, aun así, en paz.
Yo, el coche, la carretera…
y este viaje que cada día me reta un poco más.
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De Nong Khiaw a Luang Prabang: el “grillo” de las ruedas
La mañana siguiente empezó con esa falsa calma que te dura lo que tardas en meter primera.
Nong Khiaw aún estaba envuelto en neblina. El río Nam Ou corría entre las montañas kársticas y el pueblo despertaba sin ruido: casas de madera sobre pilares, gallos cruzando la carretera, vecinos comenzando el día sin prisa ni ceremonia. Todo tenía una normalidad sencilla, sin artificio.
Y tampoco era casualidad.
Durante la Guerra de Indochina, esta zona fue refugio estratégico. Las montañas y las cuevas protegieron a la población de los bombardeos que arrasaron otras partes de Laos. Aquí se escondieron familias enteras; aquí la geografía salvó vidas. Nong Khiaw no fue un lugar de paso, fue un lugar para resistir. Esa memoria sigue ahí, aunque no se nombre.
Arranqué la furgo con una mezcla de respeto y gratitud. Me costó marcharme, pero tenía que seguir. Dejé atrás el puente, el río y ese silencio heredado.
Esta vez el sello llegó rápido, limpio, eficiente.
En cuanto empecé a conducir, lo escuché:
un sonido agudo, insistente, como un grillo metido dentro de la rueda.
Cri-cri-cri-cri…
A cada frenada, a cada giro, ahí estaba.
Sentí el estómago caerse al suelo. Estaba en Laos, sola, en una carretera que el día anterior casi me traga… y ahora la furgo sonaba mal. Muy mal.
Empecé a conducir hacia Luang Prabang con un ojo en la carretera y otro en el ruido. Cada vez que frenaba, mi cabeza imaginaba escenarios:
– ¿Y si se rompen los frenos?
– ¿Y si me quedo tirada en medio de la nada?
– ¿Y si tengo que dejar la furgo aquí y se acaba el viaje?
Al llegar a las afueras, empezó la peregrinación: taller tras taller, una romería mecánica. Creo que pasé por diez. Siempre lo mismo: miradas raras, meneos de cabeza, “no tenemos pastillas”, “no tenemos este modelo”, sonrisas resignadas.
La sensación de vulnerabilidad en un país que no es el tuyo, sin hablar el idioma, depende de algo tan básico como que tu coche frene… es difícil de explicar. Es como estar desnuda, pero con ropa.
Al final, decidí ir directa a la Ford. Necesitaba que alguien mirara la furgoneta en serio, con calma, y me dijera si estaba todo bien o si mi viaje se acababa allí.
En el taller, mientras revisaban, yo esperaba con esa mezcla de miedo, cansancio y rendición. Llevaba muchos días tirando de fuerza mental, de “todo va a salir bien”, de “tira un poco más”, y ahí, en esa sala de espera, sentí que si alguien me decía que los frenos estaban rotos, me iba a romper yo también.
Cuando el mecánico vino y me explicó que se habían quedado “chinas” —piedrecitas— metidas entre los discos y las pastillas, y que las habían limpiado y que, en realidad, estaba todo bien… me entró una risa tonta, nerviosa, casi de llanto.
No era el fin del viaje.
Solo eran unas piedras haciendo de grillo.
Salí de Ford con una tranquilidad nueva en el cuerpo. El ruido había desaparecido. La furgo volvía a ser mi aliada, no mi amenaza.
Ahora solo quedaba otra espera: la confirmación del permiso para entrar en Vietnam.
Otra frontera, otro “veremos”.
Pero por primera vez en muchos días, decidí parar de verdad.
Me cogí un hotel. Llevaba siete noches sin pisar uno. Días de dormir en la furgo, de duchas a medias, de caminos infinitos. Necesitaba una ducha de agua caliente como quien necesita una confesión, una especie de reset.
Cuando el agua caliente empezó a caer, sentí que no solo me quitaba el barro de Laos y el polvo de China: se iba también un trozo de miedo, de tensión acumulada, de ruido mental. Me quedé mucho rato bajo el chorro, respirando, notando el cuerpo.
Después del ayuno, de la frontera, de las carreteras imposibles, de los diez talleres y del grillo en las ruedas, esa ducha fue casi un ritual.
Salí del baño tranquila, en calma, con el cuerpo blandito y la cabeza más ligera. Aún quedaba la incógnita de Vietnam, pero por primera vez en mucho tiempo no estaba corriendo, no estaba apretando los dientes.
Estaba, simplemente, ahí: en una habitación de hotel en Luang Prabang, viva, conectada y muy consciente de lo lejos que había llegado… y de todo lo que aún quedaba por delante.
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Luang Prabang: pausa obligada, belleza inesperada y el primer gran duelo
Luang Prabang tiene algo que amortigua los golpes. No te los quita, pero los suaviza. Es una ciudad que ha sido capital, monasterio y refugio, todo a la vez. Durante siglos fue el corazón del reino de Lan Xang, el mismo que dio nombre a Laos, cuando el Mekong era eje de poder y no frontera. Aquí residieron reyes, aquí se guardaron reliquias sagradas, aquí se construyó una identidad profundamente ligada al budismo theravada.
Más tarde llegaron los franceses y dejaron su huella sin borrar lo anterior. Luang Prabang no eligió ser híbrida; lo es porque la historia pasó por encima y no lo arrasó todo. Por eso hoy parece suspendida entre épocas, sin imponerse.
Salí a la calle con el pelo todavía mojado y esa ligereza falsa que te da descansar una noche. El aire olía a comida caliente, a incienso, a río. El Mekong y el Nam Khan abrazan la ciudad por dos lados, como si la protegieran. Aquí el agua no solo pasa: sostiene.
Entendí rápido por qué Luang Prabang es Patrimonio de la Humanidad. No por monumental, sino por coherente. Como si supiera que, tarde o temprano, alguien llegaría necesitando exactamente eso: reconocimiento.
Dormí en un hotel como se duerme cuando llevas demasiados días sobreviviendo: con el cuerpo rendido y la cabeza todavía conduciendo. Me desperté con esa sensación de “vale, hoy sí”, como si una ducha caliente pudiera reiniciarte la vida.
Y entonces llegó el mensaje de la agencia en Vietnam:
“Hasta el 8 de diciembre no podía pasar”
Estaban “revisando” el permiso de circulación de la furgo.
Esa palabra, “revisando”, tiene algo de amenaza elegante. Es como cuando alguien te dice “no te preocupes” y tú ya estás preocupada por defecto. Yo quería llegar ya. Tenía el corazón ya allí, en Vietnam. Y el golpe fue duro, de esos que no hacen ruido pero te apagan por dentro un segundo.
Pero Luang Prabang… Luang Prabang daba buenas sensaciones. Como si el lugar, en vez de juzgarte, te abriera un hueco en su sofá y te dijera: “ven, siéntate, respira un rato”.
Así que decidí establecerme. Montar base. Convertir la espera en vida.
Encontré un spot increíble: una calle secundaria, tranquila, y justo enfrente… el Mekong. Tenía un parque delante, así que de pronto mi furgoneta tenía porche: hierba, un par de bancos, sombra, y ese río ancho que parece que no corre, pero te arrastra la mente a otro ritmo.
Hice lo que hacen las personas cuando por fin paran: lavandería.
Luego me di una vuelta por la ciudad. Unas horas caminando sin prisa, como turista pero con alma de nómada.
Luang Prabang es colorida de una manera suave.
No es estridente: es un color que te cura. Las fachadas gastadas, las contraventanas de madera, los templos con dorados que parecen encendidos por dentro, flores por todas partes, mercados que huelen a hierbas y a caldo, motos, bicicletas, monjes con túnicas naranjas cruzando como si fueran un hilo de fuego en mitad de la tarde.
Y de repente los vi: turistas blancos.
Blancos de verdad, en modo “vacaciones”, con pantalón corto limpio, piel sin polvo, caras descansadas, mochilas pequeñas. Me quedé como… ¿pero esto qué es? Era como ver una especie exótica. No me acordaba de la última vez que había estado en un sitio así.
Creo que desde un parque nacional en China donde vi un par, y antes de eso… desde Samarcanda, Uzbekistán. Parecía que habían pasado años.
Me senté en una cafetería. Pedí algo y me trajeron unos rollitos de lechuga con arroz frito y verduras… riquísimo. Ese tipo de comida que no te impresiona por “sofisticada”, sino por lo contrario: porque es simple y está hecha con cariño. Me sentí cuidada sin que nadie supiera quién era.
Volví a mi spot. Me dormí otra vez.
Me quedaba unos días en Luang Prabang.
No me atrevía a seguir conduciendo por Laos, aunque estuviera tentada. No me atrevía a exigirle más a la furgo. Me habían dicho que estaba bien, sí… pero también me dijeron esa frase que te deja el corazón vigilante: que pronto necesitaría cambio de pastillas y discos. Así que monté campamento.
Y esos días fueron un regalo raro: teletrabajo, correr, ducha cuando podía, rutina pequeña. Tranquila. Esperando noticias de Vietnam como quien espera resultados médicos, pero intentando fingir normalidad.
Uno de los días me levanté a las 4:30 de la mañana. No porque fuera disciplinada. Porque algo me empujó a hacerlo. A esa hora salí a la calle todavía medio dormida para ver la ceremonia de las limosnas. Luang Prabang es uno de los pocos lugares donde este ritual sigue vivo de verdad, no como espectáculo.

Los monjes empezaron a pasar en silencio, descalzos, en fila, con sus cuencos de metal. Mujeres sentadas en el suelo, algunas muy mayores, ofrecían arroz con un gesto lento, casi automático, como si lo hubieran hecho toda la vida. Nadie hablaba. No había fotos. No había prisa. Solo pasos suaves, respiraciones y el sonido lejano de la ciudad despertando.
Yo estaba ahí, quieta, sintiéndome pequeña y profundamente agradecida. No por algo concreto. Por estar. Por haber llegado hasta allí. Fue uno de esos momentos que no se explican bien después, pero que se quedan dentro como un ancla.
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Españoles en el Mekong y una intimidad exprés
Dos de esos días los pasé acompañada.
Una noche, saliendo de un restaurante, escuché a un grupo hablar español. Ese sonido te atraviesa cuando llevas tanto tiempo fuera. Es como oír tu nombre en mitad de un sueño.
Pasé y les saludé… bueno, me despedí. Ese gesto automático de hola–adiós que hacemos los españoles cuando nos cruzamos por el mundo, como diciendo te reconozco, pero sigo.
Y entonces el chico, Iván, me gritó:
—¡Eh, española!
Me giré. Volví. Y ahí empezó todo.
Las dos chicas —Natalia y Marta— se acababan de conocer con Iván ese mismo día, y me invitaron a sentarme con ellos y tomar una cerveza. Sin pensarlo demasiado… acabamos siendo cuatro. Como si fuera lo más normal del mundo.
Lo surrealista llegó después: cuando les conté que viajaba en furgoneta desde España, me reconocieron. Habían visto algún vídeo nuestro. Ahí me dio un pequeño cortocircuito mental. ¿Cómo puede alguien conocerte en Laos, en una calle cualquiera, a miles de kilómetros de casa?
Me pareció extraño. Y bonito.
Y, sin transición, nos hicimos íntimos.
De esas intimidades que solo pasan viajando: rápidas, profundas, sin preguntas previas. Nadie explicó quién era ni qué buscaba. Simplemente estuvimos.
Les quedaba un día más en Luang Prabang, así que decidimos pasar el siguiente día juntos e ir a unas cuevas a una hora de la ciudad.
Al día siguiente, de repente, yo estaba con dos catalanas y un alicantino metidos en mi furgoneta. Y no sé por qué eso me hacía una gracia enorme. Como un episodio improvisado de Españoles por el mundo, pero versión carretera, polvo y risas sin guion.
Las cuevas no fueron nada extraordinario. Oscuras, húmedas, bonitas sin más. Pero el día fue entrañable. Risas constantes, bromas internas creadas en minutos, esa sensación rara de familia prestada que se forma cuando todos estáis lejos de casa y nadie finge nada.
La parte que se me quedó clavada llegó por la noche, en la cena del segundo día.
Marta trabajaba en recursos humanos. Natalia se dedicaba a la salud mental, y en mitad de una conversación aparentemente normal, empezó a contarme su tesis.
Se le notaba que no era solo un trabajo académico. Era algo que le había atravesado la vida.
Me contó que años atrás había viajado a Indonesia y que, por casualidad, conoció a una familia en una zona rural. Tenían un hijo con una enfermedad mental grave, algo parecido a una esquizofrenia. No tenían acceso a tratamiento. No tenían medicación. No tenían recursos.
Y entonces dijo una palabra que me heló:
pasung.
El pasung es una práctica tradicional que aún existe en algunas zonas rurales del sudeste asiático. Consiste en atar o inmovilizar físicamente a personas con enfermedades mentales —a veces con cadenas, a veces con maderas— para evitar que se hagan daño o hagan daño a otros. No por crueldad, sino por miedo, ignorancia y abandono institucional. Familias enteras atrapadas entre el amor y la desesperación.
Mientras me lo explicaba, yo sentía un nudo en la garganta.
Había viajado por Indonesia durante años. La había amado. Y nunca había visto eso. Y, sin embargo, existía.
Natalia me contó cómo aquel chico vivía así, aislado, sin contacto, sin tratamiento, reducido a un cuerpo que había que controlar. Me lo contaba sin dramatizar, pero con una claridad que dolía. Yo apenas podía hablar. Sentía ganas de llorar, pero me contuve, como si ese dolor no fuera mío para exhibirlo.
La historia podría haberse quedado ahí. Terrible. Injusta. Pero no lo hizo.
Años después, gracias a un voluntario indonesio que vivía en la isla y que seguía implicado en la comunidad, Natalia volvió a tener noticias de ese paciente. Le escribió. Le mandó un vídeo.
Las medicinas psiquiátricas habían llegado por fin a los poblados. El sistema de salud había avanzado lo suficiente como para que prácticas como el pasung empezaran a desaparecer. Ese chico ya no estaba atado. Caminaba. Hablaba. Sonreía.
Natalia me enseñó el vídeo.
Fue conmovedor.
No porque fuera perfecto.
Sino porque era real.
Ahí, en una mesa cualquiera de Luang Prabang, con una cerveza caliente y el Mekong cerca, entendí hasta qué punto viajar también es escuchar historias que te recolocan. Historias que te hacen sentir pequeña, agradecida y profundamente humana a la vez.
Ellas llevaban viajando desde octubre. Se habían recorrido India, Sri Lanka, las islas Andamán. Me encantó su historia. Su forma de mirar. Su manera de estar en el mundo sin ruido, pero con una profundidad enorme.
Cuando nos despedimos, me quedé con esa sensación cálida que solo dejan los encuentros verdaderos:
qué raro es el mundo;
qué generoso a veces;
qué fácil puede ser la compañía cuando aparece justo cuando la necesitas.
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El mercado nocturno y la gran desintegración
Pasé dos días más en Luang Prabang. Uno de ellos cometí un pecado clásico del viajero: probarlo todo en el mercado nocturno.
Todo.
Todo.
Mi cuerpo, que había sido un templo durante el ayuno, de pronto se convirtió en un contenedor de experimentos. Y el experimento salió mal. Me invadió una gastroenteritis… o mejor dicho: me desintegré.
Volví a un hotel. La furgo me daba protección, sí, y calor, y hogar… pero en la ciudad no había áreas de servicio ni baños públicos. Y cuando tu cuerpo decide ponerse dramático, necesitas un baño como necesitas oxígeno.
Me regalé unos días en un hotel muy bueno. De esos que eliges no por lujo, sino por supervivencia emocional. Aquí no puedo estar mal. Aquí me cuidan las paredes.
Esa noche la pasé como pude. Acabé durmiendo en el baño. Literalmente. Mi cuerpo estaba intoxicado y mi mente intentaba convencerse de que eso también era “aventura”.
Al día siguiente solo dormí. Dormí horas y horas. Mi madre, desde España, me dijo que dormir tanto era un síntoma de deshidratación, que no dejara de beber. Desde España todo se ve más grave. Yo, en cambio, lo sentía claro: esto iba a pasar, era una intoxicación, un reset a la fuerza. No tenía fiebre alta. Así que no luché. Me dejé llevar. Bebí. Dormí.
Amplié dos días más en el hotel.
Y en el penúltimo… llegó la noticia.
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El rechazo: cuando no puedes respirar
La noticia llegó cuando yo todavía estaba débil.
El cuerpo vacío.
La cabeza envuelta en esa niebla rara que te deja la gastroenteritis, cuando no sabes si tienes frío o calor, si es de día o de noche, si han pasado diez minutos o dos horas.
Estaba en la cama del hotel, con las cortinas medio corridas, la luz entrando suave, como si el mundo no quisiera molestarme. Había pasado días durmiendo, bebiendo sorbos pequeños, intentando volver a mí. Mi cuerpo llevaba ventaja: ya estaba colapsando antes de que yo supiera por qué.
El mensaje entró sin ruido.
Un WhatsApp más.
Uno de tantos.
Lo leí una vez.
No lo entendí.
Lo leí otra vez.
Despacio.
Rechazado.
Permiso de circulación.
No cumple normativa.
Vehículo de carga.
Y ahí, algo se soltó.
No hubo una explosión emocional inmediata. No hubo llanto. No hubo grito. Hubo un silencio raro, pesado, como cuando se va la luz en una casa y de pronto todo deja de funcionar a la vez.
Me rechazaron el permiso de circulación en Vietnam.
Porque consideraban que la furgo era de carga, no una camper.
Porque un papel decía una cosa.
Porque una categoría administrativa no sabía leer historias.
La burocracia me la había jugado.
17 países.
23.000 kilómetros.
Y un “no” final.
Frío.
Correcto.
Educado.
Un “no” sin signos de exclamación, sin explicaciones humanas, sin una sola palabra que reconociera el camino recorrido. Un “no” que no parecía dirigido a una persona, sino a un expediente.
Pero a mí me atravesó como un disparo.
No era un rechazo a un papel.
Era un rechazo a la historia completa.
A cada frontera.
A cada carretera imposible.
A cada miedo superado.
A cada noche sola.
A cada decisión valiente que me había traído hasta ahí.
Ese día no me caí hacia adelante.
Me caí hacia dentro.
Me bloqueé.
Noté cómo el pecho se me cerraba, literal. Como si alguien hubiera girado una llave invisible desde dentro. El aire entraba, sí… pero no bajaba. Se quedaba arriba, atrapado. Respiraba corto, mal, como si el cuerpo no recordara cómo se hacía eso tan básico.
La garganta se me cerró.
No podía hablar.
Ni siquiera para mí.
La cabeza se quedó en blanco, pero no en calma. En vacío. Como una habitación sin muebles ni ventanas. Intentaba pensar y no salía nada. Las palabras no se formaban. El idioma desapareció.
Era como si alguien hubiera pulsado un botón de apagado general.
Me quedé sentada en la cama, sin moverme. El móvil en la mano pesaba una barbaridad. Diez kilos. Veinte. No podía soltarlo, pero tampoco podía mirarlo. Lo sostenía como se sostiene algo que te acaba de hacer daño.
Miraba un punto fijo de la pared.
No lo veía.
No lloraba.
No respiraba bien.
No reaccionaba.
Solo estaba.
Dentro de mi cabeza sonaban frases pequeñas, infantiles, casi ridículas por lo simples… pero no había otras:
no puede ser
no puede ser
no puede ser
Una y otra vez. Como una gota cayendo siempre en el mismo sitio. No buscaban solución. No pedían ayuda. Solo repetían la incredulidad.
Y entonces llegó la peor pregunta.
La que no tiene respuesta rápida.
La que te deja desnuda.
¿Y ahora qué?
No “qué hago mañana”.
No “qué alternativa hay”.
¿Y ahora qué… conmigo?
¿Con este viaje?
¿Con esta versión de mí que había llegado hasta aquí?
Ahí entendí algo que solo se entiende tarde:
mi cuerpo lo sabía antes que yo.
La gastroenteritis no había sido solo mala suerte. Había sido aviso. Un colapso físico previo al colapso emocional. Como si el cuerpo, que llevaba semanas aguantando, hubiera decidido pararme antes de que la cabeza pudiera entender lo que venía.
Me había vaciado por dentro.
Me había tumbado.
Me había dejado sin fuerzas.
Como diciendo: si esto va a doler, que te pille quieta.
Y allí, en esa habitación silenciosa de Luang Prabang, con el cuerpo débil, el viaje suspendido y el futuro borrado durante unos minutos eternos, me quedé suspendida también yo.
Sin plan.
Sin palabras.
Sin aire.
Solo con esa certeza brutal:
algo muy grande acababa de terminar…
aunque todavía no supiera cómo seguir.
⸻
Instinto de supervivencia y el pequeño abrazo de Laos
Y entonces, cuando ya no quedaba nada que pensar, cuando la cabeza estaba vacía de planes y el cuerpo exhausto de llorar, algo dentro de mí se encendió.
No fue esperanza.
No fue optimismo.
Fue otra cosa.
Fue el instinto.
Ese mecanismo primario que no habla, no razona, no consuela.
Ese que aparece cuando ya has tocado fondo y el suelo, de pronto, deja de hundirse.
Dejé de llorar de golpe. No porque estuviera bien, sino porque ya no podía más. El llanto se secó como se secan las tormentas fuertes: sin aviso, dejando el aire espeso. Me quedé quieta unos segundos, mirando al vacío, con el pecho todavía apretado, pero con una claridad brutal: no podía quedarme ahí.
Me levanté.
Y empecé a moverme como se mueven los animales heridos: despacio, sin épica, pero con dirección.
Fui a inmigración.
Luego a aduanas.
Luego a turismo.
Entraba en oficinas sin saber exactamente qué pedir. Preguntaba mal. Insistía peor. Señalaba papeles, explicaba mi historia como podía, con voz rota y ojos cansados. Cada “no” me atravesaba, pero seguía. Porque ya no estaba defendiendo un sueño; estaba defendiendo lo poco que me quedaba de él.
Y entonces, casi sin celebrarlo, pasó.
Conseguí los papeles para que la furgo pudiera quedarse una temporada en Laos.
Dicho así suena administrativo. Frío. Pequeño.
Pero para mí fue un salvavidas.
No me la quitaban.
No la embargaban.
No la subían a una grúa como si fuera un error.
No era un final violento.
Era un final… con pausa.
Me senté en una silla de plástico, en una oficina cualquiera, y respiré por primera vez desde que había leído el mensaje. Respiré como quien saca la cabeza del agua después de mucho tiempo.
Luego fui al hotel. Les expliqué la situación, sin adornos, sin drama añadido, solo la verdad: que necesitaba dejar la furgo allí, en el parking del coworking, quizá meses. Que no sabía cuándo volvería.
Me miraron. Asintieron.
Sí.
Solo eso.
Sí.
Y ahí fue cuando algo dentro de mí se quebró de otra manera. No hacia abajo. Hacia dentro.
Porque Laos, incluso en mi peor día, incluso cuando todo lo que había construido se venía abajo, seguía siendo amable. Nadie me puso problemas. Nadie me apuró. Nadie me exigió explicaciones imposibles.
Fue como si el país entero me pusiera una mano en la espalda y me dijera bajito:
no te voy a complicar más esto.
Esa simpatía sencilla, sin discursos, me sostuvo más de lo que ellos sabrán nunca.
Pero el sueño…
el sueño tenía que cambiar.
Y eso dolía más que cualquier papeleo.
Tenía que soltar la idea de llegar a Vietnam con ella.
Tenía que aceptar que los últimos 500 kilómetros no los conduciría yo.
Que no cruzaría esa frontera final como había imaginado tantas veces.
Tenía que seguir.
Pero a pie.
Y entonces lloré.
De verdad.
No ese llanto estético de viajera sensible mirando un atardecer. No.
Lloré como se llora cuando algo muere.
Lloré duelo.
Lloré cansancio acumulado.
Lloré rabia contra sistemas absurdos.
Lloré orgullo herido.
Lloré amor por el viaje.
Lloré amor por la furgo.
Lloré por lo que iba a ser y ya no sería.
El cuerpo me temblaba. La garganta ardía. La cabeza me dolía de tanto contener. Era un llanto feo, desordenado, sincero. De esos que no se pueden grabar ni compartir.
Luego hice la maleta.
Con manos torpes.
Con decisiones imposibles.
¿Qué te llevas cuando tienes que abandonar tu casa con ruedas sin saber cuándo volverás? ¿Qué entra en una mochila cuando tu vida ocupaba un vehículo entero?
Elegí lo básico. Lo imprescindible.
Y dejé muchas cosas dentro de la furgo a propósito.
No por descuido.
Por necesidad psicológica.
Dejé ropa. Dejé objetos pequeños. Dejé tonterías sin valor real… pero con peso simbólico. Como si al dejarlas allí estuviera firmando un contrato invisible conmigo misma: si dejo cosas, vuelvo.
Una promesa hecha con camisetas, cables y recuerdos.
Un autoengaño necesario para no romperme del todo.
Pensé en coger un autobús. Lo miré. Lo descarté. Perdía tres días. No había conexión directa con Sapa. Me sentí incapaz de sumar más espera a la herida.
Así que tomé una decisión fría, rápida, casi quirúrgica:
vuelo.
Y entonces llegó lo más duro.
⸻
Despedirme de NOLICHIKAKI
Volví al parking.
La vi desde lejos.
Quietísima.
Exactamente como siempre… y completamente distinta.
Parecía no entender nada.
Yo sí entendía demasiado.
Me acerqué despacio, como si pudiera despertarla. Puse la mano en la chapa. Estaba caliente. Real. Familiar.
Esa chapa que había sido casa.
Refugio.
Oficina.
Cocina.
Dormitorio.
Templo.
La furgo no era “un vehículo”.
Era la prueba física de que yo me había atrevido.
Y ahí me rompí otra vez.
Me apoyé en la puerta y lloré con la cara pegada a ella. Lloré sin prisa. Lloré como se llora a alguien que no se ha ido del todo, pero al que no puedes acompañar.
Lloré como si me estuviera despidiendo de un ser vivo.
Porque, en cierto modo, lo estaba.
Le hablé en voz baja. No sé qué le dije exactamente. Promesas torpes. Frases incompletas. Cosas como espérame, volveré, no te dejo. Palabras que solo tienen sentido cuando no hay nadie escuchando.
Me prometí que volvería a por ella.
Me lo prometí en susurros, porque tenía miedo de que, si lo decía fuerte, el mundo me oyera y decidiera llevarme la contraria.
Abrí las puertas. Entré.
Y empecé a tocarlo todo.
No por necesidad.
Por despedida.
El asiento.
La cocina.
Una bolsa.
Mi saco.
Ordené un poco sin motivo, como quien arregla el pelo a alguien antes de irse. Mi mano iba despacio, como si estuviera haciendo fotos para la memoria. Quería recordar la textura de cada cosa, el olor, la forma en que la luz entraba por la ventana.
Cerré las puertas.
Una.
Otra.
Salí.
Miré atrás.
Volví a mirar.
Otra vez.
No podía cortar ese hilo invisible que me unía a ella. Cada paso era una traición pequeña. Cada metro, una renuncia.
Al final me forcé a seguir caminando.
No porque quisiera.
Sino porque quedarme habría sido morir un poco más.
Luego taxi al aeropuerto.
Y fue casi ofensivo lo fácil que fue salir.
Esta vez nadie me retuvo dos horas.
Esta vez mi vida cabía en un pasaporte.
Me subí al avión con los ojos hinchados, el cuerpo todavía débil de la gastroenteritis y el corazón… en silencio. El silencio que viene después de un golpe grande.
Y, sin embargo, cuando el avión despegó, cuando vi el Mekong quedarse pequeño, cuando Luang Prabang se convirtió en una mancha verde… sentí una cosa extraña:
No era el final.
Era un cambio de forma.
Porque yo iba a llegar a Vietnam.
A mi segunda casa.
Aunque no fuera como lo había soñado.
En unas horas estaba en Hanói.
Y ahí, en la llegada, con ese aire húmedo y familiar, con ese caos que a mí me suena a hogar, lo sentí claro: había perdido un plan, pero no el viaje.
Me dolía todo. Me faltaba ella.
Pero yo estaba allí.
Y Vietnam me estaba esperando igual.



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